La felicidad, para el que no sabe ser feliz, tiene la intensidad de un café cargado, la brevedad de un bombón de fruta, la dulzura untuosa del chocolate. Para ser feliz hace falta un talento especial –una habilidad- que no todos tuvimos la suerte de aprender sin darnos cuenta. Y para quienes seguimos intentando, la felicidad implica el esfuerzo por desarrollar la voluntad de deshacer en la humedad de la boca el significado de los gestos y las palabras (el banquete siempre es preparado por otro), absorber con el cuerpo lo esencial y el nutriente, deshacerse de su forma irrelevante. La felicidad, para el que no sabe ser feliz, es una efímera experiencia comestible y quizás por eso, cuando aparece, se presente acompañada de sabores añorados y gratificantes.
Defecto o virtud, lo cierto es al entrar en aquel departamento me sentí tomada casi de inmediato por la luminosidad del ambiente. Últimamente, esa habitación es una caja de Pandora. No puedo anticipar lo que habré de encontrar allí. Y esta vez, no me saqué el abrigo sino la tristeza entera. No éramos muchos, y si bien hablé con todos y cada uno, no los recuerdo; embriagada como estaba por las burbujas de una gaseosa. La felicidad es una intensa experiencia de unidad, Julieta cumplió cuatro meses, y todos allí lo celebramos. Les hablé de mi nueva condición de abuela, del reencuentro entre mis hijas, de mi alegría recién estrenada. Pregunté, comenté. Me reí ante todo. Mucho y sin sentido, mientras me percataba de que lo más gratificante de la felicidad para los que no fuimos felices, es que los buenos recuerdos están siempre adelante y en el contraste, es posible captar el instante exacto en el que se están haciendo.
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11 junio, 2008
05 junio, 2008
Verde agua
Mayo anticipó toda la crudeza del invierno en unos pocos días, durante los cuales Julia y Lucía aprovecharon para prender la estufa al máximo, preparar chocolate con leche y tomar la casa como si fueran niñas. Me gusta escucharlas deshacer los años en infinidad de anécdotas que desconozco, eligiendo cuidadosas las piezas del pasado que les cuenta una historia compartida. Me gusta ser testigo del ritual con el que recrean el lazo maltrecho por la distancia. Se toman de la mano, se miran y ese parece ser el modo que encuentran de retornar a la ilusión que de tanto desear se convirtió en recuerdo. Mientras ellas se acomodan para ver una película, yo las observo sentada en mi sillón, ansiosa por adentrarme nuevamente en la novela que tengo entre manos desde anoche. “Verde agua”. Así se llama. Una novela íntima. Tan precisa que a poco de comenzar me hiere, impecable.
“Pienso en mi madre cada vez con mayor frecuencia e intensidad. Las raíces de mi fuerza y de mi capacidad de no rendirme frente a las dificultades se hunden en su amor. La soledad, siempre al acecho incluso en una vida llena de afecto y que hace tres años me develó su rostro de Medusa, encuentra aún en ella su consuelo y su superación. Su amor total y definitivo por mi hermana y por mí es lo más puro e incorruptible que la vida me ha dado”
Pasaron las dos horas de película pero yo continúo exactamente en el mismo lugar. Y una vez más, releo. Sólo un atisbo de concentración y memorizo sin esfuerzo cada palabra de esta insospechada revelación tardía. La descripción exacta del recuerdo que me hubiera gustado ser en mis hijas, guardada en un libro que recién ahora comienzo a leer. No sé cuánto me distancio de ella. No puedo evaluarlo, aunque la sospecha que me detiene a preguntar comienza a hablar por si misma.
“Pienso en mi madre cada vez con mayor frecuencia e intensidad. Las raíces de mi fuerza y de mi capacidad de no rendirme frente a las dificultades se hunden en su amor. La soledad, siempre al acecho incluso en una vida llena de afecto y que hace tres años me develó su rostro de Medusa, encuentra aún en ella su consuelo y su superación. Su amor total y definitivo por mi hermana y por mí es lo más puro e incorruptible que la vida me ha dado”
Pasaron las dos horas de película pero yo continúo exactamente en el mismo lugar. Y una vez más, releo. Sólo un atisbo de concentración y memorizo sin esfuerzo cada palabra de esta insospechada revelación tardía. La descripción exacta del recuerdo que me hubiera gustado ser en mis hijas, guardada en un libro que recién ahora comienzo a leer. No sé cuánto me distancio de ella. No puedo evaluarlo, aunque la sospecha que me detiene a preguntar comienza a hablar por si misma.
03 mayo, 2008
El cordón umbilical
Julia volvió de Madrid andrajosa de tanta melancolía y misticismo. Se fue despojando con los días, cuando creyó entender que esta vez, como la anterior, su pálpito era el primer latido de una certeza irremediable. “No fue amor, mamá” repitió solemne y yo la dejé insistir, perdonándole la excusa. Lo cierto es que con la misma celeridad con la que apiló sus bártulos dejando el nido vacío para literalmente volar a once mil kilómetros de casa, regresó un año después, sin arrepentimiento pero con un halo de tristeza que seguramente se convertirá en la musa de su próximo cuento.
Julia busca al amor como quien persigue la fuente de la eterna inspiración, que una y otra vez encuentra e irremediablemente vuelve a perder. Se desliza por la comisura de sus labios durante la pasión del beso inicial, se hiere de muerte con las aristas irreconciliables de una conversación, se esfuma en los vapores de los primeros encuentros. El amor a Julia se le va. Así dice ella. Como si no pudiera retenerlo. Como si su cuerpo pequeño no fuera suficientemente cóncavo para contener sus misterios. Y cuando esto sucede, Julia vuelve a mí. Siempre, como si nunca se hubiera ido. Como si retomáramos la conversación anulando el tiempo al cerrar el siguiente eslabón con la palabra exacta donde la frase quedó detenida. Claro que esta vez su ausencia fue más dura de sobrellevar, esta vez creí que era para siempre. Pero aquí estaba Julia, acariciándome el pelo. Hablándome de ella, su tema preferido. Su voz grave que no exige respuesta me alegraba los oídos. Los sonidos que acompañan sus palabras -chasquidos, simpáticos soplidos, amplia gesticulación- completan el efecto de sus caricias. Si Julia está cerca, ser feliz se me hace cosa sencilla.
Sin embargo, del borboteo emergió alguna palabra que repentinamente me sobresaltó.
-…yo sé que suena raro, pero me di cuenta que la cosa no iba cuando lo fui a buscar al hospital. El olor del hospital me dio nauseas y me tuve que ir. Ya en el pasillo empecé a sentirme mal, pero cuando avancé hacia la sala de médicos, el olor fue insoportable y me fui. ¿Cómo voy a compartir mi vida con una persona que trabaja en un lugar con un olor que me genera tanto rechazo? Además, cuando fui a su casa me di cuenta que ese olor estaba en su ropa, en todas sus cosas…
- ¿Olor a enfermo? ¿Qué olor?
