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26 abril, 2010

Mi hijo va al secundario

Este brotecito de mí que necesitaba un cambio de pañales cada tres horas ahora tiene trece materias y profesores. ¿Podés creerlo? Yo no. Pellizcame. ¡Ay! Es cierto. Llegó el momento: tengo un adolescente en casa. En la arena se ven los pingos, me digo. Ahora sabré si lo eduqué bien o seguirá el mal camino, si las amistades esas de las que conoceré poco lo iniciarán en qué sé yo qué artes oscuras. Me enteraré si tanto esfuerzo, tanta precaución y cuidado sirvieron para algo. Porque eso es lo que me dijeron: "Enseñale ahora que podés, después se vuelven adolescentes y se acabó. No te dan más bola y hacen la suya". Como si el pibe, de golpe y porrazo, se convirtiera en un Hyde irreconocible, inaccesible.
Y sí, algo de eso hay. La parte del golpe y porrazo, digo.
Me explico, para vos que todavía no sabés de qué la va porque tenés un hijo en cuarto.
Transitás sexto y séptimo tranquila, contenta. El chico ya aprendió a estudiar solo, hace los deberes con mucho menos trámite que los años anteriores. Ya conocés a todas las maestras, la directora te saluda. Los compañeros de colegio fueron y vinieron varias veces bajo tu mirada vigilante. El pibe atisba algún interés especial en alguna cosa (música, dibujo, taekewondo, origami, internet...) "Lo hice bien, podría estar mejor, pero lo hice bien", te decís satisfecha.
¡Zas! primer golpe en la nuca. Elección de secundario. Que si dejás que elija él o elegís vos ese-colegio-de-donde-salen-sabiendo. Visitas a instituciones. Horas invertidas en consultas de honorarios, materias especiales, títulos habilitantes. No caminabas tanto desde que buscaste el jardín de infantes. En ese momento empezás a admirar a esas mujeres que lo resolvieron con el evatest: "Mi hijo va a ir al [NOMBRE DE COLEGIO AQUÍ]", le dijeron al obstetra que calculaba la fecha probable de parto. ¡Y hoy tienen al hijo estudiando como un idiota, casi sin dormir lo necesario para entrar al bendito colegio! ¿Qué hacías vos durante la episiotomía? ¡Seguro que mirabas a tu hijo emocionada! ¿Viste que todo se paga!? Ahora, con esas dudas que te carcomen, deambulás por las calles del barrio. Te asombrás de tanta tribu urbana en las puertas de los establecimientos educativos mientras te consolás pensando que tu hijo siempre va a usar la ropa planchadita y nunca, pero nunca se teñirá el pelo de verde.
Ya está. Elegiste el colegio que cobijará al primero en tu línea de descendencia en el camino hacia la vida adulta. Este colegio es el adecuado porque .................................. (completá la línea de puntos según el caso, cada cual pone sus ingredientes en este asunto).
Segundo mazazo: viaje de egresados. Hace tiempo que venís de reunión en reunión peleándote con los padres de los otros. Sí/No quiero que viaje en micro. ¿Toman alcohol? ¿Hay baile? ¿Cuántas horas son de viaje? ¿Está bien si lo mando con una valija grande, una chica y el equipaje de mano? ¿Hay esquimales en Córdoba? Y, lo más importante: ¿cuánto sale el viaje?
Pero claro, nada de eso lograba perturbarte (sobreviviste al costo del viaje, vivirán a fideos todo el año, pero bue, es por una buena causa). Falta muuucho para el viaje. Es en diciembre. Hasta que llega diciembre y te das cuenda de que eras una ridícula al pretender que el niño en cuestión llevara sachets de shampoo al viaje. Si vos le compraste 5 y él va a estar de viaje 7 días ¿por qué se queja? ¿por qué grita y se desgañita asegurando que va a ser el único pelotudo que se lave la cabeza? ¿acaso el profesor no le indicará cuando sea el momento del baño?
Llega el día en que tenés que despedirlo en la puerta del colegio. Ahí comprendés que sí eras una sentimental porque el corazón se te hace un charquito viéndolo tan grande, tan lindo y tan feliz de librarse de vos por siete días. Querés prolongar el abrazo pero el niño se ha convertido en anguila, muy resbaloso e imposible de agarrar.
