22 marzo, 2011

SOY MAMÁ, SIEMPRE MAMÁ

Inicié este blog, en el 2005, porque buscaba un espacio donde contar lo que me sucedía como mamá. Necesitaba compartir el amor infinito, absoluto hacia los hijos, pero también el deseo de dejar de verlos durante algunas horas, unos días, una semana. Lo hice, lo pasé bien, invité a otras mamás y a otros papás a sumarse. Se sumaron.

De a poco fui dejando de escribir. Mis hijos crecieron, los problemas también se agrandaron y ya no había "anécdotas graciosas" para compartir con los demás.

Quién iba a decir que iba a regresar a hablar de hijos... ¡profesionalmente! De los míos y de los de todos los demás. Y como a mí me gusta: con humor, desenfado, libertad.

Así que sí, sigo escribiendo sobre hijos, pero lo hago en la página web de los pañales Huggies, bajo el título SOY MAMÁ .
Pasen y lean.

15 marzo, 2011

Madre soltera

Antes de narrar el siguiente episodio, cabe señalar que mi madre es una persona muy conservadora, de esas que dicen que los tatuajes son para vagos y rateros, que los hombres deben traer corto el cabello, que los escotes son indecentes, etc.

Estaba Angy jugando con su muñeca, la arrullaba. A su abuela le dio curiosidad y se acercó a preguntar. Así se desarrolló la conversación.

Abuela: ¿A qué juegas?
Angy: A que era madre soltera
Abuela: ¡¿Porqué!?
Angy: Pues porque no tengo esposo, y mi primo Chava no quiere jugar a ser el papá.
Abuela: Puedes jugar a que se había ido a trabajar.
Angy: No, mejor madre soltera. ¿Para qué quiero un esposo que nunca está?

Entre juego y juego, algo de realidad se ha de asomar. La conversación que después mi madre tuvo conmigo fue larga y aburrida, pueden imaginarla.

07 marzo, 2011

Si yo digo que te duele es porque te duele.

En días pasados me encontraba lavando mi auto en la calle, cuando pasó una vecina con sus hijos, uno de ellos se había roto la clavícula en días anteriores. Saludé a mi vecina y enseguida me dirigí al niño lesionado:
- Diego ¿cómo sigues?
- Bien
- ¿Ya no te duele?
- No
Intervino inmediatamente la madre:
- Ah como no, ¡claro que le duele!
Diego ya solamente sonrió y me dirigió una mirada que yo me di a la tarea de traducir en: "está bien, si mi mamá dice que me duele entonces sí, me duele".

Jaja, lo que me asombró es que el niño ya ni siquiera se tomó la molestia de contradecir a su madre, a sus escazos 6 añitos aprendió a darle la razón para no discutir. Cosa que yo empecé a hacer a los 25.

13 diciembre, 2010

Cosas inexplicables

Yo siempre pensé en hablar con mis hijos de lo que mi madre no hablaba, y si lo hacía, era con mucha reserva. Pensé que no habría algún tema del que no pudiera hablar con mi hija... hasta la semana pasada.

Una serie de hechos violentos en nuestra ciudad provocaron que adelantaran la salida de las escuelas, me vi en la necesidad de ir por Angy tres horas antes; para colmo, el camino a mi casa era una de las zonas de conflicto, los tiroteos no paraban, pasamos el dia en la casa de sus abuelos.

Y en la noche, pensando que los disturbios habían pasado, decidimos regresar a casa. En un punto el tráfico se empezó a detener, llegó un momento en que no se podía avanzar ni retroceder, poco a poco nos acercamos hacia donde el flujo vehicular nos guiaba. Había un autobús en llamas, un grupo de hombres armados bajó a una familia de su auto, para prenderle fuego. Los sicarios se fueron. Por el retrovisor busqué a mi hija, en lo que dirigía mi vista hacia ella, deseaba que no hubiera visto aquello, pero vi sus ojos más abiertos de lo normal, las cejas levantadas y con una carita llena de dudas. Max iba dormido.

No pasó mucho tiempo cuando Angy empezó a preguntar y preguntar, para mi vergüenza, no pude responderle nada concreto. ¿Porqué esos señores hicieron eso? ¿Porqué le prenden lumbre a los carros? ¿Porqué están armados? y la última pregunta ¿Porqué no hay policías cerca?

¿Cómo expicarle a mi hija algo que estamos viviendo juntas por primera vez? ¿Cómo decirle que no se asuste si yo estaba tanto o más asustada que ella? Caí en la cuenta de que en ese momento eramos dos niñas descubriendo el mundo. Aún así traté de despejar sus dudas una a una y más me avergonzé de lo que me escuché decir, que después de todo no fueron mentiras: "la policía no viene porque los malos están mejor armados y además son más rápidos; en lo que llega la policía, ellos ya se fueron, la policía tiene miedo además".

En mi infancia, yo no sabía que existían los narcotraficantes, la persona más mala del mundo era el dichoso "robachicos", jamás vi un delincuente en persona, a los 12 años supe lo que significaba la palabra "violación". Angy a los casi 8 años, ya vivió las consecuencias de conflictos armados entre autoridades y narcotraficantes, ya conoció la violencia cara a cara; y su madre no sabe cómo explicarle.

El resto del camino estuvo lleno de autos quemados y algunos aún en llamas, una gasolinera en las mismas condiciones. Afortunadamente sentimos el alivio de llegar a casa. Al día siguiente mi hija vio una ciudad desolada, vacía, con restos de vehículos quemados y todos los negocios cerrados. Mi dilema es qué postura tomar, tan malo es decirle que se acostumbre como malo es dejarla vivir con miedo.

Debo decir que nunca le di tanta importancia al mundo que habrá para ellos en el futuro, nunca tuve tanto miedo de su porvenir, nunca había tenido tantas ganas de taparle los ojos a mi niña, ganas de encerrarlos a ella y Max en una burbuja donde nunca nada les pase y todo lo que esté ante su vista sea agradable.

Yo sé que no podré protegerlos toda la vida, pero hoy mismo haré lo posible, por ello, hoy empieza el proyecto de mudarme de ciudad, sacarlos de aquí. Tal vez esa no sea la solución definitiva, pero por lo pronto, espero se materialice.

28 octubre, 2010

Madre = ¿Tiempo libre?

Me sorpende y a veces me molesta la imagen que tienen las personas de un ama de casa, simple y sencillamente no lo concibo.