- El olor a desinfectante. Y ¿sabes qué? Me di cuenta que ese olor más que asco es pánico lo que me genera. Es rechazo visceral.
- ¿En serio? Es raro lo que contás ¿y por eso decidiste volver?
- No. En realidad, no fue el olor. Eso me predispuso mal, pero pensé que iba a poder soportarlo, porque lo quería mucho. Me sentía realmente bien con él. Me cayó la ficha cuando encontré en su casa la prueba del delito –dijo impostando la voz, de algún modo asumiendo lo ridículo de la secuencia de su relato.
-¿Cuál fue la prueba del delito? –dije temiendo la respuesta.
- En el botiquín del baño, cuando fui a buscar un jabón para lavarme las manos encontré una botellita verde, con el dibujo de una espada chiquita, amarilla y la palabra “Espadol” ¡usaba desinfectante Espadol!
- ¿Y por qué es tan grave que usara desinfectante Espadol? ¿Otra marca hubiera sido diferente? –pregunté aparentando sorpresa.
- ¡Ay! Mamá, esto sólo puedo contártelo a vos porque sos la única que no va a pensar que estoy loca. ¡Siempre le tuve miedo a esa marca! ¡Si! ¡Miedo! ¡Hasta me cuesta decirla! Me agarra un frío por la espalda como si fuera un fantasma –inmediatamente después de terminar la última frase estalló en una carcajada. Julia se reía, y yo sentía como se erizaban uno a uno los pelitos en mi espalda. La interrupción subrepticia de la respiración, la parálisis imperceptible desatada por la adrenalina en el instante en que estalla en el cuerpo. El miedo. El mismo miedo avasallante que sentí a los ocho años cuando la vi a mi madre, con la cabeza íntegramente vendada –una momia, un fantasma materializado- los ojos aún enrojecidos por el fuego y sin pestañas, y las manos que peinaban mi pelo, servían la mesa, me obligaban a obedecer; inmóviles y fijas como su mirada, a los costados de la cama, también vendadas, blancas. Muertas. Mi madre no estaba muerta. Era un fantasma, lo cuál es aún peor. Mi padre, a su lado, me llamó y me dijo que la saludara con un beso. Yo simplemente huí. Ellos tres, mi madre, mi padre y la tía que me había llevado al hospital a ver a su hermana –mi mamá- después del accidente con el calentador de agua, se enojaron conmigo. Aunque volví pronto, después de descubrir que me atemorizaba más vagar perdida por las cercanías del hospital que estar junto a mi madre convertida en monstruo. En los días siguientes completaron el trauma marcando mi mente por siempre con el olor inconfundible del desinfectante con el que me obligaban a curar sus heridas. En aquellos tiempos, los hijos –y las hijas especialmente- sin importar la edad debíamos ajustarnos a nuestro destino, y aún más si un guiño cruel de la suerte revelaba fehacientemente la obligación indiscutida de cuidar anticipadamente a nuestros padres.
A esta altura del relato creo innecesario aclarar que la marca de aquel desinfectante era Espadol.
Lo cierto es que nunca le conté este recuerdo a nadie. Increíblemente –o no tanto- perdí el recuerdo por el camino, como tantas otras cosas, como tantos otros recuerdos. Mi memoria es fragmentaria. Fragmentaria y no selectiva. He perdido también recuerdos bellos que mis hijas recuperan con los suyos. Como este recuerdo, en nada feliz, que Julia hoy me lleva a recordar. Mi infancia, es de todas, la etapa más borrosa. En algún backup quedé limpia de mi miedo infantil. Confirmando una vez más que el instinto de supervivencia es a veces cruel con los hijos.
Cuando Julia habla reavivo la certidumbre de que el tiempo y el espacio son ilusiones colectivamente consensuadas. No lo recuerdo, vuelvo allí. A mi dolor de niña pero también a la inconmensurable protección que inauguró su nacimiento. A la identificable continuidad entre nuestros cuerpos que nunca logró quebrarse del todo, y a través de la cual evidentemente le transmití sin mediaciones mi propia historia.
Esta vez me invade la sospecha de que existe alguna relación entre la sensación de completitud que genera su presencia y su dificultad para construir relaciones de pareja duraderas. Ya habrá tiempo de hablar y será a ella a quien le toque desenredar la madeja que nos une. En tanto, me abrigo silenciosa con mi inocente egoísmo.
Julia busca al amor como quien persigue la fuente de la eterna inspiración, que una y otra vez encuentra e irremediablemente vuelve a perder. Se desliza por la comisura de sus labios durante la pasión del beso inicial, se hiere de muerte con las aristas irreconciliables de una conversación, se esfuma en los vapores de los primeros encuentros. El amor a Julia se le va. Así dice ella. Como si no pudiera retenerlo. Como si su cuerpo pequeño no fuera suficientemente cóncavo para contener sus misterios. Y cuando esto sucede, Julia vuelve a mí. Siempre, como si nunca se hubiera ido. Como si retomáramos la conversación anulando el tiempo al cerrar el siguiente eslabón con la palabra exacta donde la frase quedó detenida. Claro que esta vez su ausencia fue más dura de sobrellevar, esta vez creí que era para siempre. Pero aquí estaba Julia, acariciándome el pelo. Hablándome de ella, su tema preferido. Su voz grave que no exige respuesta me alegraba los oídos. Los sonidos que acompañan sus palabras -chasquidos, simpáticos soplidos, amplia gesticulación- completan el efecto de sus caricias. Si Julia está cerca, ser feliz se me hace cosa sencilla.
Sin embargo, del borboteo emergió alguna palabra que repentinamente me sobresaltó.
-…yo sé que suena raro, pero me di cuenta que la cosa no iba cuando lo fui a buscar al hospital. El olor del hospital me dio nauseas y me tuve que ir. Ya en el pasillo empecé a sentirme mal, pero cuando avancé hacia la sala de médicos, el olor fue insoportable y me fui. ¿Cómo voy a compartir mi vida con una persona que trabaja en un lugar con un olor que me genera tanto rechazo? Además, cuando fui a su casa me di cuenta que ese olor estaba en su ropa, en todas sus cosas…
- ¿Olor a enfermo? ¿Qué olor?
- El olor a desinfectante. Y ¿sabes qué? Me di cuenta que ese olor más que asco es pánico lo que me genera. Es rechazo visceral.
- ¿En serio? Es raro lo que contás ¿y por eso decidiste volver?
- No. En realidad, no fue el olor. Eso me predispuso mal, pero pensé que iba a poder soportarlo, porque lo quería mucho. Me sentía realmente bien con él. Me cayó la ficha cuando encontré en su casa la prueba del delito –dijo impostando la voz, de algún modo asumiendo lo ridículo de la secuencia de su relato.