Viaje.  Regreso. Fin de curso. Entrega de títulos. baile de egresados. Todo pasa rápido, como en una película de los Hermanos Marx donde hay un gag detrás de otro y no podés entenderlos todos porque los subtítulos apestan. No hay quien te traduzca. Menos mal que llegan las vacaciones, que sino...
Y sí, vacaciones normalitas, como siempre. Toda la familia, descansando. Te empezás a poner medio histérica en febrero, eso sí. ¿Estará mal si lo acompaño el primer día de clases? ¿Llevo la cámara o le saco con el celular para que nadie se dé cuenta? ¿Le compro mochila negra o un morral? Consejo de amiga: ni se te ocurra preguntarle qué es lo que prefiere. No sabe. No tiene idea. Está aterrado, extraña a sus compañeros y se va dando cuenta de que a muchos no los verá más. Tendrás que resolverlo sola. No importa: lo que hagas estará mal. Así te lo digo. Le va a caer mal que lo acompañes, que te pares en la misma vereda mientras esperan que abran las puertas. le molestará que insinúes siquiera algún documento fotográfico del hito educativo. Y si le compraste el morral, se antojará por la mochila. O viceversa.
Su apariencia es normal, pero se va gestando la metamorfosis.
El principio del fin. Se volvió un adolescente. Él sabe todo. Sí. Sabe que son trece materias y son profesores y cursos y exámenes  en lugar de maestros, grados y pruebas. Él lo aprende más rápido que vos. No vas a poder ir a hablar con el profesor hijo de puta que le pone un uno porque se olvidó el libro. Ni van a servir de nada las notas explicando que el chico faltó al examen porque tenía un cólico que siempre le viene cuando está nervioso o estresado, que por favor se lo tomen otro día... De repente tu hijo es capaz de soportar esos reveses de la existencia sin tu ayuda. Él es inmortal. Es virgen (aún) y cree que estudiando la noche antes va a sacarse una buena nota. Todavía no calcula los promedios antes de tirarse a chanta. No especula con los trabajos prácticos ni la ortografía.
Es más: un día vas camino al trabajo, en el colectivo, muy tranquila, cuando recibís una llamada del niño adolescente en cuestión. "¿Dónde estás? ¿Hay huelga?", preguntás con aprehensión. Escuchás su cándida voz en medio de un barullo infame que lo rodea: "No, mamá, estoy en la marcha por la lucha por una educación libre y soberana". "¡A mi hijo se le dio por el centro de estudiantes!" gritás mientras te tirás del vehículo en movimiento. En nuestra época no había centros de estudiantes, si estabas en uno, lo cerraban y te desaparecían. No sabés cómo es la política en la escuela media ahora que estamos en democracia. ¿Estudian los que militan? ¿Les ponen faltas? ¿Tienen asistencia obligatoria a las marchas? ¿Les hacen el test de Cooper para verificar que pueden escaparse de la cana? ¿Hay que poner plata para algo? ¿Se enamoró de una chica del centro? ¿Los profesores consideran en la nota de concepto que los chicos están luchando por un mundo mejor?
No terminás de digerir lo de la política cuando en la cena, tu primogénito comenta despreocupado que Fulanita lo invitó a la casa. "Mejor decile que venga ella, yo no puedo llevarte". "No importa, mamá, voy solo. Es sólo media hora de viaje. y ella no puede venir porque tiene que cuidar al hijo". "¿Hijo? ¿El hijo de quién? ¿Qué hijo?". "Fulanita repitió primero porque el año pasado quedó embarazada y no pudo terminar las clases, claro. ¿No te conté?"
En ese momento, justo en ese momento, mientras despedazás una albóndiga con el tenedor, tu cabeza gira y gira y gira. Estás tratando de  recordar cómo era que empezaba la charla esa sobre el sexo seguro, cuidarse, quererse y todo eso. No, no te acordás, sólo mirás la albóndiga preguntándote cómo vas a hacer para acompañar a tu hijo en este camino nuevo. Te llevás puré a la boca pensando dónde vas a encontrar las respuestas que él precisa, cómo lo vas a sostener en sus decepciones si ni siquiera acepta tus mimos porque ya está grande para esas cosas. Tomás un trago de vino barato con soda, suspirás y decís: "Ah, no, no me contaste. ¿La mamá la ayuda con el nene? Otro día decile que venga con el hijo. Está bien, no hay problema:"