Situación 1:

Mi esposo nos lleva de visita a una ciudad vecina para conocer a unos amigos suyos; empresarios, solteros, jóvenes. Nos invitaron a comer, por alguna razón aprecian mucho a mi esposo y como dicen: el que quiere a la plantita, la quiere con todas sus florecitas. Así que la invitación fue extensiva para mí y mis hijos.

Toda la tarde hablaron de negocios, cualquier comentario mío era pasado por alto por más que mi amable esposo trababa de integrarme, lo que yo decia era una brisa, un zumbido de mosco. Cuando intentaron establecer comunicación conmigo solamente me preguntaron: ¿Qué tal la vida de mamá? ¿Tranquila no?

Claro, las madres no tenemos más tema de conversación que pañales, niños, casa. Y por supuesto nuestra rutina es relajada: Estar al pendiente de de una niña aprendiendose las tablas de multiplicar, un bebé aprendiendo a caminar, una casa que tarda todo el dia en limpiarse y 5 minutos en ensuciarse, que mi familia tenga ropa limpia y planchada y un plato de comida caliente todos los dias tres veces al dia, mas refrigerios; eso y una sesión en un spa, es casi lo mismo, claro.


Situación 2:

Me reencontré con unos amigos de la licenciatura en una reunión. La pregunta de ley para todos ¿qué haces ahorita? ¿a qué te dedicas? Yo respondí: "a mi casa, mis hijos, mi marido". El comentario: "¡que bien! tienes todo el dia libre para hacer lo que quieras: leer, escribir, descansar"

Claro, la casa se asea sola, el bebé de un año ya es independiente, la ropa se lava sola, la comida se hace por sí misma y los platos no se diga, se lavan por arte de magia.


Me decepcionó un poco ver que así nos ven a las mujeres que nos dedicamos al hogar. Pero si algo es cierto, es que solamente desepeñando el rol es como se conoce la vida de una mujer y ama de casa, y por supuesto, solo así es que se conocen las satisfacciones, que superan por mucho a lo demás.

He sido madre trabajadora y madre ama de casa y puedo decir que, ambas cosas, por igual son agotadoras, con presiones y satisfacciones, disgustos y alegrías. Una no hace más que la otra, ninguna es mejor madre que la otra.

08 octubre, 2010

Ni flores

Ya ha pasado un año, tres meses, ocho días. Y no me atrevo aún a ir al cementerio a visitar la tumba de mi hijo, ni para dejarle unas flores. ¿Falta de interés? No ¿Falta de cariño? Tampoco ¿Olvido? Por supuesto que no ¿Falta de valor? Tal vez, y cobardía.