-¿Cuál fue la prueba del delito? –dije temiendo la respuesta.
- En el botiquín del baño, cuando fui a buscar un jabón para lavarme las manos encontré una botellita verde, con el dibujo de una espada chiquita, amarilla y la palabra “Espadol” ¡usaba desinfectante Espadol!
- ¿Y por qué es tan grave que usara desinfectante Espadol? ¿Otra marca hubiera sido diferente? –pregunté aparentando sorpresa.
- ¡Ay! Mamá, esto sólo puedo contártelo a vos porque sos la única que no va a pensar que estoy loca. ¡Siempre le tuve miedo a esa marca! ¡Si! ¡Miedo! ¡Hasta me cuesta decirla! Me agarra un frío por la espalda como si fuera un fantasma –inmediatamente después de terminar la última frase estalló en una carcajada. Julia se reía, y yo sentía como se erizaban uno a uno los pelitos en mi espalda. La interrupción subrepticia de la respiración, la parálisis imperceptible desatada por la adrenalina en el instante en que estalla en el cuerpo. El miedo. El mismo miedo avasallante que sentí a los ocho años cuando la vi a mi madre, con la cabeza íntegramente vendada –una momia, un fantasma materializado- los ojos aún enrojecidos por el fuego y sin pestañas, y las manos que peinaban mi pelo, servían la mesa, me obligaban a obedecer; inmóviles y fijas como su mirada, a los costados de la cama, también vendadas, blancas. Muertas. Mi madre no estaba muerta. Era un fantasma, lo cuál es aún peor. Mi padre, a su lado, me llamó y me dijo que la saludara con un beso. Yo simplemente huí. Ellos tres, mi madre, mi padre y la tía que me había llevado al hospital a ver a su hermana –mi mamá- después del accidente con el calentador de agua, se enojaron conmigo. Aunque volví pronto, después de descubrir que me atemorizaba más vagar perdida por las cercanías del hospital que estar junto a mi madre convertida en monstruo. En los días siguientes completaron el trauma marcando mi mente por siempre con el olor inconfundible del desinfectante con el que me obligaban a curar sus heridas. En aquellos tiempos, los hijos –y las hijas especialmente- sin importar la edad debíamos ajustarnos a nuestro destino, y aún más si un guiño cruel de la suerte revelaba fehacientemente la obligación indiscutida de cuidar anticipadamente a nuestros padres.
A esta altura del relato creo innecesario aclarar que la marca de aquel desinfectante era Espadol.
Lo cierto es que nunca le conté este recuerdo a nadie. Increíblemente –o no tanto- perdí el recuerdo por el camino, como tantas otras cosas, como tantos otros recuerdos. Mi memoria es fragmentaria. Fragmentaria y no selectiva. He perdido también recuerdos bellos que mis hijas recuperan con los suyos. Como este recuerdo, en nada feliz, que Julia hoy me lleva a recordar. Mi infancia, es de todas, la etapa más borrosa. En algún backup quedé limpia de mi miedo infantil. Confirmando una vez más que el instinto de supervivencia es a veces cruel con los hijos.
Cuando Julia habla reavivo la certidumbre de que el tiempo y el espacio son ilusiones colectivamente consensuadas. No lo recuerdo, vuelvo allí. A mi dolor de niña pero también a la inconmensurable protección que inauguró su nacimiento. A la identificable continuidad entre nuestros cuerpos que nunca logró quebrarse del todo, y a través de la cual evidentemente le transmití sin mediaciones mi propia historia.
Esta vez me invade la sospecha de que existe alguna relación entre la sensación de completitud que genera su presencia y su dificultad para construir relaciones de pareja duraderas. Ya habrá tiempo de hablar y será a ella a quien le toque desenredar la madeja que nos une. En tanto, me abrigo silenciosa con mi inocente egoísmo.
12 abril, 2008
En el espacio que dejamos vacío (I)
Día uno: un camel sin filtro
En nuestra huída desesperada, con cada error que cometíamos, alimentábamos ingenuas la épica de nuestros fantasmas. ¡Vuelven! Siempre vuelven. Tanto asi, que por momentos parece que caminamos en círculo.
Cuando el viernes de la semana pasada me llamó Lucía preguntándome si podía instalarme unos días en su casa, entré en pánico. Me arrepentí en el instante que solté un lacónico “ok”. Ensayé el tono con el que podría excusarme diciéndole que de “parar unos días” peligraban mis ingresos (y los de su abuela), pero supe que lo único que lograría era resentir los pequeñas logros de estos últimos tiempos. Así que cargué y enfundé mi notebook, la palm, la memory stick, el celular y demás objetos transicionales con la frente en alto y dispuesta a dar batalla.
Lucía estaba enferma. Una mastitis la tenía en la cama con fiebre y antibióticos y definitivamente le impedía ocuparse de Julieta. En el camino, a modo de precalentamiento, apelé al instinto que no tengo e intenté recordar cómo cambiar pañales, compré algunos juguetes inservibles (¿existe algún juguete capaz de divertir por más de cinco minutos a una beba de dos meses?), la acuné mentalmente (¿lo soportaría mi espalda?), pensé si sabría qué y cómo cocinar (¿sería muy inapropiado comprar comida en una rotisería?) y cuidar a mi enfermita (eso si que sabía hacerlo: nada sería más grave que cuidar a una anciana madre convaleciente), no tocar temas inconvenientes (¿Marisa estaba al tanto de cómo la necesitaba su hijo?) y fundamentalmente me preparé para enfrentar las larguísimas horas de entretenimiento que debería preparar para Julieta. Me libré –en cambio- de la ardua tarea nocturna. Supuse que de las levantadas en la madrugada se ocuparía Pablo.
El panorama cuando llegue me tranquilizó. Julieta en su cochecito se entretenía con el zoológico circular que pendía inestable sobre su cabecita y apenas registró mi beso; al tiempo que Pablo hablaba con alguien por teléfono (por el tono supuse que se trataba de una conversación laboral). Mi tierna Lucía miraba “Rosa de Lejos” en la cama.
-¿Qué haces mirando “Rosa de Lejos”?- dije a modo de saludo, genuinamente sorprendida.
- ¿Viste? La encontré haciendo zapping. Me trae buenos recuerdos- me respondió, sonriente.
- ¿Buenos recuerdos? ¿Por qué?
- Con la abuela éramos fanáticas de Rosa. La veía cuando volvía del cole ¿no te acordás?
Y no, no me acordaba. Tampoco sabía por qué debía acordarme si fueron contadas con los dedos las veces que estuve en casa a esa hora en época escolar. Ya bastante sorprendida estaba de reconocer semejante reliquia doméstica, un recuerdo sustentado sin dudas en el éxito arrasador de entonces que hacía imposible no toparse con ella, y en el tono de voz inconfundible, afectado e insoportable de Leonor Benedetto que lograba atravesar abismos temporales en segundos.
