Hace tiempo que no escribo. Me costaba pensar cómo contar algunas cosas, cómo ponerle palabras. El post de Daisy me ayuda -en algún sentido- y me angustia mucho en otro.
Acá voy en el intento de darle cuerpo a la experiencia nueva, feliz y devastadora a la vez.
Hay jardines y jardines. Mis cuatro hijos fueron de los que al llegar al jardín en sala de tres, el primer día lloraron a mares cuando tuvieron que irse. Supongo que sería porque a todos les gustaban mucho otros chicos: Lucía tuvo record de horas plaza antes de ir al jardín, los gemelos eran siempre dos, y laura ya tenía hermanos y amigos de los hermanos y primos y .......
Cuando Martín murió fue doloroso para todos porque es una clase de despedida sin vacilaciones (ya les conté de eso y no tengo nada más que decir). Se sabe que es un final y que no hay regreso posible, ni encuentro futuro. Que todo lo que tuvimos, fue.
Lucía se fue a vivir sola a los 18 años, precozmente independizada por sus padres, sabiendo que si la 'manteníamos' estando en casa, era injusto sacrificar su derecho y su necesidad de espacio propio y de intimidad a condiciones tales como 'hasta que te mantengas sola'. Ok, la ayudamos bastante pero ya es una mujer que se las arregla solita, terminó la facu y labura. Deberia decir que cada renovación de alquiler fue viniendo más cerca de casa y que ahora es mi vecina del 6to. "B", pero eso no hace sino mostrar que la separación resultó cómoda.
Laura está en cuarto grado, o sea, también va al colegio contenta y camina sola las dos cuadras que hay entre su escuela y la casa. Está grande y creciendo no en santidad pero si en belleza y picardía. Juan está en quinto año. Hasta acá podría creerme una mujer que pasó las separaciones de sus hijos con más o menos dolor o felicidad pero que ya estaba todo vivido al menos una vez y era acervo de experiencia.
NO, NO, NO.
Estoy devastada y sorprendida ingratamente por mi propia vulnerabilidad. Me pongo mal apenas intento pensar qué mierda me pasa con ésto que vivo ahora, cómo es que me duele tanto, cómo me creí tan canchera, cómo me agarró mal parada...Estoy tan triste que el relato de Daisy me hace llorar a mares. Hay jardines en los que se entra para quedarse, para no volver más, para no querer el regreso a casa por nada del mundo. Juan entró al jardín de las delicias, mordió la manzana, jugosa, roja, fresca.
Juan a los 16 años está estrenando el amor, está entregado al encantamiento de un cuerpo de mujercita, al sopor de ensueño permanente, al arrullo de su voz de sirena. Es conmovedor saber que el que fue mi bebé, está descubriéndose hombre pequeño con un porvenir delicioso y extenso. Es feliz, está enamorado por primera vez y correspondido con una intensidad fervorosa, afiebrada y festiva. No hay cómo decir lo bien que me hace saberlo crecido, capaz de hacer feliz a alguien, que ella sea un encanto -o lo sea para él-, no puedo no ser feliz.
Sí. No.
Todo bien, porque ante todo me muestro y quiero sentirme políticamente contenta. Qué más pedir para un hijo que sea amado? eh??. No sé, pero estoy como si me hubiera pasado un tren por arriba, como si un aluvión me emparara el alma. Triste, tristísima, se que lo que había entre nosotros dos (ese amor único de la madre con su hijo varón) no vamos a tenerlo más. Haber probado el fruto de ese árbol hizo que Adán se descubriera desnudo, tuviera verguenza y se cubriera sus genitales.
Algo así; ese niño con quien tuve el amor más intenso, sólido e íntimo durante tantos años. Ese con quien compartí el trío que fuimos durante mucho tiempo. Ese a quien consolé y por quien temí más que por ninguno de los otros de la familia, cuando su gemelo murió. Mi otro hijo. El rubio peludo de 1,90 que me hacía upa para molestarme cuando lo retaba. Ese ya descubrió la intimidad del amor, y el pudor. Levantó entre nuestros cuerpos una pared emocional que nos preserva a la vez que nos distancia. Que nos cuida, que nos hace madurar a la vez que nos niega satisfacciones tan elementales.
Juan está en el jardín de las delicias y ese sitio es para siempre sin mí. Estoy haciendo un duelo distinto a todos los anteriores que hice frente a cada destete, inicio de clase, ir solos al cole, mudarse o incluso morirse. Este duelo del fin del amor pueril con un grandote que superó el edipo hace rato pero con quien nos permitíamos algunos escarseos, es definitivamente un punto final.
Los otros días recordaba que sería más o menos a los 9 años cuando ya no vi más a mi hijo desnudo, recordé que no sabía cómo era su cuerpo de púber, que nunca lo había visto desnudo desde entonces. Recordé cuando era bebé, cuando era chico, cuando nos atamos a la vida y la risa, para no dejarnos ir tras la tristeza de la ausencia de Martín. Recordé cuando ya no hablábamos de él como de un gemelo, cuando pasó a ser MI HIJO VARON. el único.
A cada rato me topo con papeles declarándome su amor, dibujitos de corazones hechos por sus manitos cuando, inocentes, ni pensaban en las curvas de Irina.
Este es un momento difícil y mágico, único creo. Cuando lucía descubrió el amor lo hizo con eso que tenemos las mujeres: más confesiones arrebatadas, emociones encontradas, preguntas y respuestas, complicidades y recaudos de género. El paso de niña a mujer es temprano pero también nos dio más tiempo para compartir y charlar, para verlo venir. El amor que Lucía como mujer tiene por su chico no modificó ni un poquito su contacto conmigo, lo intensificó en todo caso, buscó mi palabra, mi abrazo ...Juan no. Juan un día dejó de ser un niño, incluso un púber adolescente erotizado al divino botón onanista y secreto, para ser un chico enamorado de una chica real.
- Má, estoy saliendo con Irina
- ah!, congrats! Juan ...qué bueno
- sí, nos re amamos.
- qué bueno, bombón, qué bueno!!.
Y no me animé a abrazarlo, no me animé a llorar delante de él, no le diría nunca que lo extraño como no extrañé nunca a otro. Cuando tenía 10 años el hombre que entonces amaba -mi papá- se mató por amor a otra -mi madre-, estuve enojada un tiempo pero se me pasó. Cuando nacieron mis hijos varones supe que ese sí sería un amor para siempre, de por vida. Y lo es. No se trata de ya no me quiere. Es otra cosa. La primera infancia tuvo para nosotros una intensidad densa y secreta; íntima y poderosa que raramente se pueda racionalizar. Leí a Freud, a otros y llevo muchos años de análisis, pero sobre todo sé de todo lo que puede el amor por los hijos. La carga erótica de ese amor es innegable, y eso cuando las chicas aman a su padre con descaro frente a mí, es celos .
Al crecer; el amor entre juan y yo fue tomando diversos modos de expresión, quizá uno de los más intensos fue el de saber los dos cúantas cosas amamos juntos: a los otros amores de nuestros días, la música, la vida, la comida rica, el recuerdo de lo que tuvimos cuando estaba Martín.
Ahora empieza otra etapa, otro momento. Juan está correteando en el jardín de las delicias con Irina -y serán otras-, pero no lo espero en la puerta. De ese jardín no se sale de la mano de la mamá.