26 abril, 2010

Mi hijo va al secundario

Este brotecito de mí que necesitaba un cambio de pañales cada tres horas ahora tiene trece materias y profesores. ¿Podés creerlo? Yo no. Pellizcame. ¡Ay! Es cierto. Llegó el momento: tengo un adolescente en casa. En la arena se ven los pingos, me digo. Ahora sabré si lo eduqué bien o seguirá el mal camino, si las amistades esas de las que conoceré poco lo iniciarán en qué sé yo qué artes oscuras. Me enteraré si tanto esfuerzo, tanta precaución y cuidado sirvieron para algo. Porque eso es lo que me dijeron: "Enseñale ahora que podés, después se vuelven adolescentes y se acabó. No te dan más bola y hacen la suya". Como si el pibe, de golpe y porrazo, se convirtiera en un Hyde irreconocible, inaccesible.
Y sí, algo de eso hay. La parte del golpe y porrazo, digo.
Me explico, para vos que todavía no sabés de qué la va porque tenés un hijo en cuarto.
Transitás sexto y séptimo tranquila, contenta. El chico ya aprendió a estudiar solo, hace los deberes con mucho menos trámite que los años anteriores. Ya conocés a todas las maestras, la directora te saluda. Los compañeros de colegio fueron y vinieron varias veces bajo tu mirada vigilante. El pibe atisba algún interés especial en alguna cosa (música, dibujo, taekewondo, origami, internet...) "Lo hice bien, podría estar mejor, pero lo hice bien", te decís satisfecha.
¡Zas! primer golpe en la nuca. Elección de secundario. Que si dejás que elija él o elegís vos ese-colegio-de-donde-salen-sabiendo. Visitas a instituciones. Horas invertidas en consultas de honorarios, materias especiales, títulos habilitantes. No caminabas tanto desde que buscaste el jardín de infantes. En ese momento empezás a admirar a esas mujeres que lo resolvieron con el evatest: "Mi hijo va a ir al [NOMBRE DE COLEGIO AQUÍ]", le dijeron al obstetra que calculaba la fecha probable de parto. ¡Y hoy tienen al hijo estudiando como un idiota, casi sin dormir lo necesario para entrar al bendito colegio! ¿Qué hacías vos durante la episiotomía? ¡Seguro que mirabas a tu hijo emocionada! ¿Viste que todo se paga!? Ahora, con esas dudas que te carcomen, deambulás por las calles del barrio. Te asombrás de tanta tribu urbana en las puertas de los establecimientos educativos mientras te consolás pensando que tu hijo siempre va a usar la ropa planchadita y nunca, pero nunca se teñirá el pelo de verde.
Ya está. Elegiste el colegio que cobijará al primero en tu línea de descendencia en el camino hacia la vida adulta. Este colegio es el adecuado porque .................................. (completá la línea de puntos según el caso, cada cual pone sus ingredientes en este asunto).
Segundo mazazo: viaje de egresados. Hace tiempo que venís de reunión en reunión peleándote con los padres de los otros. Sí/No quiero que viaje en micro. ¿Toman alcohol? ¿Hay baile? ¿Cuántas horas son de viaje? ¿Está bien si lo mando con una valija grande, una chica y el equipaje de mano? ¿Hay esquimales en Córdoba? Y, lo más importante: ¿cuánto sale el viaje?
Pero claro, nada de eso lograba perturbarte (sobreviviste al costo del viaje, vivirán a fideos todo el año, pero bue, es por una buena causa). Falta muuucho para el viaje. Es en diciembre. Hasta que llega diciembre y te das cuenda de que eras una ridícula al pretender que el niño en cuestión llevara sachets de shampoo al viaje. Si vos le compraste 5 y él va a estar de viaje 7 días ¿por qué se queja? ¿por qué grita y se desgañita asegurando que va a ser el único pelotudo que se lave la cabeza? ¿acaso el profesor no le indicará cuando sea el momento del baño?
Llega el día en que tenés que despedirlo en la puerta del colegio. Ahí comprendés que sí eras una sentimental porque el corazón se te hace un charquito viéndolo tan grande, tan lindo y tan feliz de librarse de vos por siete días. Querés prolongar el abrazo pero el niño se ha convertido en anguila, muy resbaloso e imposible de agarrar.
Viaje.  Regreso. Fin de curso. Entrega de títulos. baile de egresados. Todo pasa rápido, como en una película de los Hermanos Marx donde hay un gag detrás de otro y no podés entenderlos todos porque los subtítulos apestan. No hay quien te traduzca. Menos mal que llegan las vacaciones, que sino...
Y sí, vacaciones normalitas, como siempre. Toda la familia, descansando. Te empezás a poner medio histérica en febrero, eso sí. ¿Estará mal si lo acompaño el primer día de clases? ¿Llevo la cámara o le saco con el celular para que nadie se dé cuenta? ¿Le compro mochila negra o un morral? Consejo de amiga: ni se te ocurra preguntarle qué es lo que prefiere. No sabe. No tiene idea. Está aterrado, extraña a sus compañeros y se va dando cuenta de que a muchos no los verá más. Tendrás que resolverlo sola. No importa: lo que hagas estará mal. Así te lo digo. Le va a caer mal que lo acompañes, que te pares en la misma vereda mientras esperan que abran las puertas. le molestará que insinúes siquiera algún documento fotográfico del hito educativo. Y si le compraste el morral, se antojará por la mochila. O viceversa.
Su apariencia es normal, pero se va gestando la metamorfosis.
El principio del fin. Se volvió un adolescente. Él sabe todo. Sí. Sabe que son trece materias y son profesores y cursos y exámenes  en lugar de maestros, grados y pruebas. Él lo aprende más rápido que vos. No vas a poder ir a hablar con el profesor hijo de puta que le pone un uno porque se olvidó el libro. Ni van a servir de nada las notas explicando que el chico faltó al examen porque tenía un cólico que siempre le viene cuando está nervioso o estresado, que por favor se lo tomen otro día... De repente tu hijo es capaz de soportar esos reveses de la existencia sin tu ayuda. Él es inmortal. Es virgen (aún) y cree que estudiando la noche antes va a sacarse una buena nota. Todavía no calcula los promedios antes de tirarse a chanta. No especula con los trabajos prácticos ni la ortografía.
Es más: un día vas camino al trabajo, en el colectivo, muy tranquila, cuando recibís una llamada del niño adolescente en cuestión. "¿Dónde estás? ¿Hay huelga?", preguntás con aprehensión. Escuchás su cándida voz en medio de un barullo infame que lo rodea: "No, mamá, estoy en la marcha por la lucha por una educación libre y soberana". "¡A mi hijo se le dio por el centro de estudiantes!" gritás mientras te tirás del vehículo en movimiento. En nuestra época no había centros de estudiantes, si estabas en uno, lo cerraban y te desaparecían. No sabés cómo es la política en la escuela media ahora que estamos en democracia. ¿Estudian los que militan? ¿Les ponen faltas? ¿Tienen asistencia obligatoria a las marchas? ¿Les hacen el test de Cooper para verificar que pueden escaparse de la cana? ¿Hay que poner plata para algo? ¿Se enamoró de una chica del centro? ¿Los profesores consideran en la nota de concepto que los chicos están luchando por un mundo mejor?
No terminás de digerir lo de la política cuando en la cena, tu primogénito comenta despreocupado que Fulanita lo invitó a la casa. "Mejor decile que venga ella, yo no puedo llevarte". "No importa, mamá, voy solo. Es sólo media hora de viaje. y ella no puede venir porque tiene que cuidar al hijo". "¿Hijo? ¿El hijo de quién? ¿Qué hijo?". "Fulanita repitió primero porque el año pasado quedó embarazada y no pudo terminar las clases, claro. ¿No te conté?"
En ese momento, justo en ese momento, mientras despedazás una albóndiga con el tenedor, tu cabeza gira y gira y gira. Estás tratando de  recordar cómo era que empezaba la charla esa sobre el sexo seguro, cuidarse, quererse y todo eso. No, no te acordás, sólo mirás la albóndiga preguntándote cómo vas a hacer para acompañar a tu hijo en este camino nuevo. Te llevás puré a la boca pensando dónde vas a encontrar las respuestas que él precisa, cómo lo vas a sostener en sus decepciones si ni siquiera acepta tus mimos porque ya está grande para esas cosas. Tomás un trago de vino barato con soda, suspirás y decís: "Ah, no, no me contaste. ¿La mamá la ayuda con el nene? Otro día decile que venga con el hijo. Está bien, no hay problema:"

19 marzo, 2010

Verdades sobre el embarazo

  • Empezamos a vomitar hasta que tenemos la prueba positiva en las manos, no antes.
  • En los primeros meses inflamos la panza para vernos "más" embarazadas.
  • Despues de ver al bebé en el primer ultrasonido sentimos que cualquier movimiento los podría lastimar o torcer.
  • Nuestra tolerancia es inversamente proporcional a los niños que se nos pegan como lapa.
  • Sentimos cosquillas cuando alguien tiene la firme intención de tocarnos la panza y al final no lo hace.
  • La mano en la cadera al momento de sentarse es un cliché, en realidad no es necesario.
  • Lo que sube de peso no es el embarazo en sí, sino dejarnos consentir.
  • Seríamos capaces de hacerle un agujero al colchón para acostarnos boca abajo.

Estas verdades las recopilé de mi grupo de amigas, si alguien gusta añadir alguna, puede hacerlo.

22 febrero, 2010

La necesidad de conocer la labor de una madre

El sábado llevé a mi hija a sus clases de pintura. El estacionamiento siempre es un problema porque sus clases son en pleno centro de la ciudad. Afortunadamente encontré un buen lugar, cerca de la Casa de la Cultura, que me dejaba espacio para bajar cómodamente por el lado de la acera.

Al salir de la clase, ya de regreso, subí a la banqueta la carreola de Max para abrir la puerta, en ese momento un señor que conducía una gran camioneta me preguntó si iba de salida, como le dije que sí, esperó donde él sería el primero en ocupar mi lugar, pero también obstruía el paso a una creciente fila de autos con personas impacientes y temperamentos de una ciudad llena de carros a medio día.