- ¿Cómo estás? ¿Qué puedo hacer por usted?– le dije jocosa, cambiando de tema abruptamente.
- Maso. Me siento re mal, me duele todo. Tengo una teta a la miseria. Horrible. Necesito que me mimes un poco.
¡Ay! Mi hija es la más dulce cuando dice esas cosas. Sin embargo, ese fue el último caramelo que comí aquel día, porque desde el minuto en que Pablo salió con destino a su reunión laboral y “Rosa de lejos” se despidió por enésima vez, melancólica y sugerente detrás del vidrio opaco de un ventanal; el viernes se aferró al cauce torrentoso, provocado por la conjunción de emociones de una beba, una madre enferma y una abuela inestable. Julieta, como era de esperar, se aburrió de sus juguetes y reclamó atención. Fue entonces que desplegué toda mi parafernalia de muecas y voces impostadas que por momentos la entretenían pero invariablemente perdían su efecto. Estaba especialmente inquieta e irritable. “La leche de fórmula le está cayendo pesada” decía Lucía desde el cuarto, buscando motivos; pero yo caía, irremediablemente, en el desorden que más temía. Sumado a esto, a medida que se acercaba el final del día el panorama empeoraba para las tres: mis recursos frente a Julieta se agotaban cada vez más rápido y Lucía además de verse obligada a cumplir su nuevo rol, se sentía cada vez más afiebrada. Pasadas tres horas, simplemente me entregué a mi misma. Que no es algo bueno cuando a una la llaman para cuidar a otros.
Encendí un camel sin filtro en el medio del living no sin antes abrir la ventana. La tensión delimitada e inconfundible en el paladar producto de la abstinencia -detrás de los dientes y hacia el inicio de la traquea- cedió mágicamente cuando el humo atrapado en mi boca, como un afluente bendito, impregnó mi garganta de un sabor térreo y sedante. Cerré los ojos y sentí, simplemente, que todo volvía a ser posible. La voluntad regresaba a mi, trepada a una inmensa voluta grisácea. Pero en el instante en que cerré los ojos para descontarle a mi vida unos pocos minutos insignificantes a cambio de un tercer momento de placer reparador y eterno, escuché el llamado de Lucia. Pité con tanto ahínco que al levantarme del sillón sentí todo el peso de mi propio cuerpo en los pies, que como grilletes, les impedía realizar el movimiento solicitado. Aún así, luego de unos segundos en los que logré recuperar la compostura, acudí al llamado.
-Acá no se fuma- Lucia me miraba fijo, seria, con Julieta prendida a su teta sana e insuficiente.
-Necesitaba fumar, Lucia –me justifiqué, inmutable.
Acaso mis ojos, o el leve movimiento de mis labios delató mi ira. Su respuesta no se dejó esperar y logró encenderme.
–Desde que nació Julieta en esta casa está prohibido fumar y tendrías que saberlo. No sos vos la que tiene que enojarse- insistió.
-No vas a decirme lo que tengo que hacer o dejar de hacer, Lucía. Fumé toda mi vida y nunca te trajo problemas- retruqué.
-¿Qué sabés si me trajo problemas o no? ¡No puedo creer que vengas a cuestionar que no se puede fumar cerca de un bebé! Si vos fuiste incapaz de dejar de fumar fue porque eras y sos una egoísta que nunca pudo pensar en otra cosa que en vos misma y te importó un carajo si nos hacía mal o no. Yo, desde el día que me enteré de que estaba embarazada, no fumé más. Lo sabés. Incluso me felicitaste cuando te lo dije.
Imposible como la virgen madre, mi nombre repentinamente fue el suyo: quedé invertida para un reto. Tan sobreactuadas y remotas se me antojaron sus palabras que no fue necesario el atisbo de un milagro para que levitara en la imagen misma de la madre: sufrida, abnegada, espectral. Esa fantasía inmemorial tan sólida como real de la que siempre intenté diferenciarme.
-¿Y el respeto al otro? ¿Y la libertad, Lucía?- dije con tristeza.
-No vengas a reivindicar ahora tu derecho de fumadora porque te desubicás mal. La libertad no tiene nada que ver con fumar o no fumar. Además, para convertirse en madre la libertad es una de las cosas que hay que estar dispuesta a perder.
Y un silencio. Un abismo. Un castigo.
“Mi hija, mi madre” no dije, ni pensé. Lo escribí –después- y agregué: “mi fantasma”.
En nuestra huída desesperada, con cada error que cometíamos, alimentábamos ingenuas la épica de nuestros fantasmas. ¡Vuelven! Siempre vuelven. Tanto asi, que por momentos parece que caminamos en círculo.
Cuando el viernes de la semana pasada me llamó Lucía preguntándome si podía instalarme unos días en su casa, entré en pánico. Me arrepentí en el instante que solté un lacónico “ok”. Ensayé el tono con el que podría excusarme diciéndole que de “parar unos días” peligraban mis ingresos (y los de su abuela), pero supe que lo único que lograría era resentir los pequeñas logros de estos últimos tiempos. Así que cargué y enfundé mi notebook, la palm, la memory stick, el celular y demás objetos transicionales con la frente en alto y dispuesta a dar batalla.
Lucía estaba enferma. Una mastitis la tenía en la cama con fiebre y antibióticos y definitivamente le impedía ocuparse de Julieta. En el camino, a modo de precalentamiento, apelé al instinto que no tengo e intenté recordar cómo cambiar pañales, compré algunos juguetes inservibles (¿existe algún juguete capaz de divertir por más de cinco minutos a una beba de dos meses?), la acuné mentalmente (¿lo soportaría mi espalda?), pensé si sabría qué y cómo cocinar (¿sería muy inapropiado comprar comida en una rotisería?) y cuidar a mi enfermita (eso si que sabía hacerlo: nada sería más grave que cuidar a una anciana madre convaleciente), no tocar temas inconvenientes (¿Marisa estaba al tanto de cómo la necesitaba su hijo?) y fundamentalmente me preparé para enfrentar las larguísimas horas de entretenimiento que debería preparar para Julieta. Me libré –en cambio- de la ardua tarea nocturna. Supuse que de las levantadas en la madrugada se ocuparía Pablo.
El panorama cuando llegue me tranquilizó. Julieta en su cochecito se entretenía con el zoológico circular que pendía inestable sobre su cabecita y apenas registró mi beso; al tiempo que Pablo hablaba con alguien por teléfono (por el tono supuse que se trataba de una conversación laboral). Mi tierna Lucía miraba “Rosa de Lejos” en la cama.
-¿Qué haces mirando “Rosa de Lejos”?- dije a modo de saludo, genuinamente sorprendida.