04 enero, 2008

Entretenimiento veraniego

Esta es una entrada autopromocional. Ustedes sabrán disculpar, pero para mantener entretenidos a los niños que se niegan a asistir a alguna de las colonias veraniegas que auspicia la ciudad los convencí de hacer un podcast.

Y les re gustó. Se divirtieron como cretinos. Yo estaba segura de que iba a ser así, y que yo iba a trabajar más que ellos en lo técnico del asunto... Pero bueno, aquí salió el número 0 de mi primer nieto (el hijo de mis hijos)

PaMaTo, el podcast de los chistes malos

Disfrútenlo y, si se copan, dejen algún mensaje o envíen un chiste.

02 diciembre, 2007

Riesgo psíquico

Advertencia: escribo sobre la marcha, no es algo pensado largamente... Ya adjuntaré las futuras reflexiones si las hubiera.

Leo en Medtempus acerca de la excusa que plantean algunas mujeres para practicarse un aborto: que corre riesgo su salud psíquica.

A esto respondo yo: ¿no se destartala la psiquis de la mujer cuando ...
  • no puede descansar apropiadamente durante uno/dos/tres/cuatro/cinco/seis meses a causa de los horarios del niño? [táchese lo que no corresponda]
  • no puede ir al baño tranquila por uno/dos/tres/más de tres años ya sea por episiotomías, hemorroides, llantos, golpes imprevistos? [táchese lo qe no corresponda]
  • su vida sexual es alterada por lactancia nocturna, llantos ídem, "mamá tengo sed", "tengo miedo" y otras por el estilo?
  • la atención de todos se dirige al estado del niño y nadie nota que la madre está con un peinado nuevo, con un ojo en compota, agotada por el trajín, o simplemente anémica?
  • la economía familiar tiembla por el gasto de pañales, leche maternizada, juguetes, muebles para bebés, cochecitos y butacas para el auto?
  • llegado su primer día de trabajo tiene que manejar la culpa de abandonar (¡qué término, mi Dios!) a su bebé en manos de un/a extraño/a para poder ejercer su profesión?
  • el hermano mayor azota a gusto y piaccere al recién llegado en cuanto la madre (esa injusta mujer) decide dedicarse a tareas más insubstanciales como la comida del resto de la familia, su higiene personal o echarse una siesta?
  • tiene que ir al supermercado con un niño en plena época de aprendizaje del control de esfínteres que se le antoja hacer caca apenas toca el turno en la caja?
  • llegada la edad escolar, los niños insisten (con gritos y berrinches) en que nada los haría más felices y plenos que ir a jugar a lo del compañerito que vive a 40 km del hogar?
Sin dudas para muestra basta un botón. Ser madre (padre y hermano mayor) implica un enorme riesgo psíquico, mucho esfuerzo, demasiada energía puesta en reacomodar los horarios, la economía y los afectos. Tiene sus recompensas, claro, pero como todo lo que vale en la vida, tiene su costo.
Habrá momentos en los que no tenemos plata para otro hijo, o no tenemos tiempo porque estamos creciendo profesionalmente o en crisis con el hombre que nos acompaña. Sí, es difícil. Muy difícil. Ser padres es difícil e implica riesgo psíquico, que no nos mientan en eso.
Que no nos den oportunidad de zafar del orgullo, la gratitud, el embeleso de criar un hijo por el riesgo que corre mi psiquis. Eso es muy fácil. Que nos obliguen a plantearnos la seriedad del reto es lo apropiado, lo que corresponde con la magnitud del acto de procrear, de acompañar a un nuevo ser en su estreno de la vida.

01 mayo, 2007

El nombre del hijo (II)

Ahora que lo pienso, no es casual que la primera entrada la haya publicado un 7 de abril. En esa fecha nació mi abuela materna, Dominga Pascuala. ¿Adivinan por qué se llamó así? Adivinaron: nació un Domingo de Pascua. Ya conté la historia del cambio de mi nombre en el momento del registro. Con mi hermana pasó lo mismo, se iba a llamar Viviana nosé qué más, y terminó siendo Silvia Viviana por esos revires de mi viejo. Mi mamá se enteró de la nueva denominación al ver los documentos.
En la familia de mi esposo las cosas no son del todo mejores. Él y su padre comparten el Luis, uno es Alberto y otro Alejandro, de modo que la única manera de saber a quién corresponde abrir la carta del banco que está rotulada como urgente es comprobando los números de cuenta. Sobreabundan los Luises y Alejandros en la familia de mi esposo. Y la manía extraña de llamar al primer hijo como el padre. Es medio vergonzoso para mí llamar a un pariente y decir: "Hola, soy Graciela, la esposa de Luisito..." Ni qué hablar de estar aclarando constantemente a qué Luis me refiero cuando hablo de un comentario o hecho, siendo que comparto varias actividades con mi suegro es necesario el dato.
La cuestión del nombre tiene mucha tela para cortar, como verán. Siempre está el prurito a los motes o burlas que pueda generar el nombre elegido. Mi amiga estaba embarazada de mellizos. Dos varones. Me mandó un mensajito al celular diciendo que uno de ellos se llamaría Juan Bautista, yo se lo respondí muy contenta y entusiasmada con un chiste sobre perder la cabeza por una Salomé y qué sé yo qué otra huevada. Apenas presioné el YES para enviarlo, me dí cuenta de que podía ofenderse. Y se ofendió. Mucho. Perdón, Paula. Su otro hijo se llama Ignacio. Todos lo llamamos Ignacio, pero quizás de más grande opte por el temido "Nacho". Así como yo me resistí durante mucho tiempo a que relacionen a mi primogénito con un palmípedo para que él hiciera suyo el mote, así de inexorables son las aceptaciones de los apodos ¿no?.
Mi cuñado y su esposa eligen llamar a su hija (primera mujer nacida en esa generación) Olivia. Mandan mail: "Olivia, pero no como la esposa de Popeye, como Olivia". Cuando leímos el mail nos quedamos de una pieza y empezaron a surgir de nuestro inconciente miles de derivaciones de Olivia: Olivia de Havilland, Olivia (libro del FCE), aceite de Olivia, Caleta Olivia, Olivia Newton-John (y Neutron Bomb, por supuesto)...
Un sobrino se llama Marco. Así, sin ese. No es Marcos, es Marco. Marco Sinese. Já.

¿Qué nos pasa a los padres cuando vemos que alguien hace una asociación, un chiste (que no una burla) con el nombre de nuestro hijo, ese nombre que elegimos tan cuidadosamente? Nos pasan muchas cosas, sin dudas, nos da miedo, bronca, duda, ganas de protegerlo del daño que les pueda causar... Ojo, no estoy dando ejemplos de nombres como Fructuoso, Soledad Dolores del Solar, Epaminondas, o cualquier nombre que mueve a la risa de por sí. Nombres normales, por todos conocidos...