Yo no podía creer que él estuviera en disposición de esperarme, porque llevaba carreola, bebé, pañalera, niña, mochila y trabajo de artes plasticas, y el ritual de subir al carro lo hago sin soltar mi bolsa de mano. En su lugar yo me hubiera ido a buscar otro espacio pero él prefirió esperar. No sé qué estaba pensando, en qué cabeza cabe que es fácil y rápido subirse al carro con todo lo que yo traía, es todo un ritual de 10 minutos. Ahí me di cuenta de que solamente las mujeres que somos madres estamos conscientes de la labor que implica. Además ando en un Sedán (vochito, escarabajo) de dos puertas donde apenas cabemos mis hijos y yo, subir la carreola es más difícil que armar un cubo de Rubrik.

En fin, comencé con el ritual: Subí al bebé, lo sujeté a su asiento, subió Angela, le pasé todas sus cosas, una por una para que las fuera acomodando. Los carros ya estaban dando un arrítmico concierto con el claxon, cuando el susodicho vio que me faltaba mucho por hacer se recorrió a un lugar donde no estorbaba pero debía estar más alerta. Yo seguí: subí pañalera, cobijas, doblé la carreola, abrí la cajuela del carro para guardarla, la cajuela no cerraba, saqué la carreola para acomodarla de nuevo, cerré la cajuela y al fin subí al carro. Intenté salir pero la gran camioneta no me dejaba fácil la salida, al ver que me era imposible salir el señor me dio un poco más de espacio y aún así tuve que maniobrar el doble.

Al fin salí y al mirar por el retrovisor vi que una segunda camioneta (conducida por una mujer) llegó y se metió en el lugar que yo había dejado, la primer camioneta apenas había empezado a moverse cuando alguien con más suerte vió el lugar vacío y lo ganó. Simplemente pensé: se lo merece. Estoy segura de que si la camioneta con mala suerte la manejara una mujer, simplemente se habría ido a dar otra vuelta en lo que yo subía al carro y seguro habría quedado en mi lugar.

14 diciembre, 2009

TIPS PARA MADRES

Hace 11 años que soy mamá del de 11. Y hace 8 y medio que soy mamá del de casi 9. En los últimos tiempos ya no necesité hablar de ellos (escribí por última vez aquí en octubre de 2008), aunque por supuesto siguen siendo mi prioridad cada día de mi vida. Sin embargo, regreso para aquí para dejar constancia de las cosas que aprendí y que no están en ningún libro. Espero que les ayude a superar algunos momentos, a sentirse acompañadas o, por lo menos, a saber que no son las únicas que alguna vez pensaron en lanzar a los niños por la ventana.

1- Ponerles a mis varones nombres que empiezan con la misma letra fue una absoluta casualidad que resultó practiquísima. Comparten sus iniciales y por lo tanto se puede imprimir una sola serie de cintas de identificación, tarjetitas personales, etiquetas de libros, y todo pareciera que es de ambos.

2- Nunca he visto a un adulto de 30 que no sepa atarse los cordones de los zapatos. Por lo tanto, no vale la pena pasar horas y horas tratando de enseñárselos. Alguna vez lo harán.

3- Igual: no hay chico de 15 neurológicamente sano que no sepa caminar o hablar. ¡El pibe lo va a hacer cuando le llegue el momento!

4- El exceso de estimulación durante la primera infancia provoca exceso de hiperactividad durante la segunda. Lo sé por experiencia. ¡Dejen a los chicos en los cochecitos y no les den tanta pelota!

5- No vale la pena gastar dinero en la ropa de los chicos. Bajo ninguna circunstancia. Ni aunque tengan una fiesta importantísima. Gasten en ustedes, me lo van a agradecer.

6- El día que al chico no le guste la comida, ¡que no coma! Ningún chico con comida sobre la mesa o en la heladera ha muerto de hambre.

7- La tele, la play-station, la wii y la compu son nuestras grandes compañeras. Yo no sé qué haría sin ellas.

8- Las maestras no siempre tienen la razón. Los médicos tampoco. Los terapeutas menos que menos. La única que sabe siempre qué pasa realmente sos vos. Confía más en tu propio criterio y menos en los consejos de quienes no están todo el día con tu hijo/a.

9- Hoy se tiende a acusar de patológico casi todo comportamiento normal infantil. Los chicos hacen maldades y se divierten con ello; no pueden estar todo el tiempo quietos; no quieren prestar sus cosas como yo no quiero prestar mi nueva netbook; no les gusta que los manden; se pelean con quienes pueden. ¡Igual que lo hizo la humanidad durante todo este tiempo!

10- Dejo constancia de que mi hijo menor ha crecido con absoluta normalidad y demuestra a diario un desarrollo cognitivo impresionante, sin haber comido una mísera verdura en toda su vida, aunque como debe ser, se las presenté de todas las formas, cocciones y variedades posibles.

11- Cuando vos estás en un mal día, no querés que nadie se te acerque siquiera. Cuando tu hijo tiene un mal día, dejalo tranquilo.

12- A veces es necesario faltar a la escuela porque sí, hacer cosas prohibidas, pisar el césped, enloquecer un poco.

13- Cada vez que tu hijo te grite: ¡te odio!, podés responder: ¡yo también! Juro que esto no provoca alteraciones permanentes de su psiquis.

14- Si tu hijo quiere aprender a tocar la armónica en vez de jugar al fútbol como quiere su papá... va a terminar tocando la armónica. Los gustos propios no se pueden torcer.

15- Cuando una dice no, es no (por lo menos a la décima vez). Y no todo hay que explicarlo.

16- Las chicas son histéricas y los varones son agresivos. Y eso seguirá siendo así por el próximo milenio.

17- Los chicos nunca te agradecen por todo lo que hacés por ellos. Hacé lo necesario, no hace falta pelarles las uvitas o hacerle caras con ketchup a los bocaditos de acelga, aunque yo lo siga haciendo como una tarada.

18- Tenés que tener un espacio privadísimo para vos, y los chicos tienen que saber que ése es tu lugar, que no pueden llevar sus juguetes allí, ni instalarse, ni meterse a cada minuto para preguntar si pueden tomar coca (este ítem es altamente recomendable a nivel teórico, aunque en la práctica no logro llevarlo a cabo).

19- Si yo tengo frío, ellos se abrigan. Verdad absoluta de madre judía.

20- Ellos y vos tienen que saber que aunque a diario quieras lanzarlos por la ventana, nunca jamás dejás de amarlos con el amor más sublime y absoluto.

