26 septiembre, 2006

bajando a mamá de un hondazo.



- Es hermosa, muy hermosa. Extraño los bebes.

- Sí, increíble.

- ¿qué pensás?

- que quiero uno.

Recibí las fotos de mi sobrina nueva, y no pude hacer otra cosa que maravillarme de esa belleza chiquitita, nueva, llorona. En un momento no pude sino extrañar esos momentos de bebés mínimos que ahora están 10 años lejos.

Si tuve una beba hermosa a los casi 16, ¿¿¿por qué no a los casi 42, eh????. Así estábamos mirando las fotos y él conteniéndo mis ímpetus hasta que llega Laura y me dice mirando la prima nueva:

- má es hermosa!

- sí, ¿no? (tanteando, creo)

- sí (Me mira. Me conoce), ¿no te gustaría que Lu tuviera un hijito?, decile vos...a mi me gustaría...

- ah! pero yo había pensado mejor tener yo un bebé...¿no te gustaría un hermanito?

- Sos re-vieja vos má!!! vos? si ni siquiera me dejás tener un perro, "¿quién lo va a cuidar?" me decís siempre. Peor un bebé. No, no quiero ningún hermanito

Juan que se asomó oportunamente a ver las fotos que su padre y yo mirábamos, y todavía andaba por allí revoloteando, escuchando todo lo que sucedía dio su lapidaria y oclusiva opinión.

- Laura, acá el hermanito sos vos. ¿no, che, ustedes??

19 septiembre, 2006

Darwin, chupate esta mandarina.

Las mañanas en mi casa suelen ser bastante agitadas. Por lo general prendo el televisor, pongo algún canal que tenga noticiero, me fijo la temperatura, y queda prendido hasta que nos vamos.
El otro día, entre corrida y corrida, escucho a Sol que me llama
-¡¡Mamá, mamá, vení rápido, está dios en la tele!!
Estaba muy excitada, claro, parecía que tenía a la vista la prueba tangible de la existencia del ser supremo. Para que lo vamos a negar, si yo tuviera semejante certeza me pondría igual. Fui más que ligero, quería ver qué era lo que estaba mirando.
-No hija, ese no es dios, es el papa- tuve que desilusionarla.
-¿Es el papá de dios?
-No, dios no tiene papá, es el papa.
-¿Y qué es el papa?
-Es algo así como el jefe de todos los curas.
-¿Y por qué está en la tele?
-Porque no está de acuerdo con unas personas que explican cómo aparecieron los animales, las plantas y los hombres en el mundo. Unos dicen que aparecieron de una forma y él dice que no, que aparecieron de otra.
Abril, que seguía la conversación muy interesada, al instante aclaró cualquier duda que pudiéramos llegar a tener.
-¡Ah! ¡Pero eso es re fácil! ¿No sabe que primero vinieron los dinosaurios, después los monstruos, después los piratas y después los argentinos, y entonces cayó un meteorito y se extinguieron los dinosaurios, después de un tiempo los monstruos, después los piratas y quedamos nada más que los argentinos?
-No, hijita, parece que no lo sabe.

La sonrisa me duró todo el día.

13 septiembre, 2006

Afrodita no viaja en turista

Seguramente inspirado en la expresión "comer como los dioses", el niño acuñó una propia: "comida de dioses". Puede aplicarse a salchichas con puré tanto como a salmón rosado, siempre y cuando le parezca que está comiendo algo delicioso.

El día del maestro lo llevo a la oficina, y al mediodía almorzamos en la parrilla de enfrente, donde voy casi siempre. Le digo (y él lo comprueba) que aunque la el lugar no es precisamente elegante, la comida es riquísima y el precio, módico.

—Entiendo —contesta—. Es para dioses de segunda.

10 agosto, 2006

Tiene trece años y ya es más alto que yo


El otro día mirándole tuve un flash. Le vi tal cual era cuando tenía tres añitos y una lengua de trapo divertidísima y no pude evitar sentir exactamente lo mismo que sentía cuando le veía ante mí haciendo casitas con piezas de madera para sus muñequitos. Le escuchaba hablar con ellos y regañarles porque se quitaban las camas los unos a los otros.

Ahora es un muchachito camino de hacerse un hombre y enfrentarse a una vida llena de peligros.

La otra noche me despertaron a las tres de la madrugada unos gritos desgarradores, desesperados. Era la voz de una muchacha que gritaba a "alguien" que dejase de golpear a otro "alguien". En un primer momento creí que estaba soñando, tengo la costumbre de soñar con realidad virtual. O sea: sueño que me duele la barriga y me despierto encogida de dolor o sueño que me están atacando y me encuentro con el codo de mi marido amenazando mis costillas (involuntariamente, por supuesto).

Una vez reaccioné al hecho de que aquellos gritos no salían de mi cabeza, fui a la habitación de mi hijo que es la que está en el lado de la calle de dónde provenían los gritos y miré por su ventana, pero desde allí no veía nada. Así que cambié de ventana y fui al lavadero desde donde tenía una perspectiva completa de lo que estaba ocurriendo.