Cuando iba a nacer Martín hicimos la consabida listita. Algo le preguntamos a Patricio, pero todavía era muy chico y le daba lo mismo cómo se iba a llamar el intruso. Perdón, el hermano. En esta lista estaban otra vez nombres que ya habían aparecido con la elección anterior (tenía a Iván entre ceja y ceja, ustedes entenderán). Pero también aparecían otros nombres, ahora ligados a personajes, rostros, situaciones. Martín era uno de ellos. Había sido mi alumno en la catequesis de Primera Comunión. Un pibe muy especial, tenaz, creativo. Sus padres eran agnósticos, aún así él insistió en hacer la catequesis. Y tomó la Comunión con todas las de la ley. Años después me lo encontré, no siguió practicando pero nunca se arrepintió de esa pequeña decisión que tomó a los 8 años.
Y Martín fue Martín entonces. Claro que nos faltaba el segundo nombre. No era cuestión de tener un Patricio Andrés y Martín Asecas. De eso veníamos hablando con Patricio una tarde al regreso del jardín cuando compartimos el ascensor con una vecina:
-¡Qué lindo!, ¿vas a tener un hermanito o hermanita?
-Hermano -(Patricio siempre fue de pocas palabras)
-Ah, ¿y cómo se va a llamar?
-Martín, se llama Martín. Pero el apellido no lo sabemos todavía.

24 abril, 2007

Marusiñas

Nadie me dijo que me iba a sentir así al verlas.
Nadie me advirtió de la cosquillita que se siente muy dentro al ver que algo que se hizo en casa, a las apuradas si se quiere, toma otro color, otro valor al estar impreso, ilustrado, armado...
Tampoco me advirtieron qué cara iban a poner mis hijos al ver los libritos. O mi marido.
¿Cuántas cosas más provoca un acto tan simple como sentarse a escribir y ser publicado? ¿Me acostumbraré alguna vez a parir libros? (Nunca me acostumbré a parir hijos, aclaro para el que se sienta tentado al chiste fácil.)
Y todos maravillados porque me pagaron por esto. Yo también, no vayan a creer. Pero yo, con esa cara de mosquita muerta, plagio a mi hijo y cobro mis manguitos.
Mirála vos a la mina esta. ¡Quién iba a pensarlo!

PS: Marusiñas es el nombre de la colección donde salió mi cuento publicado

07 abril, 2007

El nombre del hijo

Cuidadosamente elegimos el nombre de nuestro primer hijo. Compré un libro de nombres, marcamos los que nos gustaban, hicimos la listita y fuimos tachando. Había algunas premisas muy claras:
* tenía que pegar con el apellido. Eso dejaba bastantes nombres largos o lindos afuera.
* no debía haber otra persona con el mismo nombre en la familia. Esta era importantísima, si tienen en cuenta que en una reunión mi familia alguien gritara ¡ALEJANDRO! más de la mitad se sentiría aludido. Si, en cambio, el grito fuera ¡LUIS! sólo atendería un 20%.
* tenía que tener un segundo nombre. Esa era medio boba, sabía que el segundo nombre no se usa nunca, pero bue...
Finalmente llegamos a una decisión: Patricio Iván. Así, porque sí. Porque nos gustaban los dos nombres. Luego de elegirlos recordé que yo iba a ser llamada Alejandra Patricia, pero mi padre cambió mi nombre por Graciela Alejandra al anotarme en el Registro Civil. ¿Su justificación? Dijo recordó que cuando empezó a salir con mi mamá ella dijo llamarse Graciela, ser hija del vigilante de la esquina y qué sé yo qué más.
Pero eso no iba a pasar con nuestro hijo. Patricio Iván llevaría ese nombre porque sus padres lo habían elegido con amor, pensándolo, imaginándolo. Estaba decidido. Ese era el nombre del primogénito.
Lo anunciamos a las respectivas familias. No sé quién se dio cuenta. Quizás fuí yo, quizás otro, no lo recuerdo. Fue el principio del fin.
El nombre de Patricio Iván conllevaba un detalle que cobró demasiada importancia: sus iniciales serían P.I.S.
Las familias se dividieron, las opiniones también. Los bandos se enfrentaron con fuertes argumentos. Por un lado estaban los que lo tomaban para el churrete, se sucedían ataques de hilaridad cuando se hablaba de Patricio Iván. Una vecina, embarazada de una nena, Catalina, cuando me veía me preguntaba cómo estaba PIS, y aclaraba que ella estaba esperando a CACA...
Los otros se rasgaban las vestiduras. Pontificaban sobre los profundos daños psicológicos que podría causar al niño en su más temprana época del control esfinteriano. Que las burlas de los compañeros lo harían tímido, retraído y antisocial. Que yo tenía que velar para que no pasara por las terribles pruebas que lo esperaban y que su identidad se vería dañada por la fatídica conjunción de iniciales.
En medio de eso mi panza crecía. Y mi malestar también. Era una prueba piloto de lo que pesarían las opiniones y bromas del entorno. Hasta qué punto invadirían nuestro espacio, nuestra familia, nuestro criterio...
Finalmente, decidimos cortar por lo sano. Basta de molestar con el nombre de mi hijo. No se va a llamar Patricio Iván, porque si así fuera sus opiniones y bromas serían lo que marcaría su crianza, se llamará Patricio Andrés. No jodan más.
Patricio Andrés creció y hoy elige llamarse Pato.