18 noviembre, 2009

El amor incondicional

Cuando mi madre decidió dejar de trabajar me llamó una tarde al trabajo y me dijo “voy a dejar de trabajar”. Y yo no pregunté nada. Tenía 70 años, y mi hermano y yo sabíamos que eso más temprano que tarde iba a suceder. Su trabajo consistía en atender el teléfono del consultorio de mi cuñada de entonces y ambas se encargaban de hacernos entender que nos estaban haciendo un favor. Y yo sentía que me estaba haciendo el favor de trabajar. Mi hermano sentía lo mismo. Pero mi hermano estaba lejos, muy lejos, en Alemania, probando suerte, lejos. Y como estaba probando y la suerte que nadie dudaba que tendría todavía no había llegado, todos dábamos por sentado que no podía aportar dinero para completar los magros ingresos de mi madre. De este modo, yo tenía que cargar económicamente con mis dos hijas, con mi madre y con todas las insoportables pequeñeces de su incipiente vejez. Ni mis hijas, ni mi hermano, ni mi madre, ni yo misma creíamos que las cosas debían ser de otro modo. O, para ser más exacta, debería decir que algo no era del modo que debía ser: mi condición de mujer sola con hijos. A veces mi madre me compadecía. A veces mi madre me culpaba por haberlo dejado ir. En ambos casos, concluía que no había tenido suerte: muchos hombres tienen una amante y no por eso abandonan a sus legítimas esposas. Y a sus dos hijas. Mi mala suerte en verdad había sido que otra mujer –la otra- había logrado ser la única. Ninguna lo lograba. Yo había perdido dos veces: cornuda y abandonada. Eso sí que era tener mala suerte. Y siempre pero siempre terminaba sus monólogos suspirando y hablando de mi padre: un hombre de los de antes que de tan bueno Dios había querido llevárselo pronto junto a él.
Cuando hace un tiempo mi madre me dijo que ya no podía vivir sola en el departamento que le alquilo, usó el mismo tono que diez años antes cuando me dijo que no iba a trabajar más. El mismo tono monocorde y resignado. Y el mismo silencio final. Esta vez sus ojos estaban más viejos y por eso me parecieron más tristes; pero me miraban del mismo modo: esperando que yo absorbiera las consecuencias de sus decisiones incompletas.
Los silencios de mi madre son espacios asfixiantes, callejones sin salida. Un empujón para marearse en el laberinto y desconocer el trayecto que lleva a caer siempre en el mismo lugar. En el exacto lugar donde se debe caer. Feliz está, por haber hecho exactamente lo que entendió que era su destino; y mira creyendo que finalmente llegó su hora de recibir recompensa. Si hablara, probablemente su voz traería el eco del surco que en el ir y venir de todos sus años ahuecó con la pesadez de su cuerpo, y ahora, en la liviandad de la vida hecha espera considera que todos debemos agradecer. Vanidad por demás absurda teniendo en cuenta que si sostuvo su vida durante tantos años fue gracias al sentido que le dio nuestra existencia.
Su silencio me cuenta que ya se ha dicho todo. Que no hay nada detrás del muro. Y yo, encerrada en sus ojos viejos, me ahogo en el encierro. En estos momentos, cuando decide no decidir, el entramado de pequeños gestos amorosos que sostuvieron mi vida, para bien o mal, es una trampa perfecta. En estos momentos, la desigualdad parece invertirse pero sólo para volverse más efectiva. En estos momentos es donde entiendo el revés del amor incondicional. En su nombre, siendo adultos o niños, son ellos quienes deciden nuestros pasos.

31 agosto, 2009

Madre

Sé que no es 10 de mayo, pero hace poco me encontré con una frase que escuché un 10 de mayo, día de las madres, de una de mis profesoras de escuela y quiero compartirla con ustedes.

"Si al apagarse la última vela del pastel,
si al caer la última cinta del regalo,
si al despertar un 11 de mayo te sigues sintiendo dichosa de ser madre
Felicidades, mujer, que Dios te bendiga"

13 julio, 2009

Rayito de luz

Hace algunos días el pediatra pensaba entregarme a Max, justo en ese momento e él se le ocurrió dejar de respirar y el doctor me dijo: a poco te da miedo. Respondí afirmativamente, como lo hubiera hecho cualquiera, a lo que el doctor respondió: Entonces aquí lo seguimos dejando hasta que se te quite el miedo, porque una persona con miedo hace puras pendejadas, si entrego un niño a una mamá con miedo lo mata. Perdí las esperanzas de sacar pronto a mi hijo de ahí.

Hoy el doctor me vio bañarlo, atenderlo y pudo darse cuenta de que no me da miedo. Me dijo: ya? está lista? Yo le dije que sí y me dijo: bueno, hoy después de la toma de las 12 se lo lleva. Así que Max ya está en casa.

No pude evitar sentir algo de frustración por traerme solamente un bebé en vez de dos, tampoco puedo evitar imaginarme a los dos en la cuna. En el camino vi una familia con unos gemelitos y se me salieron algunas lágrimas. Pero todo esto fue diminuto comparado con la satisfacción que me da tener a mi pequeño conmigo. Volví a sonreír despues de dos largas semanas. Yo sé que me costará superar lo sucedido con mi Ariel pero teniendo cerca a Max y ver cómo mi hija lo adora, supongo será un poco más llevadero.

Por el momento el sentimiento de culpa se ha ido, y también el coraje; ya no tengo ganas de matar al pediatra y me siento más que agradecida con toda la gente que cuidó a mis bebés. Y sé que Ariel estará también más tranquilo.

Ahora sí, a ser mamá se ha dicho.

05 julio, 2009

Junio triste

Realmente todo sucedió demasiado rápido, apenas me daba tiempo de asimilar una cosa cuando ya estaba sucediendo otra y ahora no puedo creer que todo esto me haya sucedido precisamente a mí.

El lunes 22 de junio en la noche comencé a sentir contracciones, algo bastante raro porque apenas contaba con 29.4 semanas de embarazo. Nos fuimos al hospital y la doctora que me atendió me dijo: no puede ser! tienes 2 cm de dilatación y no hay incubadoras disponibles. Ante esto le pregunté por mis opciones y al decirme que era posible detener el trabajo de parto decidí quedarme en el hospital. Efectivamente lograron detenerme las contracciones, me hicieron algunos análisis de laboratorio y todo salió de maravilla. Salí aún embarazada de ese hospital el jueves 25 en la tarde.

Ese mismo día en la noche las contracciones volvieron, y yo volví al hospital con la esperanza de que me las volvieran a detener. En la sala de observación mientras esperábamos que las contracciones se calmaran con el medicamento, se me rompió la fuente, rompí bolsas o como quiera que se diga. Me hicieron una cesárea de emergencia el viernes 26, apenas pude ver a mis pequeños, ambos con dificultades para respirar, uno más grave que otro.