La escena era la siguiente: los protagonistas, un grupo de chavales de entre dieciséis y dieciocho años, formado por cinco chicos y cuatro chicas. De los cinco chavales dos se pegaban con muchas ganas y los demás intentaban separarles... pero con cuidado de no recibir. Entre las niñas, unas lloraban, otras gritaban, gritos que aproveché cuando llamé a la policía para que comprendieran la urgencia de su intervención. Os aseguro que los gritos del que en ese momento recibía eran aterradores, igual que escucharle después decirle a su contrincante que le iba a arrancar la cabeza. Temblaba toda yo cuando estando uno sobre el otro en el suelo le mordió y el que llevaba la peor parte en ese momento gritó de auténtico dolor. Golpes y más golpes caían de todos lados. Era una escena de tanta violencia que me produjo unas tremendas ganas de ser dos veces más alta de lo que soy, tener músculos donde solo hay carne y darle una tunda a cada uno que les recordase la que, seguro que más de una vez, les había dado su madre.

Yo nunca pego a mis hijos. Recuerdo haberlo intentado y notar como mi brazo se aflojaba al acercarse al tierno culito de mis niños.

Para tranquilizaros os diré que en seguida llegó la policía y puso paz, los guardias estuvieron hablando con ellos hasta calmarlos y después cada uno se fue a lo suyo.

Yo fui a la habitación de mi hijo, que dormía como un angelito y me estremecí pensando que alguna vez él fuera protagonista de tanta violencia.

Sentí pánico.

Pero tendré que aceptar que ya nunca volverá a tener tres años y que el mundo también es suyo.

27 julio, 2006

Racionalismo Zen

—Ma, ¿qué es la meditación?
—Creo que se trata de no pensar, dejar la mente en blanco.
—Ah, ¿y para que sirve?
—Mucho de eso no sé, pero me parece que es como una manera de ejercitarla. Así después, cuando tenés que usarla para pensar, funciona mejor
—Entiendo, pero ¿y eso de volar?
—¿Vos decís los que levitan, si se puede flotar en el aire por meditar?
—Sí, ¿vos creés eso?
—No, yo creo que se puede elevar el espíritu pero que la ley de gravedad es igual para todos
—Yo creo lo mismo. A la gravedad no le interesa lo que la gente piensa.

18 julio, 2006

PASEN Y VÉANME

El próximo jueves 27, de 14 a 15 horas, estaré en la Feria del Libro Infantil, stand de Alfaguara, mostrándome, haciendo como que firmo, o esperando que alguien compre un libro mío para firmarlo, o respondiendo a los desubicados de siempre dónde está el baño, o aclarando que soy Sukaczer y no Shúa ni Schujer.
Si alguien se moría de ganas de conocerme -hay perversiones peores- ya tiene su excusa para ir a la Feria.
Nombrando el blog, descuentos en algo, seguro.

26 junio, 2006

La colcha

Me crié viendo a mi abuela tejer las aplicaciones para esas colchas que hoy, remodeladas y unidas, cubren la cama de mi hijo. Tejedora de toda la vida, había acumulado incontables ovillitos de lana de colores, que un día comenzó a transformar en aplicaciones de crochet para dos colchas, que cubrirían sus camas gemelas de su cuarto de viuda que aún conservaba. Aprendí a tejer ayudándola, o molestándola, no sé.
Si sé que tardó años en completar la obra, y que luego fue enorme también el esfuerzo para planchar y unir cuadradito a cuadradito, hasta tenerlas al fin prontas, cerca ya del fin de su vida. Siempre siguieron dando vueltas por la casa de mi madre, a veces cuidadas, a veces semi abandonadas.
Hace unos años le pedí a mi madre, que ya es una abuela vieja y achacosa, que me las rescatara. Que las transformara en una gran colcha de dos plazas para mi cama, querías volver a verlas lucirse, les guardo cariño. La veterana asumió la tarea, las remendó, rehizo los bordes.
La instalé en mi cama y algo comenté a mi hijo chico, Juan, sobre su origen y los más de treinta años que tenía. Desde ese momento comenzó cada tanto a pedírmela.
Me resistí un tiempo, pero este invierno no la había puesto, todavía, en uso: un acolchado moderno y mullido se resistía a compartir la cama con ella.
Anoche Juan, con sus catorce años y su adolescencia a semi instalar, se subió a algo y se apropió de la colcha. Me llamó desde su cuarto, metido en la cama, libro en mano, cara triunfante
- Mirá, vos no la usás, me la traje, y si la cama la tendés vós que quede arriba del todo, así la veo.
Lo vi rodeado por ese mar de aplicaciones de crochet y notó mi emoción. Me veía a mi misma entre ellas, veía a mi abuela, veía mi infancia ya lejana.
-Qué te pasa?, preguntó
-Nada, me gusta verte con la colcha, me trae muchos recuerdos, mi abuela seguro nunca pensó que un hijo mío la usaría, me emociona verte tapado con ella.
Juan se inclinó y le dio un beso rápido a la colcha, me sonrió y me tiró, de lejos, sin olvidar su distancia de adolescente en ciernes, otro beso a mí.
Todavía a veces siento con él esa conexión casi mágica.