27 noviembre, 2005

Raque-sssshhhh, raque-sssshhhh

Hace un tiempo escribía sobre lo que sentía cuando no podía compartir mis gustos musicales con mis hijos. Hoy, revisando los blogs de la semana, me encuentro con este.

¡Cómo amé a este hombre! ¡Cómo amé su música! Es el día de hoy que su voz me estremece y sus letras siguen significándome. Nunca me hice ilusiones, (o sí, qué sé yo), siempre tuve muy claro que era gay, no me tragué mucho eso de que era bisexual. Pero me atraía, me subyugaba, me podía.

Me reconozco fan de Mercury. Soy fan incondicional de Freddie Mercury.

La primera vez que me enteré de su existencia fue porque Adriana, una amiga que conocí en jardín y terminó la secundaria conmigo, estaba buscando un tema de ellos que había escuchado en la radio. Adriana siempre estaba al tanto de las novedades discográficas, escuchaba mucha radio, mucha música. ¿Qué año sería? ¿El 78, 79? No sé, no me acuerdo.

Llego a su casa y me dice que estaba buscando un tema que le había encantado. El tema decía: “Raque-sssshhhh, raque-sssshhhh”. Ahí mismo salimos a cantarle las frases cósmicas a las disquerías del barrio. No hubo caso, no lo encontramos.

(Es raro, me recuerdo recorriendo las disquerías de Chacarita con el Raque-sssshhhh, raque-sssshhhh. Pero no recuerdo cómo llegué yo a Queen luego de eso). Lo cierto es que Queen llegó a mi vida, y no nos separamos más. Creo que una de las primeras cosas que hice fue anotar en un cuaderno las letras de sus canciones y, con ayuda de un diccionario, traducirlas. (Encontré el cuaderno de marras hace un tiempo. Estaba en casa de mis suegros y Bea me lo devolvió.)

No las traducía palabra por palabra, sólo aquello que no conocía. Como que el significado de esas frases quedaba en mí, dentro de mí.

Ooh, each morning I get up I die a little
Can barely stand on my feet

Esta frase tiene sólo una pequeña anotación sobre la palabra barely. Mi corazón entiende, sabe lo que es no tener ganas de levantarse a la mañana y tratar de encontrar alguien a quien amar.

Ah, los hijos. Tengo que hablar de mis hijos. O de mi familia. No de Mercury y Queen. (¿Seguro que no es mi familia? Si su música corre por mis venas ¿eso no cuenta?)

Leí su biografía cuando estaba embarazada de Martín, la que se basa en lo que narra su última pareja. Escuché Rapsodia Bohemia en el taxi que me llevaba a la clínica donde parí a Tomasito. Fueron los 5 minutos más hermosos de mi vida. Tomás nacía auspiciado por Queen.

En fin.

Intenté mucho tiempo que los chicos escucharan Queen. Tengo TODOS sus discos. No las recopilaciones y sucedáneos que inventaron las discográficas y el mercado. Los que ELLOS grabaron. Ponía uno y escuchaba:

—No, no, sacalo, má. Poné a Vicentino, los Auténticos, los Orozco.

—Puta madre –pensaba yo. Igual me consolaba: por lo menos elegían rock nacional.

Intenté varias veces, sin influenciarlos. Sabía que era difícil, estaba en inglés, no pueden entender sus letras, menos aún como yo las comprendo: con el cuerpo.

Ni bola. Cero onda.

—Y bue, –me digo.– Será música de viejos para ellos.

Un día llega Tomás después de dormir en casa de Luca, su amigo.

—Mamá, ¿te puedo decir una cosa? ¿Vos tenés una canción que dice baicicl, baicicl, y otra que dice uiar de yampion?

(Perdónenlo, para Tomás “Smoke on the water” es “Mocon deuat er”)

Mi corazón entra en taquicardia extrema.

—Calmate, Gragry, calmate. Respirá. Uno. Dos. Uno. Dos.

—Claro, mi amor. ¿Dónde lo escuchaste?

—Claudia lo puso. Nos encanta.

(Claudia, diosa indiscutida. Otra que Santa Rita. Esta es mejor. Logró que Queen entrara por Tomás, si los otros no lo escuchan es porque son sordos. Les va a llenar la cabeza hasta que revienten o lo acepten)

—¿Podés ponerlo mientras me baño, má?

—Sí, Tomi, sí.

Y escuchamos Queen en familia, y lo bailamos. Y me permitieron una selección personal. Y que les explique la letra. Y que se las enseñe en parte.

Y fui tan feliz.