No había incubadoras para mis niños, ni siquiera espacio, estaban recibiendo atención en el mismo quirófano y después en un pasillo. Ante esto mi esposo pidió un traslado pero en ninguno de los hospitales que cubría el seguro tenían espacio. Así que se los llevó a una clínica particular.

Yo salí del hospital el domingo 28 en la noche. El lunes en la mañana fui a ver a mis pequeños, uno estaba evolucionando de maravilla. El más pequeño, Ariel, tenía aún muchas complicaciones pero yo le hablé y le dije que le echara ganas, que pronto saldríamos de ahí. Los vi ese mismo día en la tarde.
Fui el martes 30 a verlos y Ariel estaba muy inestable, con muchos altibajos. Lo vi muy inquieto, tratando de quitarse los tubos de encima; traté de calmarlo, le dije que estaría bien. Ese mismo día en la tarde volví y no me dejaron entrar, había mucha gente antendiendo a mi pequeño, el doctor no llegaba y las enfermeras empezaban a gritarse entre sí. Yo estaba en el sillón de afuera diciéndome a mí misma que eso no estaba pasando; le exigí a Dios que me lo dejara, que sería la mejor madre del mundo. EL doctor llegó a hacer lo suyo mientras yo continué exigiendo la vida de mi hijo.
Así pasaron dos horas, a las 7 de la noche me llamaron, entré y el doctor con un poco de lástima y resignación me dijo: Señora, falleció el bebito, hicimos lo que pudimos. Toda mi vida se derrumbó en ese momento, me quería morir para no dejarlo ir solo. Entré sin dejar de llorar, acaricié a mi hijo. Una enfermera lo desconectó de todo lo que traía puesto para que yo pudiera abrazarlo, me lo entregó en los brazos y así lo tuve cerca de tres horas. Aún tengo la imagen de su cuerpecito pálido, maltratado de tantas agujas, tubos, tela adhesiva. Llegó mi esposo, juntos nos despedimos de él, con el alma hecha polvo y las mejillas empapadas le dimos la bendición y nos lo quitaron para arreglarlo.
A esa hora ya estaban afuera mis padres para arreglar lo necesario para el funeral; Ariel fue colocado en una cajita blanca y llevado a la funeraria. Cuando llegamos ya estaba gran parte de ambas familias y algunos amigos. Yo seguía exigiéndole a Dios que me entregara a mi hijo. El tiempo que estuvimos ahí fue mucha gente a dar sus condolencias, honestamente no lo esperaba porque nadie conocía a Ariel, de hecho algunas personas se enteraron que ya habían nacido para saber que uno de ellos ya se había marchado.
Fue duro ver cómo la tierra iba cubriendo la pequeña cajita blanca poco a poco, yo quería a mi hijo conmigo. Cuando todo acabó descansé y me dio remordimiento de conciencia porque Max seguía en el hospital y él también me necesitaba. Respecto a él me dijo el doctor: éste sí se lo entrego vivo. Max ha evolucionado muy bien, ya respira por su cuenta, voy a verlo todos los días pero estoy buscando la posibilidad de regresarlo al hospital donde nació porque donde está ahora no me da más que desoconfianza.
Durante el día soy una mujer repuesta, porque mi hija debe verme fuerte, yo creo, ya me vio llorar suficiente. El día es para la mujer que lo ha superado todo. En la noche, ya que todos duermen me derrumbo y vuelvo a llorar. De noche me vienen muchos sentimientos; de culpa porque pienso en todo lo que pude haber hecho para alargar mi embarazo, pienso en que debi haber ido a otro hospital, no sé cual pero cualquiera que no hubiera sido ese; me da coraje con todos los que atendieron a mi bebé porque estoy segura de que no hicieron todo lo que estaba en sus manos. Cuando alguien nuevo llega, el doctor presume de haber salvado a muchos niños prematuros y no puedo dejar de reprocharle que al mío lo dejó morir.
Sobre todo el sentimiento de vacío es el que me persigue. A mí me sigue haciendo falta Ariel, yo estaba embarazada de dos bebés, di a luz a dos bebés y debí haber salido de ese hospital con dos bebés. Sigo exigiéndole a Dios que me lo devuelva.
Busco una explicación a todo esto, yo sé que todo esto tiene un propósito, que algo tengo que aprender pero aún no sé qué es. La gente me dice que Dios sabe lo que hace pero eso no me basta, yo también quiero saber porqué no fui digna de quedarme con ambos gemelitos. Me dicen que algo mejor vendrá pero no sé cómo me daré cuenta si ahorita nada es lo suficientemente bueno. ¿Cómo seguir viviendo, cómo volver a disfrutar de las cosas de la vida?
Solamente cuando estoy con Angela o cuando voy al hospital a ver a Max es que logro olvidarme un poco de todo lo que me duele; el inmenso cariño de mi hija y los pequeños logros de mi bebé me hacen sentir que la vida sigue. Pero estar conmigo misma se ha vuelto tóxico.

29 mayo, 2009

Segunda ronda

Hace 6 años nació mi pequeña Angela, después por varias razones (una a la vez) postergamos los planes de tener otro bebé. Por fin nos aventamos, me quité el dispositivo intrauterino pero nada sucedía; dejamos de pensar en eso. Cuando menos lo imaginábamos, una noche de año nuevo compré una rpueba de embarazo que dio un resultado positivo. Nos llenamos de alegría.

Las sensaciones esta vez fueron diferentes, ya no me sentía ante lo desconocido y estaba convencida de que no volvería a cometer las mismas fallas (no tan graves) que con Angela, me sentía en tierra firme, en un puerto seguro, sin incertidumbres.

Hace un mes cumplí 6 meses de embarazo y tuve mi primer ultrasonido, yo iba decidida a preguntar por el sexo. Salí de ahí con alma de primeriza, pues me dieron la gran noticia de que son DOS VARONES. Sí, tendré gemelitos. No está de más decir que me desbordé de alegría, esparcí la noticia en cuanto pude.

Nuevamente me siento ante lo desconocido, con muchas espectativas y feliz. A Angela le divierte la idea, se ve que los amará. Mi esposo está feliz, con un poco de preocupación pero feliz. La vida nos dio una gran sorpresa, y a mi me encantan estos giros inesperados que da la vida.

