07 noviembre, 2005

cine o educación emocional


Ver cine con mi hija menor.
Con la edición en video de Melody pasa lo que con la repatriación de los restos de Evita: después de años de despojo, una vasta pero todavía silenciosa legión de fanáticos recuperamos, a la vez, un cuerpo y una memoria. El cuerpo es un film en color hecho a principios de los '70, en Inglaterra, escrito por Alan Parker (un guionista que la historia, inexplicablemente, consagró como director), filmado por Waris Hussein (un cineasta que la historia hizo bien en olvidar) y musicalizado por los Bee Gees (una banda de ¿rock? ¿shampoo? ¿castratti? que cada tanto se levanta y anda, como los zombis). La memoria es todo eso más el momento en el que vi la peli por primera vez, con quien lo vi (en mi caso, una amiga y dos amigos que eran, trémula víspera de novios), la amiga con que la comentamos (la mejor amiga: la que más se burlaba de ella), la mañana robada y la plaza en la que, soñolienta y con ropa de colegio, repetimos una por una sus escenas de amor, sus rituales melancólicos, su ética de rebelión y de resfríos. La memoria es el cuerpo más este pequeño ataúd (el VHS en el que el film yace por fin, después de treinta increíbles años de latencia) más la experiencia que tuve de él cuando era una película, es decir: cuando estaba vivo. Nadie que haya visto Melody siendo entonces más o menos contemporáneo de sus héroes —11, 12 años— podrá tener con la película una relación simple, del tipo “objeto-largamente-buscado-y-finalmente-encontrado”, como una llave o como los documentos.
Puedo enumerar las reacciones que tuve al ver Melody (el video) hace una semana, después de treinta años de abstinencia. (Las copio del anotador mental donde las anotaba una mano no del todo fiable.) Amparo y dolor. Escucho a los Bee Gees y pienso: “Estoy en casa”. Escucho a los Bee Gees y pienso: “Estoy en una casa perdida para siempre”. Estupor. ¿Alan Parker escribió Melody? ¿Cómo es posible que él haya sido responsable parcial de un bloque decisivo de mi vida? Espanto. ¿Y si yo fuera en verdad hija de Alan Parker, hija de ese linaje pedagógico que va de Melody a The wall? Azoramiento. Mark Lester parece extraordinariamente chico. ¿Cuántos años tiene? ¿Siete? ¿Nueve? (¿Es posible que a lo largo de estos treinta años haya rejuvenecido?) ¿Y Tracy Hyde, comparada con él? ¿Quince? ¿Dieciocho? ¿Y si Melody fuera una historia de corrupción de menores? Asombro: uno de los hobbies con que los chicos distraen sus ratos libres es la confección de explosivos. ¡Cierto! ¡Empiezan los años ’70! Incredulidad. ¿Cómo? ¿Pasaba algo antes de que Daniel Latimer (Lester) viera a Melody Perkins (Hyde) por primera vez? Además del encuentro deliciosamente avergonzado en la clase de baile, de la jornada deportiva, del paseo después de los azotes, de la pelea con Ornshaw, de la intimidad en el cementerio y del casamiento en las vías del tren, ¿había otras escenas? Vértigo. Apenas Daniel se hace amigo de Ornshaw, apenas Daniel y Melody cruzan miradas por primera vez, ya no veo la película, ya ni siquiera recuerdo: repito. Una memoria corporal, que ignoraba por completo que tenía, empieza a dictarme frases, gestos, melodías, que sólo por pudor —mi hija de nueve años está a mi lado, siguiendo con atención los signos extraños que emite su mamá— evito reproducir a voz en cuello. Con una precisión de sonámbula, rumio líneas enteras de diálogo, canto las letras de las canciones, anticipo —para escándalo de mi hija— todas las escenas. Y es el dorso suave de su mano el que, en la escena del cementerio, cuando los jóvenes amantes están abrazados bajo la lluvia, acaricia en el aire mi mejilla invisible de Melody Perkins. Soy Melody Perkins.
Si nunca había compartido con nadie la devoción por Melody, es por una razón muy simple: no sabía que la tenía. Pero tampoco sabía que sabía los diálogos, las letras de las canciones, los pormenores de la trama o los signos más ínfimos de la película (el hilito de sangre en la comisura izquierda de Daniel, único flash rojo en una película llena de vírgenes; el plano en que las manos de Daniel y de Melody se entrelazan). Descubrí que esa devoción existía —y que tal vez fuera menos personal de lo que creía— cuando, por alguna razón, comenté con alguien —una amiga nueva, no una sobreviviente de aquellos años— el misterio de que Melody no estuviera en video, y cuando mi amiga, hace diez días, me anunció por correo electrónico que acababa de ver un aviso del video en una revista extranjera. Descubrí la falta de droga al mismo tiempo que la adicción.