- ¿Viste? La encontré haciendo zapping. Me trae buenos recuerdos- me respondió, sonriente.
- ¿Buenos recuerdos? ¿Por qué?
- Con la abuela éramos fanáticas de Rosa. La veía cuando volvía del cole ¿no te acordás?
Y no, no me acordaba. Tampoco sabía por qué debía acordarme si fueron contadas con los dedos las veces que estuve en casa a esa hora en época escolar. Ya bastante sorprendida estaba de reconocer semejante reliquia doméstica, un recuerdo sustentado sin dudas en el éxito arrasador de entonces que hacía imposible no toparse con ella, y en el tono de voz inconfundible, afectado e insoportable de Leonor Benedetto que lograba atravesar abismos temporales en segundos.
- ¿Cómo estás? ¿Qué puedo hacer por usted?– le dije jocosa, cambiando de tema abruptamente.
- Maso. Me siento re mal, me duele todo. Tengo una teta a la miseria. Horrible. Necesito que me mimes un poco.
¡Ay! Mi hija es la más dulce cuando dice esas cosas. Sin embargo, ese fue el último caramelo que comí aquel día, porque desde el minuto en que Pablo salió con destino a su reunión laboral y “Rosa de lejos” se despidió por enésima vez, melancólica y sugerente detrás del vidrio opaco de un ventanal; el viernes se aferró al cauce torrentoso, provocado por la conjunción de emociones de una beba, una madre enferma y una abuela inestable. Julieta, como era de esperar, se aburrió de sus juguetes y reclamó atención. Fue entonces que desplegué toda mi parafernalia de muecas y voces impostadas que por momentos la entretenían pero invariablemente perdían su efecto. Estaba especialmente inquieta e irritable. “La leche de fórmula le está cayendo pesada” decía Lucía desde el cuarto, buscando motivos; pero yo caía, irremediablemente, en el desorden que más temía. Sumado a esto, a medida que se acercaba el final del día el panorama empeoraba para las tres: mis recursos frente a Julieta se agotaban cada vez más rápido y Lucía además de verse obligada a cumplir su nuevo rol, se sentía cada vez más afiebrada. Pasadas tres horas, simplemente me entregué a mi misma. Que no es algo bueno cuando a una la llaman para cuidar a otros.
Encendí un camel sin filtro en el medio del living no sin antes abrir la ventana. La tensión delimitada e inconfundible en el paladar producto de la abstinencia -detrás de los dientes y hacia el inicio de la traquea- cedió mágicamente cuando el humo atrapado en mi boca, como un afluente bendito, impregnó mi garganta de un sabor térreo y sedante. Cerré los ojos y sentí, simplemente, que todo volvía a ser posible. La voluntad regresaba a mi, trepada a una inmensa voluta grisácea. Pero en el instante en que cerré los ojos para descontarle a mi vida unos pocos minutos insignificantes a cambio de un tercer momento de placer reparador y eterno, escuché el llamado de Lucia. Pité con tanto ahínco que al levantarme del sillón sentí todo el peso de mi propio cuerpo en los pies, que como grilletes, les impedía realizar el movimiento solicitado. Aún así, luego de unos segundos en los que logré recuperar la compostura, acudí al llamado.
-Acá no se fuma- Lucia me miraba fijo, seria, con Julieta prendida a su teta sana e insuficiente.
-Necesitaba fumar, Lucia –me justifiqué, inmutable.
Acaso mis ojos, o el leve movimiento de mis labios delató mi ira. Su respuesta no se dejó esperar y logró encenderme.
–Desde que nació Julieta en esta casa está prohibido fumar y tendrías que saberlo. No sos vos la que tiene que enojarse- insistió.
-No vas a decirme lo que tengo que hacer o dejar de hacer, Lucía. Fumé toda mi vida y nunca te trajo problemas- retruqué.
-¿Qué sabés si me trajo problemas o no? ¡No puedo creer que vengas a cuestionar que no se puede fumar cerca de un bebé! Si vos fuiste incapaz de dejar de fumar fue porque eras y sos una egoísta que nunca pudo pensar en otra cosa que en vos misma y te importó un carajo si nos hacía mal o no. Yo, desde el día que me enteré de que estaba embarazada, no fumé más. Lo sabés. Incluso me felicitaste cuando te lo dije.
Imposible como la virgen madre, mi nombre repentinamente fue el suyo: quedé invertida para un reto. Tan sobreactuadas y remotas se me antojaron sus palabras que no fue necesario el atisbo de un milagro para que levitara en la imagen misma de la madre: sufrida, abnegada, espectral. Esa fantasía inmemorial tan sólida como real de la que siempre intenté diferenciarme.
-¿Y el respeto al otro? ¿Y la libertad, Lucía?- dije con tristeza.
-No vengas a reivindicar ahora tu derecho de fumadora porque te desubicás mal. La libertad no tiene nada que ver con fumar o no fumar. Además, para convertirse en madre la libertad es una de las cosas que hay que estar dispuesta a perder.
Y un silencio. Un abismo. Un castigo.
“Mi hija, mi madre” no dije, ni pensé. Lo escribí –después- y agregué: “mi fantasma”.
23 marzo, 2008
Carta para Leticia
“(…) no se si voy a poder quererlo si no lo tuve en la panza… si no es parecido a ninguno de los dos, si sé que no es nuestro (…)”
Esta carta tiene 15 años. Fue mi reacción a las dudas de Leticia, mi gran amiga de entonces. La escribí a lo largo de una madrugada, no tanto para mi destinataria sino para entender por qué sus palabras me habían desvelado. Finalmente se dejó ver, ajena a los primeros esbozos, los tachones y las hojas alborotadas. No me fue difícil reconocer cuáles de las palabras de Leticia les dieron luz a las mias, pero me resultó sorprendente descubrir el tiempo que me llevo entender –casi un año después de empezar a discutir sobre los desafíos y los riesgos de la adopción – el puente que, más allá de la distancia que nunca intenté negar entre el hijo biológico y el adoptado; unen a uno y otro, y en algún punto constitutivo, los igualan.