Ahora me dedico a buscar información sobre embarazos múltiples y crianza de gemelos, así que si alguna de ustedes conoce una página de internet, blog, foro, le agradecería me pasara el link. Y si alguna de ustedes es madre de gemelos me encantaría establecer contacto.

28 enero, 2009

..._ _ _ ... _ _ _ (S.O.S)

COMO HAGO PARA ENTRETENER A UN NIÑO DE 7 AÑOS?


  • COLONIAS DE VACACIONES

  • SALIDAS

  • PARQUES

  • ACADEMIA DE NATACIÓN

  • BIBLIOTECAS

El aburrimiento que tienen los niños cuando terminan la vorágine de el año escolar es monstruoso. Despues de correr del cole a hacer algun deporte, idiomas, o lo que sea, viene una época donde no existen obligaciones de ninguna especie. Es en ese preciso instante en el que se convierten en tiranos demandantes.


Mas grave aún, es el caso de mi pobre Jeremias que es unico hijo, así que ni siquiera tiene hermanos con quienes jugar.


Lo que veo en Posadas, Misiones, que es donde nosotros vivimos, es que la oferta de actividades, salvo que una disponga de vehículo y de dinero (no es mi caso) es nula. Resulta imposible gastar casi cuatrocientos pesos en una colonia de vacaciones que lo lleva a las ocho de la mañana y lo trae a las cinco de la tarde durante diez dias hábiles. Me parece un robo.


Por otra parte, cada salida significa que que el niño vague a gusto y paladar para luego proceder a ingerir algun tipo de refrigerio.


Los parques tienen los juegos en una estado CASI calamitoso.


La mejor opción de todas es que Jeremias aprenda a nadar, asi por lo menos no conoce el pánico que tengo yo.


Con respecto a los libros, Jeremias se lee desde los diarios, pasando por atlas y libros de variada temática.


ALGUIEN TIENE ALGUNA OTRA IDEA???


30 octubre, 2008

Desfalco

Ana es una mujer de 35 años, tiene un hijo y una hija de 5 y 3 años respectivamente. Hace cuatro años estando ella embarazada y con el niño pequeño fue abandonada por su marido; suceso que tampoco le dolió mucho porque ¿a quién le dolería perder un marido desobligado, malencarado, nefasto y feo?
Ella recibió una llamada de parte de la Secretaría de Educación Pública. Consiguió una plaza o base de maestra por parte del gobierno estatal a 3 horas y media de donde vivían sus papás. Dejó a su hijo para hacer los trámites correspondientes, presentarse en su lugar de trabajo y tramitar su incapacidad por embarazo.
Regresó a su ciudad a esperar que concluyera su embarazo. Un mes de abril nació una niña a la que llamó Anabel. Cuando Anabel tenía dos meses de nacida, Ana tuvo que volver a su lugar de trabajo, así que se fue con un niño de años y medio y una bebita de dos meses a un lugar desconocido, donde no conocía a nadie, a empezar una vida nueva, a empezar desde cero.
Con el tiempo hizo nuevo amigos, los niños crecieron, todos ya se sentían a gusto en su casa, como si siempre hubieran vivido ahí. Cuando los niños tenían 3 y dos años hizo su aparición el que se había ausentado. Con la ilusión de volver a ser una familia fue aceptado y llegó ya con todo puesto y todas las comodidades a una casa ya completamente amueblada, con unos niños que ya dormían toda la noche y una esposa que ya percibía un sueldo.
Bien o mal duraron juntos dos años más, porque le dieron la buena noticia a Ana de que le podrían dar su cambio a su ciudad; podía conservar su trabajo y permanecer en la bella ciudad de Morelia, en la que había vivido antes de obtener su plaza.
Como su esposo ya tenía un empleo, Ana se adelantó a Morelia con los niños para empezar a ubicarse de nuevo. Estuvieron en casa de los papás de Ana, poco tiempo después llegó Omar (esposo) y solamente quedaba ir por todas sus pertenencias.
Antes de eso Omar sacó un crédito para una casa, se la entregaron, los papás de Ana ayudaron con el dinero que faltaba para tal casa. Entonces sí, a ir por los muebles; Ana consiguió prestada una camioneta y alguien que manejara. Ya cuando todo estaba dispuesto Omar se molestó sin razón aparente y se fue con todo y maletas prometiendo no volver.
Ana viajó sin su marido para ir por lo que le hacía falta y ¿cual fue la sorpresa? que ya no había pertenencias. La casa donde estuvieron ya estaba vacía. Investigó con los vecinos, quienes le dieron todos los detalles: todo había sido vendido. Y si digo que todo, es TODO: sala, refrigerador, estufa, recámara, aparatos, también las camas de los niños, sus juguetes y ropa.
Al volver a Morelia con las manos vacías Ana fue a la casa recién comprada por su marido y sus llaves no coincidían con la cerradura. Es decir: Omar dejó a sus hijos y a su esposa en la calle y prácticamente en calzones. Hasta el carro que les habían prestado los papás de Ana fue vendido y el dinero prestado para la casa prácticamente se fue a la basura. Y por si fuera poco también dejó a Ana con una deuda descomunal en el banco.
No entiendo en qué tipo de mente podría caber tan meticuloso y perverso plan. ¿Qué tipo de persona es la que se atreve a quitarles todo a sus hijos y dejarlos a la buena de Dios?
Creí que estas cosas solamente pasaban en películas pero sucedió más cerca de lo que había imaginado: Ana es mi hermana.
Al principio pensé en mandar golpear al sujeto aquel ya que tengo los contactos y las posibilidades, finalmente no lo hice; confío en que el tiempo, la vida, Dios ponga todo en su lugar algun día.

17 octubre, 2008

EL miedo

SOFIA HERRERA. 3 AÑOS
Desaparecida en Tierra del Fuego

No es un miedo más. Es un miedo tan intenso y tan profundo, tan absolutamente devastador, que apenas nos animamos a nombrarlo, aunque le demos a nuestros chicos todas las indicaciones necesarias para que nunca suceda. Es el miedo a que alguien se los lleve. El miedo a que desaparezcan. El miedo a buscarlos y no encontrarlos.
Es la madre de todos los miedos.

Es, tal vez, aún más angustiante que el miedo a que un hijo muera. Porque implica el no saber, la duda absoluta, la impotencia total.
Sofía Herrera desapareció hace diecinueve días en Tierra del Fuego, y estoy segura de que sus padres, al igual que yo, pensaron que a ellos nunca les podía pasar algo así.
Pero pasa.