Le cuento a Laura, que ya a esta altura está segura de que Floricienta no es lo más, que hace poco repusieron la pelicula en el Malba y que la cola era larguísima. En en una copia arrasada —que es quizá como hay que verla, según sostienen los proustianos ortodoxos—, tenía todo para convertirse en un film de culto generacional, como el Woodstock que animó durante años y años las trasnoches del cine Ritz de la calle Cabildo. Un rápido monitoreo sociológico del público confirmó las presunciones: los melodymaníacos tenían entre 37 y 42 años, eran de clase media, estaban allí con alguien (cónyuges, parejas, amigos), parecían dispuestos a todo (a esperar horas, a organizar turnos en la cola, a trompear por una entrada, a tratar de persuadir de las maravillas del pasado a sus chicos, para quienes Melody era una marca de ropa para nenas ) y habían encarado el programa con el criterio doble de todo militante tradicionalista: como un trip autobiográfico amoroso-cultural (preservación) y como una ceremonia de transmisión (reproducción).
¿Por qué Melody es para mí una película de culto? Porque para los que hoy rondamos los 40, funciona como un espejo perfecto, sincronizado al milímetro con los avatares de esa epopeya de la intensidad y la profundidad que es la preadolescencia. No recuerdo otra película con la que me haya sentido existencial y eróticamente tan contemporánea. (Habría que decir también: políticamente. Melody, que impuso el género college naïf, es la versión pre-teen de If, de Lindsay Anderson, así como Jack Wild, el problemático Ornshaw, es un Malcom McDowell liliputiense.) Era un espejo y un manual de instrucciones: ví Melody para verme y para saber qué y cómo tenía que hacer para enamorarme, para dar a entender que estaba enamorada (un ítem importante de ese breviario de semiología preadolescente: ¿qué significa darse la mano con una chico?), para poner en práctica el enamoramiento, para avanzar en el amor (y también, por supuesto, para rebelarme, huir de las convenciones, formar alianzas, burlar instituciones, etc.). Y lo que hoy resulta extraordinario —la gran nostalgia que me inocula la película— es hasta qué punto esa fenomenología hace del amor una experiencia involuntaria, no intencional, cuyos acontecimientos y signos son tan naturales —tan indiferentes al trabajo, tan ajenos a la seducción— como el rubor de la piel o la lluvia. Melody es una porción embotellada de mi pasado. No cualquier porción, sino una en la que, como en una película de cera, quedaron grabadas las primeras crisis narrativas de la vida (¿Le gusto? ¿Lo llamo o dejo que me llame él? ¿Me equivoco o me miró?) y también el modo en que entonces decidí apropiármela —que es el modo en que, con mayor o menor conciencia, treinta años más tarde, sigo narrándolas. De todas esas encrucijadas vitales, sin embargo, la que hoy, treinta años después, ante el televisor y bajo la mirada un poco perpleja de mi hija, me parece más crucial, no es exactamente la del amor, sino la de ese extraordinario punto crítico en el que “el amor”, así, en su polimorfa generalidad, se divide como una célula en dos destinos amorosos: uno heterosexual, otro homosexual. Confieso en silencio, que mi deseo no vacila entre los dos héroes sino entre uno de ellos, Daniel, y la irresistible Melody Perkins. Y al ver el film otra vez, lo que hace 30 años tal vez fuera una duda subliminal, deliciosamente perturbadora, ahora tiene la claridad de un pregunta retórica: ¿por qué Daniel se enamora de Melody y no de Ornshaw? En ese sentido, Melody es menos una remake pasteurizada de If que una variante escolar de Jules et Jim: una ficción sobre ese umbral donde la sexualidad, que es pura potencia, se actualiza. El film parece arriesgar una respuesta burguesa: Daniel se va con Melody pero ama a Ornshaw. ¿Pero no es acaso una manera bastante civilizada de resolver el desconcierto que nos asolaba a los 10, 11 años, cuando nuestra vida amorosa se debatía entre dos opciones igualmente irresistibles: un novio sublime (pero de otra especie) y una mejor amiga irremediablemente rival (pero terriblemente encantadora)?
Le pregunto a Laura: ¿quién te gusta más, el Conde o Floricienta?, y ella sin el más mínimo empacho responde "flori, má, es hermosa..."