25 noviembre, 2005

Los derechos de los niños

Ya desde siempre admiré a Tonucci, desde sus viñetas y su visión de la educación. Cuando me enteré de su proyecto "La ciudad de los niños" empecé a alucinar. Quise mudarme a Rosario, que me quedaba más cerca que Fano, por cierto. Si el tipo venía a Buenos Aires, yo iba a escucharlo. Ya me estaba haciendo la cabeza el tano este.
Después quedé embarazada. Ahí empecé a notar en el cuerpo a qué se refería el quía cuando decía: "a ciudad ha sido pensada, proyectada y valorada tomando como parámetro a un ciudadano medio con las características de adulto, varón y trabajador (1)". Los taxis van a los pedos, saltan los baches, no frenan suave. El feto se mueve dentro de la panza como una bola de billar haciendo una carambola a 4 bandas. Ni que hablar de asientos en las calles, donde poder estirar las piernas de elefante.
Después parí y tuve que transitar con el cochecito las calles de Palermo llenas de baches, cruzar avenidas esquivando a los autos que se habían detenido sobre la senda peatonal, cruzar por cualquier lado porque a alguna mente despierta se le ocurrió que era buena idea dejar el auto sobre la ochava, bloqueando la bajada para discapacitados (que no las había en todas las esquinas, por cierto). Quise cruzar la calle Dorrego para ir a Cabildo, pero no había pasaje subterráneo o aéreo que tuviera rampa. Una vez cerraron el acceso al tren de la calle Paraguay y yo no podía viajar en tren con mi ñato en cochecito sin una persona de buen corazón que me ayudara a levantar el carro y subir las escaleras.
Las cosas se complicaron cuando Pato empezó a caminar. Se caía de bruces encima de caca de perro, la gente lo pasaba como poste caído (y a veces lo sentaba con el roce), los automovilistas no esperaban que cruzáramos y arrancaban para apurarnos.
Nada mejoró cuando me embaracé. Patricio ya tenía el paso más seguro, se necesitaba más impulso para que se cayera, pero yo no podía alzarlo para cruzar las calles.
El tiempo fue pasando y me dí cuenta de que los subtes de Buenos Aires no son aptos para "personas pequeñas" (y eso que se los compramos a los japoneses, que si hubiera sido a los suecos...). Los pibes no tienen de dónde agarrarse, como no sea en el barrote al lado de la puerta, con lo que se lo llevan puesto en cada estación dos veces: los que salen y los que entran. Sí, siempre están las almas caritativas que ceden el asiento a la madre (muy pocos a los niños, menos aún si el niño tiene más de 4 ó 5 años). Lo cierto que es que mis hijos (11, 9 y 7) hoy no llegan a ninguno de los pasamanos superiores y tienen que aferrarse de los que están a los lados de las puertas.
Las cosas no mejoran en los colectivos, menos aún si los niños van con mochilas con rueditas.
En muchos restaurantes no tienen vasos apropiados, todos con base chica, fácilmente volcables, siempre, pero siempre de vidrio. En alguno me alcanzaron vasos de ginebra, pero claro, aún para los chicos es como hacerse un buche. Ni siquiera eso.
Los mozos se fastidian cuando un pibe tira un cubierto, o la servilleta, o vuelca el vaso. Cosas comunes durante los primeros, digamos, 5 años de vida del cachorro humano.
Ahora, con los chicos grandes, vengo a descubrir cosas que me ponen peor aún. Mucho más enojada. Y no tiene que ver con la accesibilidad de la ciudad, sino con la maldad del género humano.
El otro día, mandé a Martín a comprar comida para un jilguero y una cotorrita. Le dije que preguntara a la veterinaria que lo iban a ayudar. Le dí cinco pesos. Volvió con cincuenta centavos, una bolsita de alpiste y mijo, y como kilo y medio de girasol. Me fui con mi hijo a la veterinaria, la mina me dijo que el nene le había pedido girasol para el loro. Le explico amablemente que mi hijo sabe que lo que tenemos en casa es una cotorrita y que ignora lo que es el girasol, él conoce las "pipas" que a veces come. Muy suelta de cuerpo me contradice, hace un gesto de "qué hincha pelotas esta mina" y me devuelve tres pesos mientras le saca a Martu el kilo y medio de girasol.
Segundo momento, la panadería de mi casa está haciendo una encuesta de atención al cliente. Entre preguntas para calificar la atención, hay un apartado para sugerencias. Pato lo llenó, calificó la atención y la mercadería como muy buenas, pero en sugerencias escribió:
"Cuando viene un chico no lo atienden, lo hacen esperar y atienden a los que vienen después"
En los datos personales no puso los propios, sino los de Mariela. Le pregunté por qué: "Seguro que si lo dice un nene no lo leen".
Tuve el papelito una semana ahí, en la puerta de la heladera. Lo leía cada vez que entraba a la cocina. Al final me decidí y agarré el papelito, le pedí a Pato que me acompañara y fuimos a la panadería.
Pedí hablar con la encargada del negocio. Le doy a leer la crítica que les hace un pibe de casi 11 años. La mujer se toma el trabajo de leerlo, pide disculpas y le habla a Patricio.
"¿Sos vos? Mirá, cuando vengas a comprar, acercate al que esté atendiendo y decile lo que querés comprar. Ahora te conocemos y sabemos que vos venís", se dirige a mí y me dice: "No estamos acostumbrados a que vengan chicos solos a comprar, entonces pensamos que están acompañados de algún adulto. No volverá a pasar. Yo pondré el papel en la urna y tendremos en cuenta lo que nos dice."
Le agradezco, beso a mi hijo y lo dejo comprando.