Transcribo algunos fragmentos,
(…) Todos los cachorros humanos nacemos con la necesidad urgente de ser salvados. Salvados del principio de eficacia que nos escupe desamparados y se desentiende. Todos y cada uno de nosotros necesitamos una voz suave que al nombrarnos nos rescate de la masa indiferenciada, para hacernos unos (no otros) y dejar atrás la nada. Unos besos muchos y por sobre todas las cosas, constantes -leche tibia y una canción de cuna- para producir la alquimia inmemorial de transformar al manojo de vida en un hijo. Un sutil y decisivo pliegue del nacimiento, eclipsado tal vez por su grotesca, agotadora y dolorosa expresión física. El gesto inaugural del amor para recuperar la simbiosis ilusioria que acaba de romper el cuerpo. Un inicio después del inicio; intenso, desbordante, contenido, gradual –siempre amoroso-, o un inicio truncado (vivir puede parecerse tanto a bordear eternamente un abismo). Sucede en la inmediatez del primer contacto (es verdad, la naturaleza deja en la parturienta como al pasar –casi con desprecio- las hormonas y sus efectos como buenos augurios al recién nacido; pero definitivamente no es cierto que esto alcance, y por el contrario, hay veces que logra el efecto inverso) o sucede después –una mirada que no puede enfocar, el olor aparentemente imposible de la tibieza en la piel de un recién nacido, o quizás sea necesario un esfuerzo mayor y sean las palabras –no muchas: “ma-má”- las que franqueen la primer puerta al paraíso. A veces, sucede; pero tan débil que se disuelve como la sal en las primeras o tardías lágrimas de desencanto. Y a veces (muchas son las veces) simplemente, no sucede (vivir puede parecerse tanto a la búsqueda eterna de un abrazo imposible).
(…) querida Leti: ahora intento decirlo en pocas palabras, sin miedo a exagerar ni ánimos de reducir la complejidad de tu preocupación con mi retórica: tengo la certeza de que; como marca indeleble, reflexiva o naturalizada; todos los hijos son adoptados. Dale, animate a adoptar el tuyo. (…)
Esta carta tiene 15 años. Fue mi reacción a las dudas de Leticia, mi gran amiga de entonces. La escribí a lo largo de una madrugada, no tanto para mi destinataria sino para entender por qué sus palabras me habían desvelado. Finalmente se dejó ver, ajena a los primeros esbozos, los tachones y las hojas alborotadas. No me fue difícil reconocer cuáles de las palabras de Leticia les dieron luz a las mias, pero me resultó sorprendente descubrir el tiempo que me llevo entender –casi un año después de empezar a discutir sobre los desafíos y los riesgos de la adopción – el puente que, más allá de la distancia que nunca intenté negar entre el hijo biológico y el adoptado; unen a uno y otro, y en algún punto constitutivo, los igualan.
Transcribo algunos fragmentos,
(…) Todos los cachorros humanos nacemos con la necesidad urgente de ser salvados. Salvados del principio de eficacia que nos escupe desamparados y se desentiende. Todos y cada uno de nosotros necesitamos una voz suave que al nombrarnos nos rescate de la masa indiferenciada, para hacernos unos (no otros) y dejar atrás la nada. Unos besos muchos y por sobre todas las cosas, constantes -leche tibia y una canción de cuna- para producir la alquimia inmemorial de transformar al manojo de vida en un hijo. Un sutil y decisivo pliegue del nacimiento, eclipsado tal vez por su grotesca, agotadora y dolorosa expresión física. El gesto inaugural del amor para recuperar la simbiosis ilusioria que acaba de romper el cuerpo. Un inicio después del inicio; intenso, desbordante, contenido, gradual –siempre amoroso-, o un inicio truncado (vivir puede parecerse tanto a bordear eternamente un abismo). Sucede en la inmediatez del primer contacto (es verdad, la naturaleza deja en la parturienta como al pasar –casi con desprecio- las hormonas y sus efectos como buenos augurios al recién nacido; pero definitivamente no es cierto que esto alcance, y por el contrario, hay veces que logra el efecto inverso) o sucede después –una mirada que no puede enfocar, el olor aparentemente imposible de la tibieza en la piel de un recién nacido, o quizás sea necesario un esfuerzo mayor y sean las palabras –no muchas: “ma-má”- las que franqueen la primer puerta al paraíso. A veces, sucede; pero tan débil que se disuelve como la sal en las primeras o tardías lágrimas de desencanto. Y a veces (muchas son las veces) simplemente, no sucede (vivir puede parecerse tanto a la búsqueda eterna de un abrazo imposible).
(…) querida Leti: ahora intento decirlo en pocas palabras, sin miedo a exagerar ni ánimos de reducir la complejidad de tu preocupación con mi retórica: tengo la certeza de que; como marca indeleble, reflexiva o naturalizada; todos los hijos son adoptados. Dale, animate a adoptar el tuyo. (…)
16 marzo, 2008
El aleteo de una mariposa
Soy supersticiosa, fóbica y a mi cotidianeidad la sostengo a fuerza de rituales. Me despierto cada día a la misma hora (sin despertador). Me levanto con el mismo pie (el derecho, obviamente). Voy al baño, me lavo los dientes (cambio el cepillo rigurosamente cada tres meses, misma marca, mismo color) Descorro las cortinas de la cocina, pongo comida en el plato de la gata y preparo el desayuno. Desde hace años –y a lo largo de todo el día- respeto invariablemente una secuencia de pequeños actos aprendidos y de tan repetidos automáticos. Varía con el tiempo para adecuarme a las prioridades esenciales de cada etapa, sólo sustituyo una por otra para ajustar su estructura y funcionalidad a las convivencias. Una fuente de motivaciones que en sus descargas contundentes son capaces de neutralizar el desequilibrio provocado por las pequeñas sorpresas e imprevistos cotidianos; conformando al entrelazarse, un universo cerrado de sabores, sonidos, olores y sensaciones particulares. Ayer, sin ir más lejos, desde el dormitorio y a breves instantes de haberme despertado agendé mentalmente llamar al service de la heladera porque la variación en el sonido del motor había emergido disonante del ronroneo inaudible de la cotidianeidad. En mi orden cuidadosamente ensamblado soy fuerte. Invencible.
Sin embargo, hay veces que la repetición constante fracasa en revertir el auténtico núcleo de mi caos –sin más: la suma de mis errores - y por el contrario se transforma en una prisión asfixiante, en una nueva demanda para hacer frente. En esos momentos, ansío desesperadamente que suceda aquello de lo que suelo huir. Un insignificante gesto del destino que redireccione mi atención hacia otro sitio. Una intromisión mínima. El aleteo de una mariposa en algún remoto lugar de mi universo.
Aquella mañana era uno de esos momentos.
La alarma de la jarra eléctrica se superpuso con el teléfono, una coincidencia doméstica que aunque nimia interpreté como el anticipo de un instante mágico. No me equivoqué. Era Lucía. Si bien nos habíamos visto varias veces después del nacimiento de Julieta, era la primera vez que ella llamaba desde nuestra última discusión.
-Hola… soy yo.
-¡Hola Lú! – fue mi saludo esperanzado. No obtuve respuesta. -¡Qué lindo que llamaste! ¿Cómo está July? La extraño mucho ¿sabés? –sobreactué una alegría cierta, verborrágica, como siempre que un silencio se interpone y me incomoda.
Lucía, repentinamente, interrumpió mi monólogo.
-Mamá… estoy muy cansada. Hace seis horas que esta llorando sin parar. No doy más.