14 junio, 2006

teología cromática

Llegando en taxi a la escuela (¿hace falta aclarar que tarde?)

Madre: —Siempre cuando estoy a punto de salir me doy cuenta que me falta algo...

Niño: —Viste. Al final siempre se sufre. En los partidos de fútbol, en casa, siempre cuando estás a punto de terminar, sufrís.

Taxista: —Pero cómo ¿vos sufriste con el partido? Si ganamos cómodos...

Niño: —Ganamos porque Dios es argentino. (Ostensible carcajada de la Madre.) ¡Claro, si donde él vive el cielo es celeste y las nubes son blancas!

Madre: —Ah, por eso

Niño: —Y también es de Boca. Porque el cielo es azul y el sol amarillo

01 junio, 2006

BEBÉS EN CUOTAS

En el suplemento del Mundial, que salió en el Clarín de hoy, había una publicidad a página entera que me dejó llena de dudas.

Decía: "Sólo pagás si lográs el embarazo (consultar condiciones en Fecunditas). Facilidades hasta en 24 cuotas. Tarjeta de crédito. Fecunditas"

Primera cuestión, ¿por qué una publicidad destinada a las mujeres en el suplemento del Mundial, que difícilmente muchas lean? ¿Sería posible que esta empresa médica esté jugando con los sentimientos masculinos durante el Mundial? Veamos un ejemplo: ella quiere quedar embarazada y no logra. El marido, hasta ahora, no se ha preocupado mucho por el tema. Pero viene el Mundial y quiere disfrutarlo tranquilo, tener la TV a su disposición y, de ser posible, no ser interrumpido por consultas femeninas, ni hacer el amor en los horarios de los partidos. Entonces: él sabe que lo suyo sólo lleva unos minutos, un par de videos XXX, y un frasquito. Veinte minutos de trabajo para varios meses de tranquilidad. Vale la pena. Ella será la que tenga que ir a las consultas, inyectarse las hormonas, hacer las fertilizaciones. Ella es la que tiene un óvulo por mes, él puede ocuparse de lo suyo en cualquier momento.
"¡Mi amor!, vení. Me decidí. Vamos a hacer el bebé. Vos andá pidiendo el turno, que no se superponga con ningún partido, y te prometo que por las próximas semanas te dejo tranquilísima para que te ocupes del asunto".

Segunda cuestión: como se paga solamente si se logra el embarazo, ¿no puede ser que, inconcientemente, la mujer se boicotee a sí misma, y no logre embarazarse para no pagar, ya que todas llevamos un registro genético que dice: "mejor barato. Regalado lo que sea".

Si lográs quedar embarazada, pero lo perdés dentro del primer trimestre, como sucede con uno de cada tres embarazos, ¿se paga igual?
Claro, son vivos, ahí está la trampa: dice "embarazo", no dice "neonato".
Pero insisto; si lo perdés, que nos ha pasado a tantas, ¿te dan otras dos chances por el mismo precio?

Si una empezó a pagar, tiene el bebé, y luego se arrepiente porque este llora mucho, y como todavía no llegó a pagar ni 15 cuotas, ¿se puede dejar de pagar?

Si una queda embarazada de mellizos, ¿son igual 24 cuotas ó 48? Y con trillizos, ¿habrá descuento?

La empresa, ¿tiene convenio de descuento con alguna tarjeta de crédito? Porque por ejemplo mi tarjeta de crédito me hace descuento los domingos en nafta. ¿Habrá una tarjeta que descuente el 20% si el embarazo se logra un día martes?

En las condiciones de Fecunditas, ¿se acepta cualquier tipo de embarazo y cualquier tipo de bebé? Digo yo, si se produce un embarazo ectópico, ¿igual se considera embarazo y hay que pagar las 24 cuotas aunque no se pueda tener un bebé? Y si la pipeta con la que se hizo la fecundación estaba sucia, y una tiene un bebé de otra raza, ¿también se paga, o podés quedarte con el bebé pero te devuelven las cuotas?

Ahora... si el parto resulta dificultoso, ¿se paga lo mismo? En las 24 cuotas, ¿está incluído el parto o hay que pagarlo aparte? Y el plan que elijas para pagar el parto, ¿tiene que ver con que te pongan peridural o te hagan episiotomía, o no?

Y si una se arrepiente antes de lograr el embarazo y pide la restitución del dinero, con lo difícil que es eso cuando se paga en cuotas, y te dicen que no, que las cuotas igual se seguirán debitando, ¿podés pedir que por ese precio te den, por ejemplo, una TV de plasma?