21 noviembre, 2005

La solidaridad existe

Y sí. Hasta en los colegios de Palermo :P
Les cuento. Todos los años, para esta fecha, el colegio de los chicos organiza campamentos para cada grado. Al principio se hacían en el campo de Kuky y Roberto, después (por inundaciones y demás accidentes climáticos) tuvieron que buscar y contratar diferentes lugares para los campamentos.
Claro que, para estas fechas, también hay que pagar matrículas y los cumples de Pato y Martín, por lo que este año Luis y yo hablamos con los chicos y les dijimos que el presupuesto no daba para todo. Los chicos lo tomaron muy bien. Avisaron en el colegio y jueves y viernes le tocó a Martín quedarse en casa mientras sus compañeros se embarraban en Ezeiza. Mañana y pasado es el turno del campamento de Tomás y jueves y viernes el de los de quinto.
Hete aquí que hoy llama Sandra, la mamá de un compañero de Pato, diciendo que los padres querían pagarle el campamento como regalo de cumple. Casi al mismo tiempo recibimos un llamado de Karin, con idéntico ofrecimiento para Tomás (aunque no tiene que ver con el cumple, que fue en junio).
Estos gestos hacen que el día de hoy valga la pena. Es como un masaje al alma ¿no?

25 octubre, 2005

Recursos para madres (1)

La página que nos enseña 15 maneras de atar los cordones: http://www.fieggen.com/shoelace/index.htm

Yo sé que está en inglés, pero mi ñato, mirando las figuritas aprendió enseguida un nudo para sus zapatillas. Y eso que llevaba practicando mi método como 6 meses...

Madres del mundo, disfruten el tiempo ahorrado con un buen baño de inmersión.

Este dato lo encontré en Tam Tam

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22 octubre, 2005

Teresina Raiola

Y sí, me siento como ella. La madre de Al Capone.

El miércoles me llaman del colegio para una reunión con la directora: Martín (el del medio, ¿se acuerdan?) contrató a Juan para que le pegara a Joaquín. Le pagó dos galletitas.

Me quería morir. Esconder en un pozo. ¿De dónde sacó eso mi hijo? ¿Cómo puede ser?

Salí del colegio con la cabeza hecha un remolino.

Sí, sí, ya sé que este hecho no debe ser abordado desde la moral del adulto. Ya sé. Ya me lo dijeron. Ya lo aprendí.

Igual no puedo evitar sentirme como si fuera la Teresina esta. Tampoco puedo evitar el ataque de risa y frases como  “qué cosas se les ocurren a los chicos” y otras por el estilo.

 

Mil abordajes del tema se agolparon en estos 3 días en mi cabeza:

  • ¡Qué capo el pibe! ¡Qué bien que la hizo! Uy, me da miedo. Me hace acordar a Fendrich y Barreda. No, esa no.
  • Debate moral, tipo Dostoievsky. Bien y mal. Justicia por mano propia. Culpa. Castigo. ¡Aflojá!, es un pibe. No, no, mejor no.
  • Implicancias legales. Tarea cuando llegue a casa: buscar en el Código Penal las condenas previstas para los instigadores y para los ejecutores. ¿Para qué, si no va a ir con un juez que todo lo sabe y que estudió para eso? Los que vamos a juzgar  (e imponer un castigo) somos Luis y yo que, a duras penas, sabemos ponernos de acuerdo.
  • Tipo “la gallinita dijo eureka”, bueno, son niños. Y sabemos que los niños son seres puuuuuuuroooos, no tienen maldad ¿no? No, puros las tarlipes. Así no.
  • Economía de mercado: ley de oferta y demanda. ¿Juan era el más barato para pegarle a Joaquín? ¿Qué galletitas eran : Criollitas u Oreo? No, no. Ese no es el punto. Definitivamente.
  • Madre equilibrada que lo hace reflexionar sobre el causar daño a otro, el hacerse cargo de los propios sentimientos, de las consecuencias. Sin que se sienta culpable, ayudándolo a entender. Esta es la correcta. Sí, definitivamente. Ahora me falta encontrar a la madre equilibrada. ¿En qué rubro busco?

PS: Nunca mantuvimos esta conversación.

 

 
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12 octubre, 2005

Y, no hay caso, che

Estoy preparando mi serie "Cosas que desequilibran a una madre", pero me encuentro con cosas como esta y se va todo al demonio.

¿A quién no le pasó que su hijo (ese sagrado fruto del vientre de una) se enganche con algo non sancto (léase TV basura, literatura barata, ídolos de cartón, música deplorable...)?

La primera reacción que tuve cuando Patri, a la tierna edad de 4 años insistía en ver los Power Rangers, fue explicarle tiernamente (sólo tenía un niño, no trabajaba y todo mi ser se ocupaba de su más mínima necesidad) que los Power Ranger eran malos, pero malos de pésimos, no de maldad. Porque eran buenos. No les daba el presupuesto, pero eran buenos...

Ni bola me dio el niño.

Intenté maniobras disuasivas. A la hora en que pasaban la citada serie lo llevaba de paseo, le proponía una actividad cualquiera, llegaban visitas... Lo que cuadrara mejor. Funcionaba, pero el infante en cuestión seguía berreando por el Power Rojo como el ídolo indiscutido de su vida.

Con el tiempo, la vida me castigó soberanamente.

Una tarde Martín, ya tendría como 5 años, reconoció los acordes de "Twist & Shouts" con la frase: "Poné más fuerte; es la música de Videomatch". Ahí sentí en mi cuerpo la profecía de Simeón... ¡Cómo un hijo mío podía reconocer la música de Videomatch y no a los Beatles! Si yo cuidé tan bien de que nunca lo vieran. Y nunca pidieron verlo, pero a pesar mío supo de su existencia...