9 comentarios:

cp dijo...

Ay Daniela me mataste! podes creer que no conozco esa peli? voy a buscar en el video y después te cuento. Después de leer tu post muero por verla!

Marce dijo...

Acá hay una más que ostenta la marca de Melody!

Verónica Sukaczer dijo...

¡Qué hermosa historia! Yo también fui Melody, y mis hijas se iban a llamar Melody, y huiría en un carrito de tren para casarme de la forma más libre y romántica que podía existir. Todavía está el disco en la casa de mis viejos.
En mi vida hay otras dos películas que acompañan a Melody en el recuerdo: "Adios cigüeña adiós". ¡Yo quería ser adolescentes y tener un bebé, aunque todavía no terminaba de entender muy bien el procedimiento (conocía la teoría, no sabía cómo se ponía en acción), y "Castillos de hielo". Cuando ella vuelve a patinar, ya ciega, y se tropieza con las flores que le tira el público, y él va a buscarla y le dice: "las flores, nos olvidamos de las flores".
Qué maravilla es la memoria.

Una Pepina dijo...

"When I was small, and Christmas trees were tall,
we used to love while others used to play..."

cp dijo...

La de castillos de hielo siiii! esa me encanto!

Vicky dijo...

Hola Daniela! Acabo de leer tu comentario despues de haber encontrado la pelicula en version pirata y haberla visto , si! despues de 30 años! Por ese entonces cumplia 8 o 9 años y mis papas me festejaban mi cumpleaños. Mi mama me llevo a la disqueria de Avellaneda "ALVI" (ya no esta mas) para que eligiera la musica de mi fiesta de cumpleaños. Fue mi primera compra de musica en mi vida y elegi el cassette dorado de Los Beatles y la banda de la pelicula Melody.
Llegue a casa, puse los cassettes en una reproductora de cassettes marca Aiko (esas que tenian los botones duros y recontra setentosos) y marque con un lapiz los temas que iba a bailar con un chico que me gustaba del colegio..
Si! Melody tuvo ese impacto en mi vida, como olvidarlo. HOy despues de 30 años casi, yo no tengo hijos, pero tengo una sobrina a quien quiero mostrarle Melody, porque los niños de hoy , estan mas expuestos A GI Joe o versiones Barbie del Lago de los Cisnes que a la inocencia de vida que esta pelicula nos trajo a la generacion del 70', con explosivos o sin ellos, con lecturas hetero u homosexuales o sin ellas. Melody es un canto de amor y amistad a la vez que como la letra de Crosby , Still & Nash nos recuerda,es una sana advertencia de "teach your children well...".
Volverla a ver mi dio otra mirada analitica sobre la pelicula. Que buena critica al sistema educativo de epoca! (como "Al Maestro con cariño"- contemporanea y filmada en suburbios de Londres similares). Posiblemente ese nunca fue el angulo a comercializar. Tenian que llegar Perfume de Mujer o La Sociedad de los Poetas muertos, para verdaderamente "denunciar" el sistema educativo, claro esta desde angulos mas duros (suicidio, juicio). Melody tambien denuncia al "sistema", solo que es lateral, contra-intuitivo y un tanto gracioso. (A mi me pagaban en el colegio de manera similar que a Dany y a Ornshaw) Y en la Argentina de los setenta el universo contra-intuitivo de la sociedad estaba bien apagadito.Seguro que te acordas de eso.

Gracias por tus comentarios.
Saludos
Victoria

Héctor dijo...

Hola, también acabo de ver una copia después de 20 años (la vi en cine allá por 1987). Es increíble como ciertas historias se graban tanto en los recuerdos...
Mark Lester tenía 12 años y Tracy Hyde 11, el "viejo" era Jack Wild, de 17 (lo que explica mejor su gran soltura)
Gracias (llegué a este sitio por un enlace en la Wikipedia)

Gustavo dijo...

hermosa pelicula...la vi en el cine de barrio de Colegiales...el Argos (hoy Vorterix)...me encanto...empezaba mi adolescencia y me senti identificado...hoy dia, al verla, me lleva a esos años!!!!! saludos Gustavo

axel dijo...

Todo muy bonito hasta que empiezas con esa onda homosexual que nada tiene que ver con la película