Y si una no tiene tarjeta de crédito, y por ejemplo lleva a una buena amiga el día de pago, para que le preste la tarjeta y firme, ¿el embarazo lo debe lograr la amiga o puede seguir intentándolo la que hizo la primera consulta?

Y lo más importante, las cuotas, ¿tienen interés? Porque con interés deberían incluir al menos un moisés y un cochecito, digo yo...

¿Y si una paga las 24 cuotas y justo hay otro corralito, o quiebra, o simplemente se queda sin plata, tiene que interrumpir el embarazo o devolver al bebé?

¿Y si se larga la inflación, se respetan los montos de las 24 cuotas, o te ofrecen otro embarazo a los dos años, a mitad de precio, para compensar el aumento?

Y si se paga en efectivo, ¿hay descuento? ¿Te ofrecen un embarazo de la misma calidad?

¿Se aceptarán planes de pago con la sola entrega del documento de identidad, o temerán que una vez embarazada te largues y no vuelvas más?

Qué quieren que les diga... me resultó muy complicado.

28 mayo, 2006

me gustaba que me mataran


Anoche estuve mirando fotos y escaneando algunas. Cuando vi ésta recordé que cuando éramos chicos uno de mis juegos preferidos era hacerme la muerta.
-dale, basta...daaaleeeeeeeee despertate. No lo hagas más
-daniiii, no seas, levantate. No es gracioso.
No dejaba la muerte hasta darme cuenta que alguno se largaría a llorar, o temblaba de miedo real. Entoces ahí sí, cuando ya había probado la eficacia de mi misión, me levantaba feliz.
Ese era el momento en que tenía que correr veloz porque el grupo de deudos , lejos de alegrarse con el milagro de la resurrección, estaba dispuesto a correrme hasta alcanzarme y pegarme como escarmiento por morirme tan bien. Pegarme hasta que volviera a morir.
Era la mejor: no pestañaba ni un poquito. Los ojos bien abiertos pero inertes, mirando siempre el fondo del jardín. Soportaba pellizcos y gritos y aún que otro tirón de pelo con estoicismo. Pero es obvio que un cadáver -aun jugando- no da para demasiado maltrato.
Esta foto es en el fondo de mi casa. La muerta soy yo y mi vecinita me mira. Nuestras muñecas yacen a mi lado.
Esta foto la sacó mi papá, detrás dice "d. playing dead. 8 years old". Yo tenía 8 años y me gustaba que me ahorcaran hasta matarme. Me gustaba, también, que me ametrallaran. También me gustaba matar. Me gustaba pelearme, tener hijas e hijos, bañarlos, peinarlos, acostarlos, llevarlos de paseo, me gustaba ser mujer de un cowboy y rehén de un indio, estar en la guerra, vivir en una trinchera o en una choza helada con piso de tierra, quemar hormigas, cazar palomas, armar guerras de langostas para que se arrancaran la cabeza y –sí, también– me gustaba que me ataran a los árboles para hacerme prisionera y quemarme viva.
Era un monstruo.
Como todos los chicos de la casa, del barrio, de la ciudad y quizá del mundo. Porque mientras sea de jugando, dicen, podemos jugar a cualquier cosa. A la muerte, al dolor, a la pena, al nacimiento, al horror. El juego queda fuera del mundo y en ese lugar no hay riesgo, ni dolor, ni angustia. En la burbuja del juego podemos ser esquizoides buenos y malos, perversos y angelicales, egoístas y generosos, ser obsesos enfermizos o ensimismados autistas, matar a nuestros mejores amigos con regocijo, nadar donde no hay agua y ver un desierto donde no hay arena. En el juego estamos a salvo. Podemos ser locos peligrosos, superhéroes y asesinos con la misma sonrisa. Nadie nos arrastrará al hospicio más cercano.
Porque jugar es, de jugando, una cápsula de mórbido placer.