Yo he perdido a mis hijos, por segundos o minutos, varias veces. El mayor se escapó siendo pequeño en un par de oportunidades y, para colmo, se escondió. El menor desapareció de mi vista una vez en el zoológico de Buenos Aires, colmado de gente. No lo voy a olvidar nunca. Deben haber pasado tres minutos entre que no lo ví y apareció. Tres minutos que sirvieron para que a mí se me desarmara el alma y volviera a recuperarla. Pero por una milésima de segundo, cada vez, pensé: ¿y si no lo encuentro? y la idea me parece tan inmensamente dolorosa que borro el pensamiento y me pongo a gritar su nombre.

¡Es tan fácil llevarse a un chico! Una mínima amenaza para que se calle, un pequeño engaño, y por más enseñanzas que les hemos ofrecido, un niño puede irse con cualquiera. Sin ir más lejos, en las peores épocas de rabietas del mayor, me sucedió de tener que llevarlo alzado mientras me pegaba y gritaba como un desposeído. Nunca nadie me paró para preguntar si ése era mi hijo, o dudó de la situación. Y yo he visto a cantidad de madres viviendo lo mismo, y nunca le avisé a alguien que tal niño parece incómodo con tal mujer y trata de zafarse. Nadie me haría caso.

Los consejos para que hechos así no sucedan los conocemos todos. Pero igual pasa.

Más allá de que mis hijos nunca están solos en lugares públicos (Sofía tampoco estaba sola), hay situaciones que yo no puedo controlar, y hay momentos en que soy una sola y ellos dos.

De pequeños, por ejemplo, nunca les puse ropa o gorros con sus nombres. Siempre me pareció simpático ver a los chicos con las remeras que dicen sus nombres, pero en algún lugar leí que era una forma rápida de que un secuestrador se acerque a ellos: llamándolos por su nombre. Diciéndoles que los conoce.
Nunca subí fotos de ellos y no doy sus nombres. Son "el mayor" y "el menor".
Cuando paseamos, trato de que se vistan (ahora ya eligen su ropa) con colores llamativos para encontrarlos fácilmente entre otros chicos. Y siempre hago un repaso mental de lo que llevan puesto, por si tengo que describirlos.
Por supuesto, siempre les dije que no hablaran con extraños, que no se fueran con extraños, que no aceptaran nada de extraños. Y que si se perdían, se quedara en el lugar porque yo los iba a encontrar. Que no aceptaran irse con el guardia del lugar o con la policía. Que dijeran que la madre los va a encontrar allí.
¿Pero cuánto valor tiene la palabra de un niño? ¿Quién le haría caso?

También me mentalizo para que, en caso de perderlos, actuar rápidamente y en forma inteligente (que es lo más difícil). Gritar su nombre, hacer escándalo, que todo el mundo se dé cuenta de que falta un niño, pedir que cierren las puertas si estamos en un supermercado o un shopping. Pero, ¿quién lo haría? La gente de seguridad primero intenta tranquilizarte, no creo que jamás aceptaran cerrar las puertas (¿y si después alguien les hace juicio por retención ilegal o abuso de poder?), y hasta que realmente creen que el chico se perdió, se pierden los segundos más valiosos.

No hay salida. Cuando sucede, sucede. No podemos encerrarnos en nuestras casas y no podemos privar a los chicos de correr un poco, de jugar, de ser independientes.

Desde este espacio, me sumo a la búsqueda de Sofía.

Y sigo pensando que a mí no me pasará, porque caso contrario, no podría vivir.

29 septiembre, 2008

No todo es lo que parece

A veces nuestros pequeños, con toda la inocencia del mundo suelen hacer comentarios que nos meten en problemas, y no porque lo hagan a propósito, simplemente dicen las cosas de manera tan simple que dan a imaginar más de lo debido a los adultos que los escuchan.

1. En una ocasión iba yo saliendo de la casa de mi madre y pasó un vecino (señor de aproximadamente 60 años) en una moto (en ese entonces le llamaban mucho la atención las motos a Angela):


Señor de la moto:
"Buenos días"

Yo:
"Buenos días"

Angela:
"¿Porqué te saludó ese señor mamá?"

Yo:
"Porque me conoce, es vecino de tu abuelita"

En la noche ya estábamos cenando los tres juntos: Angela, su papá y yo. Todo estaba silencioso cuando Angela dejo escapar el siguiente comentario a manera de presunción:


"Mi mamá tiene un amigo con moto"


Está de más explicar la mirada fulminante que me dirigió mi marido y la serie de explicaciones que tuve que dar.



2. En otra ocasión yo me encontraba haciendo cuentas con ayuda de una calculadora:


Angela:
“Mamá, ¿qué haces?”

Yo:
Sumando

Angela:
“Yo también quiero”

Le di la calculadora en cuanto la desocupé y se puso a “sumar”
Tiempo después estábamos en casa de mi madre, casualmente también estaba haciendo cuentas con ayuda de una calculadora.

Angela:
“Abuelita, quiero fumar”

Abuela:
(sorprendida y molesta)
“¿Qué es lo que quieres?”

Angela:
“Fumar como mi mamá”

Abuela:
“¿Tu mamá fuma enfrente de ti?”

Angela:
“Sí, en la casa”

Mi madre me dirigió una mirada asesina, estaba a punto de regañarme cuando Angela intervino:

Angela:
“¿Entonces sí me prestas tu calculadora abue? Para hacer cuentas y fumar como mi mami y como tú”

Con eso se alcaró todo el mal entendido pero el susto nadie nos lo quita.


3. (y más reciente) Ahora que entré a trabajar me salgo de la casa a las 6:20 de la mañana, a esa hora aún no amanece. Desde hace poco Angela se levanta casi a la hora que me voy y me alcanzo a despedir de ella. Una vez me preguntó que porqué me voy de noche a trabajar, yo le aclaré que no es de noche, sino de madrugada y que cuando yo me iba faltaba poco para que el sol saliera.
Estábamos, nuevamente, de visita con la abuela.

Angela:
“Abuelita, yo ya me levanto temprano”

Abuela:
“¿Sí nena? Qué bueno”

Angela:
“Sí abuelita, me levanto cuando todavía es de noche y mi mamá se va”

Esta vez no hubo mal entendido pero le sacó la risa a la abuela, por la cantidad de interpretaciones que se le puede dar a lo que mi Angela dice.

¿Se dan cuenta de que estas cosas solamente suceden cuando estamos con mi madre o mi marido? Eso de que no lo hacen a propósito empiezo a dudarlo.