Su voz era un murmullo, las palabras se articulaban lentas y caían al vacío en las últimas silabas. En contraste, el enojo. O para ser más precisa: esa furia desatada cuando el enojo es indiferente a las consecuencias. La naturaleza embravecida, desbordante, en el llanto de Julieta que –yo intuía- había roto el hechizo. Lucía ciertamente estaba del otro lado del paraíso, en el pantano brumoso donde la maternidad pierde su brillo y se vuelve oscura, densa, viscosa.
Yo no sabía si Lucía estaba llorando, pero sabía que estaba llorando como lloramos todas alguna vez. Imaginé sus ojos azules cerrados, las cejas levemente arqueadas hacia el centro, y dos lágrimas ardiendo en sus mejillas: las pruebas ineludibles del rito de iniciación a una femeneidad nueva y tan vieja como el origen y la vida.
- Hija: no llores. Voy para allá. Poné a Julieta en su catre, y si llora dejala que no le va a pasar nada.
Hice un par de llamadas para cancelar las reuniones del día y salí a la calle –sin maquillaje, sin peinarme siquiera- caminé unas cuadras, paré un taxi y fue mirándome al espejo retrovisor que me di cuenta que en el apuro había olvidado a la gata en el balcón. “Que se joda”, pensé. “Tiene la suerte de ser animal”. Y por un largo rato, dejé de pensar en mi.
Cuando llegué, Lucía tenía a Julieta en brazos y caminaba de un lado a otro, mientras “El Reino del Revés” sonaba de fondo. Julieta lloraba a los gritos. El estado de Lucía era francamente lamentable. Las ojeras oscurecían sus ojos, y en su remera oscura dos lamparones blancos olían a leche rancia.
-No pude- fue lo primero que me dijo como quien pide perdón. Su tono era infantil. Era fácil imaginar el puchero que faltaba.
-¿Qué no pudiste?
-No pude dejarla llorar, no aguanto que llore de esa forma sin hacer nada.
Me sonreí y la abracé como cuando era chica. Ella se dejo abrazar y me dio a Julieta que se retorcía, irritada.
-Bañate y salí a tomar aire, yo me quedo con July hasta que vuelva Pablo.
-¿En serio? Mira que faltan dos horas ¿eh? ¿de verdad podés?
- Si, en serio. Quedate tranquila. Yo me ocupo.
En cuanto Lucía se fue, acosté a Julieta en esa alfombra mullida, llena de espejos y juguetitos de colores que sus padres insisten en llamar gimnasio, y la desnudé. Apagué la música y susurré las mismas canciones que escucharon mis hijas a su edad. Me sorprendió recordar cada palabra, cada melodía. Julieta interrumpía por momentos su furia para fijar con dificultad sus ojos en alguna parte de mi cara, que rendida, supongo que le daba más curiosidad. Invariablemente, durante un tiempo que pareció eterno, volvió de mi frente a sus ojos cerrados y acuosos para retomar el llanto desaforado. Sus piernitas rollizas subían y bajaban, la panza se contraía, sus puños cerrados temblaban con odio. Ensayé palabras suaves, caricias tibias que abarcaban con dos palmas todo su cuerpo. Entonces opté por levantarla. La acuné y apoyé sobre mi antebrazo con la espalda hacia el techo moviéndola despacio hacia arriba y abajo, presionando por su propio peso la barriguita hinchada. Finalmente di en el blanco: un estruendoso y gigantesco pedo fue el inesperado punto de inflexión de aquella tarde. Al trueno inicial le continuaron algunos ecos menores que liberaron a la princesa de su dolor. Y no lloró más ¡No lloró más! Es indudable que por momentos la felicidad toma formas ridículas sin por eso perder intensidad.
Cuando Lucía volvió de su paseo –dos horas después- Julieta descansaba –no por casualidad precisamente- en su babysit rosa bebé: el primer regalo de la dichosa abuela que soy.
-Gracias- dijo Lucía con admiración y los ojos iluminados de gratitud. Si ella supiera lo mucho que ansié que en un instante como aquel, tan vulnerable, su fragilidad provocara un gesto desprevenido -una grieta imperceptible- donde ganarme el indulto que necesito, sabría -seguramente- que su agradecimiento es mucho más de lo que merezco.
Sin embargo, hay veces que la repetición constante fracasa en revertir el auténtico núcleo de mi caos –sin más: la suma de mis errores - y por el contrario se transforma en una prisión asfixiante, en una nueva demanda para hacer frente. En esos momentos, ansío desesperadamente que suceda aquello de lo que suelo huir. Un insignificante gesto del destino que redireccione mi atención hacia otro sitio. Una intromisión mínima. El aleteo de una mariposa en algún remoto lugar de mi universo.
Aquella mañana era uno de esos momentos.
La alarma de la jarra eléctrica se superpuso con el teléfono, una coincidencia doméstica que aunque nimia interpreté como el anticipo de un instante mágico. No me equivoqué. Era Lucía. Si bien nos habíamos visto varias veces después del nacimiento de Julieta, era la primera vez que ella llamaba desde nuestra última discusión.
-Hola… soy yo.
-¡Hola Lú! – fue mi saludo esperanzado. No obtuve respuesta. -¡Qué lindo que llamaste! ¿Cómo está July? La extraño mucho ¿sabés? –sobreactué una alegría cierta, verborrágica, como siempre que un silencio se interpone y me incomoda.
Lucía, repentinamente, interrumpió mi monólogo.
-Mamá… estoy muy cansada. Hace seis horas que esta llorando sin parar. No doy más.
Su voz era un murmullo, las palabras se articulaban lentas y caían al vacío en las últimas silabas. En contraste, el enojo. O para ser más precisa: esa furia desatada cuando el enojo es indiferente a las consecuencias. La naturaleza embravecida, desbordante, en el llanto de Julieta que –yo intuía- había roto el hechizo. Lucía ciertamente estaba del otro lado del paraíso, en el pantano brumoso donde la maternidad pierde su brillo y se vuelve oscura, densa, viscosa.
Yo no sabía si Lucía estaba llorando, pero sabía que estaba llorando como lloramos todas alguna vez. Imaginé sus ojos azules cerrados, las cejas levemente arqueadas hacia el centro, y dos lágrimas ardiendo en sus mejillas: las pruebas ineludibles del rito de iniciación a una femeneidad nueva y tan vieja como el origen y la vida.
- Hija: no llores. Voy para allá. Poné a Julieta en su catre, y si llora dejala que no le va a pasar nada.
Hice un par de llamadas para cancelar las reuniones del día y salí a la calle –sin maquillaje, sin peinarme siquiera- caminé unas cuadras, paré un taxi y fue mirándome al espejo retrovisor que me di cuenta que en el apuro había olvidado a la gata en el balcón. “Que se joda”, pensé. “Tiene la suerte de ser animal”. Y por un largo rato, dejé de pensar en mi.