03 mayo, 2006

YO AMO A MI MAMÁ

Lo tengo que decir, aunque provoque escozor en la comunidad psicoanalítica entera: extraño a mi mamá.
Mis viejos se fueron a Europa durante un mes. ¡Un mes entero! Treinta días. Mientras escribo calculo que deben andar por Viena, con los pies rotos y el alma hinchada.
Más allá de que estén en Europa (el sentimiento sería el mismo si estuvieran en Miramar), tengo que decir que yo vivo enfrente de la casa de mis padres. Justo enfrente. Desde mi cuarto piso veo su segundo piso, y cuando las dos estamos en nuestros respectivos balcones nos saludamos como adolescentes y mi madre, aprovechando mi talento en lectura labial y mi buena vista, inicia conversaciones. Siempre bromeamos con que tendríamos que atar un cordón con una canastita entre nuestros balcones, para poder pasarnos cosas. Igual no hace falta. Ella no viene casi nunca a mi casa, pero yo cruzo casi todos los días.
Lo de casi todos los días ha tenido sus altibajos. Cuando recién me casé y me sentía sola en casa, y cuando tuve a mi primogénito y me sentía sobrepasada, cruzaba a su casa y me instalaba todos los días. Tengo una buena excusa: en verano ella tiene aire acondicionado y yo no. En invierno ella tiene calefacción central y yo un par de estufas. Cuando nació el menor, lo cruzaba para ir a buscar al mayor al jardín, y ya que mi bebé estaba allí, terminaba almorzando con ellos todos los días. Pero luego tuvimos varias peleas y me dí cuenta de que la culpa era mía, mía y mía. Si yo no ponía distancia, si le permitía ser parte de mi vida y mi familia en forma diaria, no podía impedir que luego ella opinara, decidiera, criticara, etc, etc. Ahora yo también era madre y no deseaba compartir mi maternidad. Pusimos días. Iba a su casa tres veces a la semana, desde el almuerzo y casi toda la tarde. Tuvimos otras peleas. Decidimos que lo mejor era que los chicos fueran a almorzar a su casa, se quedaran por la tarde, y yo aparezco ahora para tomar un té a la hora de retirarlos. Como no tengo empleada con cama, la única ayuda con la que cuento -en relación a los chicos- es la de ella. Si no fueran a su casa, yo no tendría ni un minuto para mí (mejor no hablemos de mi suegra).
Bien, no tengo ni un minuto para mí. Y la extraño. La extraño y la necesito. La extraño porque he podido construir con ella una buena relación. La necesito por lo que ya saben.
Yo la odié, por supuesto. Durante mi adolescencia, ella fue el monstruo que poblaba mi realidad. Era la persona que no me permitía ser, expresarme, sentir. La que decidía por mí según sus extraños cánones de lo que era mejor. Era la persona que tenía que odiar, y matar, metafóricamente, claro está, si quería ser alguien. Yo misma. Supongo que si sigo viviendo enfrente de su casa es porque lo logré a medias. En vez de matarla, la hice agonizar un poquito. Salí de la adolescencia a tropezones y lo que siguió no fue tan fácil ni mejor. Pero allí estaba ella. Encontré una amiga. Alguien con quien podía hablar. En más de una ocasión fue mi salvavidas y siempre, pero siempre, mi confidente. Lo que no sabe ella, no lo sabe nadie. Mi marido a veces la cela. Dice que yo no le cuento cosas a él porque ya se las conté a mi mamá y con eso me basta. Y tiene razón. Con mi mamá no tengo que ser ningún personaje, ni la buena amiga comprensiva, ni la esposa dedicada, ni la madre perfecta, ni la profesional exitosa. Con ella puedo ser hija. Con todos mis defectos que por supuesto me mostrará. Pero he aprendido a no hacerle demasiado caso. Con ella me río de los demás sin miedo a quedar mal con nadie. Con ella hablamos pestes de todo el mundo y sabemos que no hay peligro, que quedará entre nosotras. A ella le consulto algunas cosas y le pido opinión para muchas otras, aunque decida no seguir su consejo. A ella la llamo para las emergencias y los problemas de último momento. A ella le pido dinero prestado cuando no llegamos a fin de mes. Con ella lloramos los peores desastres familiares y compartimos los dolores más profundos.
Uno de los grandes aprendizajes que hice en mi incipiente madurez, fue que después de todo ella no tenía la culpa. Que realmente había hecho lo que creía mejor, como lo hago ahora yo con mis hijos. Con todo el amor del mundo. Y que no pudo no equivocarse porque de eso se trata la vida. Que alguien tenía que decidir, criarme, cuidarme. El día que supe que la culpa no era de ella, y que a partir de entonces la responsabilidad era mía, que yo era la dueña de mi vida, fue que maduré, me hice mejor persona y pude enfrentar mejor lo que me sucedía. Cuando eso sucedió, fue mi decisión continuar y mejorar la relación con ella.
A veces, en los momentos en que quiero estrangular a mis hijos, me gustaría, por un breve segundo, sabiendo que es una fantasía, que mis hijos me dijeran gracias. Gracias por todo lo que hago por ellos. Sé que es un desatino. Ellos no me deben nada. Fue mi decisión tenerlos y hacerme madre. Pero a veces... cuando estoy tan cansada y ellos tan demandantes, quisiera que se dieran cuenta, aunque ser por un segundo, de todo lo que implica ser su madre. Ser mi madre no ha sido más fácil. Y yo sé que no debo darles las gracias a mi mamá (aunque a veces a ella le gustaría). Entonces, aquí va mi homenaje: ¡extraño a mi vieja!. Y todavía faltan 20 días para que vuelva.

25 abril, 2006

¿Se puede amar a dos al mismo tiempo?