¡Ay, mísera de mí,
ay, infelice
apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así
¿qué delito cometí
contra vosotros... pariendo?

Con el tiempo alguien me explicó la verdad de la milanesa. Crecimos con la consigna que reza "la educación se da en casa". Como si en el colegio sólo se diera información. Pero resulta que los tiempos cambiaron. Ya no hay una mamá full time disponible para los niños, la madre en cuestión está yugando a la par del marido... Los niños tienen acceso casi ilimitado a la televisión e internet, y, si vivimos en Argentina, es probable que pasen muchas horas con una persona (la chica, empleada, mucama, y otros eufemismos) que tiene una cultura y valores muy diferentes a los nuestros... Ergo, al sagrado altar hogareño ingresan variadas propuestas, frases, conocimientos, hechos y realidades sin el filtro paterno. Sin mirada crítica, sin apoyo, sin respaldo.

Y los chicos hacen lo que pueden.

Y nosotros (los padres) también.

Con el tiempo aprendí a aceptar que a mi hijo Martín (es el segundo, así que es el complicado, el que trae todas las cosas raras :P) le gusten los cantantes latinos... Pero aprovecho la volteada y le vuelo el seso con Masliah, Menphis, Attaque 77, Sumo... Soy mala y me gusta serlo, y él disfruta de la diversidad, de bailar con la mamá y saltar un buen pogo.

Sigue preocupándome que Tomás cante divertido temas como Hay una bomba en el colegio (no sea cosa que se le ocurra curtirse a la novia debajo del pupitre), Vení, Raquel o Los piratas (no es cuestión que no respete a las mujeres). Les hago escuchar a Pink en Good bye, blue skyes pero no me dan ganas de que vean la peli todavía... Lo mismo me pasa con Viernes a las 3 am, a pesar de que escuchan a full a Seru.

Miles de veces hablamos del retrato de Dorian Grey, pero no sé si se lo daría a Patricio a leer. Ni siquiera Farenheit 451... Me da miedo que conozcan así el lado oscuro de la humanidad, del "ser" humano.

A veces prefiero que sigan confundiendo a los Beatles con los cortineros de Videomatch...



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03 octubre, 2005

¿Cuándo es el día de la madre?

Estoy en un problema.
No sé cuándo es el día de la madre.
Si es este fin de semana seré la única madre: mi mamá está de viaje en Madrid, mi suegra en Córdoba. Por primera vez seré la única madre. No tendremos que decidir con quién lo pasamos, a quién vemos primero, esas cosas. La festejada seré yo.
Pero existen voces agoreras que aseguran que el día de la madre será el próximo fin de semana... En ese caso no seré la única madre, seré otra madre más.
(Que quede claro: extraño a mi mamá y la paso muy bien con mi suegra, pero es mejor ser la única madre cuando ambas están vivas a esperar sentir ese vacío con culpa y tristeza que nos da cuando alguien falta.)

29 septiembre, 2005

El camino que ellos elijan


Bueno, yo también pongo fotos, qué tanto. (¿Qué querés, Daniela? Me morí de envidia al ver a tu niña patas arriba). Esta es la foto que más me gusta de mis hijos. La saqué yo, una tarde de domingo que fuimos a pasear por el barrio para que el papá pudiera disfrutar del silencio de la casa desierta. Alguien me dijo que era triste. Muchos, que ponga una foto donde se les vea la cara.
Pero para mí esta foto no es triste, todo lo contrario. Es la síntesis de la maternidad/paternidad. Miro esta foto y los veo crecer, aprender, experimentar, disfrutar, alejarse, mirar para atrás para asegurarse de que yo sigo ahí mirándolos…
Tampoco es tan importante que se les vean las caras. Su cuerpo lo dice todo… Van caminando, sin rumbo, charlan de sus cosas. No dejan pasar oportunidad de lanzar un insulto leve al hermano. Uno pregunta, los otros hacen gala de su conocimiento. Discuten un punto importantísimo con total vehemencia y seriedad. Cantan una canción de Los Piojos.
Yo siento que estoy acá para dejarlos ir. Para que puedan despegar, para que aprendan a confiar en sí mismos y en los otros, para que se decidan a experimentar, a aprender. No me va eso de tenerlos agarrados, prendidos a mí, dependiendo. Ojo, esto no significa que no esté atenta a cada paso que dan, cada sonido por las noches, cada deseo que expresan. Muy pendiente estoy. Yo los dejo ir, pero ellos me tienen atada. Por siempre estaré atada y no podré desprenderme.
Desde que soy madre no tomo decisiones por mí, siempre los incluyo. Estoy a mitad de un trabajo, o en el colectivo o mirando una peli o lo que fuera y pienso “esto le gustaría a Patri, a Martu o a Tomás”. Todo mi universo gira en torno a ellos, aunque a veces me enoje conmigo por esta realidad mía.
Mientras yo pienso estas cosas, ellos están caminando el camino que eligieron, escuchan las recomendaciones que les doy, las reglas que marco y después, siguen caminando… Por donde quieren.