Cuando llegué, Lucía tenía a Julieta en brazos y caminaba de un lado a otro, mientras “El Reino del Revés” sonaba de fondo. Julieta lloraba a los gritos. El estado de Lucía era francamente lamentable. Las ojeras oscurecían sus ojos, y en su remera oscura dos lamparones blancos olían a leche rancia.
-No pude- fue lo primero que me dijo como quien pide perdón. Su tono era infantil. Era fácil imaginar el puchero que faltaba.
-¿Qué no pudiste?
-No pude dejarla llorar, no aguanto que llore de esa forma sin hacer nada.
Me sonreí y la abracé como cuando era chica. Ella se dejo abrazar y me dio a Julieta que se retorcía, irritada.
-Bañate y salí a tomar aire, yo me quedo con July hasta que vuelva Pablo.
-¿En serio? Mira que faltan dos horas ¿eh? ¿de verdad podés?
- Si, en serio. Quedate tranquila. Yo me ocupo.
En cuanto Lucía se fue, acosté a Julieta en esa alfombra mullida, llena de espejos y juguetitos de colores que sus padres insisten en llamar gimnasio, y la desnudé. Apagué la música y susurré las mismas canciones que escucharon mis hijas a su edad. Me sorprendió recordar cada palabra, cada melodía. Julieta interrumpía por momentos su furia para fijar con dificultad sus ojos en alguna parte de mi cara, que rendida, supongo que le daba más curiosidad. Invariablemente, durante un tiempo que pareció eterno, volvió de mi frente a sus ojos cerrados y acuosos para retomar el llanto desaforado. Sus piernitas rollizas subían y bajaban, la panza se contraía, sus puños cerrados temblaban con odio. Ensayé palabras suaves, caricias tibias que abarcaban con dos palmas todo su cuerpo. Entonces opté por levantarla. La acuné y apoyé sobre mi antebrazo con la espalda hacia el techo moviéndola despacio hacia arriba y abajo, presionando por su propio peso la barriguita hinchada. Finalmente di en el blanco: un estruendoso y gigantesco pedo fue el inesperado punto de inflexión de aquella tarde. Al trueno inicial le continuaron algunos ecos menores que liberaron a la princesa de su dolor. Y no lloró más ¡No lloró más! Es indudable que por momentos la felicidad toma formas ridículas sin por eso perder intensidad.
Cuando Lucía volvió de su paseo –dos horas después- Julieta descansaba –no por casualidad precisamente- en su babysit rosa bebé: el primer regalo de la dichosa abuela que soy.
-Gracias- dijo Lucía con admiración y los ojos iluminados de gratitud. Si ella supiera lo mucho que ansié que en un instante como aquel, tan vulnerable, su fragilidad provocara un gesto desprevenido -una grieta imperceptible- donde ganarme el indulto que necesito, sabría -seguramente- que su agradecimiento es mucho más de lo que merezco.
10 marzo, 2008
Desterrada
Ayer Julieta cumplió un mes. Hubo un breve festejo que se interrumpió repentinamente cuando su llanto se hizo inmanejable y todos renunciamos a calmarla. Su madre con voz firme nos invitó a retirarnos sin dejar espacio para dubitaciones: tomé mi cartera del sillón, y con la mueca estúpida y ya vaciada de sentido con la que hacía instantes había intentado infructuosamente hacer sonreír a mi nieta saludé a su padre que me devolvió una mirada llena de compasión y cansancio. A Lucía, en cambio, la abracé con fuerza buscando una empatía que no pareció necesitar, y me fui. Creo que fue entonces, del peor modo, con ternura y firmeza –haciendo uso de un derecho irreprochable- que se inició un nuevo tiempo para mí. Ayer me echaron. Todavía estoy averiguando de dónde, pero lo cierto es que ayer fui desterrada.
Sergio y Marisa, mis consuegros, con la corrección que los caracteriza se ofrecieron a llevarme en su auto, y yo, haciendo alarde de mi absoluta carencia de habilidades sociales insistí en caminar, al tiempo que, sin darme cuenta -pero esto ellos no podían saberlo- sacaba sin disimulo el dinero para un taxi.
Nunca me sentí cómoda con ellos. Permanentemente sobreactúan con gestos pequeños y certeros una diferencia moral que me irritaba. Esta vez, me sentí incapaz de anteponer mi libertad al sarcasmo de Marisa; demasiado exigida estaba intentando disimular la envidia. Porque ayer, es verdad, hubiera necesitado ser escoltada por un hombre, sino el padre de Lucía al menos uno de espaldas anchas y voz decidida, que le diera fuerza con su presencia a las palabras que buscaban sonar de abuela que tan frágiles y ajenas me salían. Un alguien que después me abrazase con fuerza para disipar mis sombras y me diera el indecodificable consuelo de una sopa caliente antes de hacerme el amor.
Quizás así no me hubiera sentido tan vieja como me siento. Tan seca por haber acelerado el tiempo pariendo una hija antes de los veinte. Sólo de ese modo encuentro explicación a esta tremenda injusticia. No cumplí aún los cincuenta, pero los años que tengo por delante parecen estar todos atados a mi cuello, al borde del abismo de la tercera edad. Estoy desconcertadamente triste, indiscutiblemente sola. Tomada por un anacronismo. Ser abuela me pegó mal.
Sergio y Marisa, mis consuegros, con la corrección que los caracteriza se ofrecieron a llevarme en su auto, y yo, haciendo alarde de mi absoluta carencia de habilidades sociales insistí en caminar, al tiempo que, sin darme cuenta -pero esto ellos no podían saberlo- sacaba sin disimulo el dinero para un taxi.
Nunca me sentí cómoda con ellos. Permanentemente sobreactúan con gestos pequeños y certeros una diferencia moral que me irritaba. Esta vez, me sentí incapaz de anteponer mi libertad al sarcasmo de Marisa; demasiado exigida estaba intentando disimular la envidia. Porque ayer, es verdad, hubiera necesitado ser escoltada por un hombre, sino el padre de Lucía al menos uno de espaldas anchas y voz decidida, que le diera fuerza con su presencia a las palabras que buscaban sonar de abuela que tan frágiles y ajenas me salían. Un alguien que después me abrazase con fuerza para disipar mis sombras y me diera el indecodificable consuelo de una sopa caliente antes de hacerme el amor.
Quizás así no me hubiera sentido tan vieja como me siento. Tan seca por haber acelerado el tiempo pariendo una hija antes de los veinte. Sólo de ese modo encuentro explicación a esta tremenda injusticia. No cumplí aún los cincuenta, pero los años que tengo por delante parecen estar todos atados a mi cuello, al borde del abismo de la tercera edad. Estoy desconcertadamente triste, indiscutiblemente sola. Tomada por un anacronismo. Ser abuela me pegó mal.
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