Soy hija única. Eso significa que fui única destinataria de los afectos de mi abuela Dolores (la que me crió); fui la reina de su corazón, la niña de sus ojos, la razón de su existencia, su mimada, su alegría. Y lo disfruté durante varios años. Pero, al ir creciendo, fui sintiendo que, tal vez, ser hija única no era la situación ideal. Y muchas veces, ya de grande, sentí que, si hubiera tenido hermanos, hubiera podido… cómo decirlo… enfrentar mejor la “salida al mundo”: aprender a encontrarme con otro, a compartir, a cuidar, a pelear, a negociar, a defender mis espacios y mis tiempos propios en un ambiente seguro, antes de salir al ruedo. Por eso, decidí que no tendría un solo hijo.
Si hubiera empezado más joven, me hubiera gustado tener tres. Pero empezando a los 37, me parece que dos es un buen número. (Por supuesto, mi marido sigue divagando con que podemos tener muchos, pero yo ya le dejé bien en claro mi posición varias veces; dos es la máxima concesión que puedo hacer a esta altura). Mi edad tope para tener hijos eran los 40, y el plazo se cumple este año…; realmente, era una carrera contra el tiempo.
Al mismo tiempo, a pesar de mi convicción inicial, más de una vez, después de tener a Bianca, sentí una especie de angustia al pensar en tener otro hijo, previendo que voy camino de perder la poca salud mental que me queda, que voy a tener que resignar más espacios y tiempos propios (¿qué, todavía me quedaba alguno?), etc. Pero está decidido. Realmente creo que lo mejor para la nena es tener un hermanito.
Pues bien, empezamos a buscarlo, y quedé embarazada otra vez. Y ahora se actualiza otra sensación que experimenté a poco de tener a Bianca: ¿se puede amar a dos hijos con la misma intensidad? No puedo menos que sentir que todo el caudal de amor que ahora dedico exclusivamente a mi hija se va a tener que dividir en dos, y que no solo ella va a perder, sino que también su hermanito o hermanita corre en desventaja, porque desde el vamos le va a tocar la mitad del amor que recibió su hermana hasta ahora. Y, la verdad, sufro por ellos al pensarlo…
Las madres con las que he hablado me aseguran que “siempre hay lugar para uno más”, que uno ama a todos sus hijos con igual fuerza, aunque no pueda dedicarle a cada uno el mismo tiempo y atención que dedicaría a uno solo; pero por más que racionalmente lo entiendo y lo acepto, en mi interior sigue rondando esa terrible duda...

19 abril, 2006

lo que sobra y lo que falta

—¿sabías que aunque los chicos nos creemos los efectos especiales de las películas, los adolescentes, los adultos y los ancianos ya saben que son efectos especiales?
—Claro. ¿Vos por qué pensás que los chicos creen más en las películas que ven y en las historias que leen que los grandes? —pregunto, mientras me respondo mentalemente que es porque los chicos manejan menos datos sobre cómo se construye la ficción.
—es obvio mamá: ¡porque los chicos tenemos más imaginación!

13 abril, 2006

BASTA!!!!!

El año pasado fue el primero desde que Martín murió en que me encontré hablando y escribiendo acerca del asunto más de una vez. Fue así porque proliferaron los padres víctimas a quienes no quisiera parecerme jamás. Esa categoría de personas se arrogó el derecho de hacer o decir cualquier cosa, esgrimiendo su condición de doliente extremo o más aún: "¿ud. qué sabe si no se le ha muerto un hijo?".
Bien, me banqué un añito de análisis duro, de los medios a full con el tema y por sobre todo me tocó en más de una oportunidad la antipática cuestión de contestar algo así como: "a mi se me murío un hijo, y?. ¿qué plus de derecho te da un plus de dolor?. Ninguno."
Otra de las cuestiones que me tuvieron el año cromañónico en vilo, fue que ahora Laura tiene ya 9 años (edad que tenía cuando su hermano murió, hace siete), y por lo tanto no se ha privado ni un poquito de preguntar y preguntar hasta el último detalle acerca del accidente en el que murió su hermano. Este año, nuestra "notera amarillosa" nos mantuvo al trote y nos puso hizo volver a un sitio decididamente pasado.
El pasado fin de semana un varón de 16 años murió. El domingo, laurita se pasó haciéndonos notar qué curioso es que el chico muerto "tiene un mellizo...como juan", "que tenía 16 años...como juan", "que lo raro es que el muerto no es Juan sino Matías y el vivo no es Juan sino Martín, como nuestro muerto. Algo salió al revés, ....por suerte".
La sobreexposición del dolor ajeno en los medios, lejos de conmoverme me da bronca, mucha. Ese padre doloroso junto al gran padre de todos los padres dolorosos, Blumberg, me pone en guardia. Pero hoy cuando Laura vino a contarme que sus amigas-vecinas le dijeron que sería mejor que también nosotros nos fuésemos a otro país así no nos matan a Juan, creí que había llegado el momento.
Pegué un grito: BASTA!!!!!!, que se escuchó hasta en las antípodas de núñez. Salí al balcón a gritar, gritar y gritar hasta cansarme, me siguieron Juan y Laura que estaban llorando adentro asustados,abrazados. Salieron y les dije: "gritemos fuerte, bien con todo, saquémonos las ganas y la bronca, y que nadie nos pregunte por qué mierda gritamos....".
El portero, elegantemente tocó el timbre y nadie le abrió.
Mis amigas del edificio llamaban por teléfono y no atendimos.
Todo duró dos o tres minutos eternos.
Después entramos, nos hicimos un té y abrimos una lata de galletitas de jenjibre que traje de inglaterra, comimos y tomamos en silencio. La vida sigue.

11 abril, 2006

La decisión más difícil

Tengo 37 años, dos hijos con el mismo esposo, y una fertilidad rápida y precisa. Las tres veces que quise quedar embarazada, fue así y listo. Un sistema express.
En relación a esto tengo que decir que me encantan los chicos, que siempre me han gustado. Desde pequeña he querido estar rodeada de niños. Cuidaba a mi prima. Animaba cumpleaños. Era la niñera perfecta en cada reunión en la que hubiera un bebé. Cuando crecí empecé a creer que era Mafalda, pero seguía sintiendo como Susanita.
Esperaba tener cuatro propios, y eso me confimó un vidente al que visité una vez, más por curiosidad que por creencia. Dos varones, dos niñas, dos abortos. He cumplido con lo de los dos varones y un aborto espontáneo. Pensar que según el destino me quedan aún otros tres intentos, es como demasiado.
A eso quiero llegar. Sé con el corazón, con el mismo sentimiento con que supe que quería hijos más que nada en el mundo, que no quiero tener más hijos. Que cerré la fábrica. A dos manos, digo yo, dos hijos. Soy madre a tiempo completo y recién ahora empiezo a recuperarme a mí misma. Y estoy cansada. Y los bebés son hermosos pero verdaderamente molestos. Y mi cuerpo ya no es el mismo que el de hace siete años y dos cesáreas. Y mi esposo no quiere con total certeza. Sé todo eso y entonces... ¿por qué estoy aquí escribiendo? Sé que no quiero tener más hijos ahora. Pero estoy segura de que el día de mañana lamentaré no haber tenido otro. Bromeo con que me gustaría tener, ahora, uno ya criado. Fantaseo con la adopción... ¡Pero no quiero! No quiero empezar de nuevo. Ser esclava de un neonato, perseguir a un deambulador, volver a hacer papillas, cambiar pañales, lavar vómitos, enseñar límites, hablar en diminutivo, regresar al jardín, quitar todos los adornos, tapar los enchufes, preocuparme por si alguien fuma, por si hace frío, cargar el bolso con todo, no poder hilvanar dos frases seguidas, no salir, estar pendiente de esa otra personita, lidiar con los celos fraternales, perder mis espacios, preocuparme a muerte por un resfrío. No quiero. Lo siento en las entrañas. Tengo dos hijos hermosos, sanos, inteligentes, incansables. Y tengo 37 años... tendría que ser ahora... y ahora no quiero. Es la decisión más difícil que he tenido que tomar, porque tiene fecha de vencimiento.
Oh, lo sé. Debo estar escribiendo esto porque mi mejor amiga tuve una beba. La primera. Y yo la tuve entre mis brazos al segundo día, y luego la entregué a la madre con total felicidad de saber que no era yo la que tenía que llevármela a casa. Entonces está decidido: no quiero más.
¿Y si quiero..?

03 abril, 2006

tiempo al tiempo

El niño comienza nueva escuela de arte. La madre concurre a la reunión de padres para recibir la información pertinente a la cursada. En el momento del arribo escucha:

—... es importante porque se pierden la consigna, y además se corta el clima de la clase.

La directora recomienda no llegar tarde y la madre escucha el discurso por la mitad, porque llegó tarde. Después la directora indica que el establecimiento está abierto desde las ocho, y pueden dejar a los chicos a partir de esa hora.

A punto de culminar la reunión una señora pregunta desde qué hora puede dejar a su hijo y si no hay problema en que llegue, digamos, unos diez minutos después de la hora de entrada cada día. O sea: ella se había perdido TODO el discurso de la puntualidad, porque llegó después.

Hijo mío: mi karma es tu karma pero (respiremos tranquilos) siempre puede ser peor.

28 marzo, 2006

Carta a la psicopedagoga.

Hola Seño Psicopedagoga, soy la mamá de Abril. Ya sé que tenemos una cita acordada para hablar sobre ella. Sé también de que se trata. ¿A que Abril no da ni cinco de pelota a lo que le dicen? No, en casa está todo igual que siempre, por ahora, mañana no sé. Porque Ud. vio, el presente es el presente y del mañana se supone, no se sabe, y eso es una de las cosas que trato de inculcarles a mis hijas. También trato de que sean personas independientes, autosuficientes y que encuentren placer en todo lo que emprendan. Y no hablo de éxito, hablo de placer y de responsabilidad por todo lo que se asuma, hablo de libertad Seño Psicopedagoga. Claro Seño, lo de Abril es producto de la educación y tengo muy claro cuán difícil puede llegar a ponerse en el libre ejercicio de su voluntad, pero si uno se toma el tiempo de explicarle cuáles son los beneficios y cuáles los obstáculos ante tal ejercicio, ella entiende, porque es obstinada pero no estúpida y sabe lo que es un límite. Si, ya sé, es una mini revolución de tres años, un menudo trastorno que alborota al resto, pero ¿qué quiere que le diga? Yo no estoy educando a un carnero para que siga a la manada, estoy educando a una persona, persona desde que nació, para que pueda desarrollar todas sus potencialidades y pueda ser feliz. No quiero hijas “adaptadas”, quiero hijas responsables que amen lo que sea que hagan. ¿Ud sabe cuánta gente adaptada totalmente trastornada hay? Quiero hijas libres que se hagan cargo de su deseo y que no carguen con el deseo de otros, porque eso es estar muerto en vida Seño. Si yo no se lo enseño ¿se lo van a enseñar Uds? Evidentemente, no. Uds portando el panfleto de la educación están generando masa y no personas, y eso, aparte de macabro es peligroso. Y entiendo que lo que pretendo para mis hijas ninguna institución lo va a brindar, por eso me ocupo yo. Lo único que quiero, Seño, es que en vez de coartar sepan encauzar, porque es más fácil domesticar la esencia de un chico que educarla. Y ya sé que los libros dicen tal o cuál cosa y que Ud Seño se peló el culo mínimo cinco años leyéndolos, pero yo parí dos hijas sin manual y le digo que las cosas son diferentes con la propia cría. Resumiendo Seño, un chico quilombero es un chico que se aburre, y un chico que se aburre necesita estímulo y no que lo castiguen. Si tienen una veta no la sepulten, sepan explotarla, les va a dar más satisfacciones que cualquier otra cosa que emprendan profesionalmente.
Sinceramente suya, la mamá de Abril.

24 marzo, 2006

no habrá olvido, no habrá perdón

Caminando rumbo a Plaza de Mayo, hoy 24 de marzo, Laura no dejaba de preguntar ....

-pero entonces por qué los militares no se iban...?- dice,
-bueno, no querían irse, querían el poder y finalmente como ya no sabían muy bien cómo hacer para esconder todo lo malo que pasaba, pensaron que si recuperaban las islas malvinas la gente les iba a agradecer y querer que se quedaran...
-pero má....la guerra esa no la ganamos los argentinos, no?
-no, la ganaron los ingleses y se quedaron en las islas y muchos chicos jóvenes que eran soldados se murieron ...eso fue lo que finalmente ayudó un poco más para que la gente se diera cuenta que ya los militares habían hecho muchos desastres y muchas cosas malas y mal....entonces la gente empezó a organizarse, a perder el miedo y a armar otra vez los partidos politicos para que volviera la democracia....
-¿los ingleses ganaron?
-sí.
-bueno, entonces es como que los ingleses nos salvaron de nosotros mismos...

17 marzo, 2006

el otro jardin

Hace tiempo que no escribo. Me costaba pensar cómo contar algunas cosas, cómo ponerle palabras. El post de Daisy me ayuda -en algún sentido- y me angustia mucho en otro.
Acá voy en el intento de darle cuerpo a la experiencia nueva, feliz y devastadora a la vez.
Hay jardines y jardines. Mis cuatro hijos fueron de los que al llegar al jardín en sala de tres, el primer día lloraron a mares cuando tuvieron que irse. Supongo que sería porque a todos les gustaban mucho otros chicos: Lucía tuvo record de horas plaza antes de ir al jardín, los gemelos eran siempre dos, y laura ya tenía hermanos y amigos de los hermanos y primos y .......
Cuando Martín murió fue doloroso para todos porque es una clase de despedida sin vacilaciones (ya les conté de eso y no tengo nada más que decir). Se sabe que es un final y que no hay regreso posible, ni encuentro futuro. Que todo lo que tuvimos, fue.
Lucía se fue a vivir sola a los 18 años, precozmente independizada por sus padres, sabiendo que si la 'manteníamos' estando en casa, era injusto sacrificar su derecho y su necesidad de espacio propio y de intimidad a condiciones tales como 'hasta que te mantengas sola'. Ok, la ayudamos bastante pero ya es una mujer que se las arregla solita, terminó la facu y labura. Deberia decir que cada renovación de alquiler fue viniendo más cerca de casa y que ahora es mi vecina del 6to. "B", pero eso no hace sino mostrar que la separación resultó cómoda.
Laura está en cuarto grado, o sea, también va al colegio contenta y camina sola las dos cuadras que hay entre su escuela y la casa. Está grande y creciendo no en santidad pero si en belleza y picardía. Juan está en quinto año. Hasta acá podría creerme una mujer que pasó las separaciones de sus hijos con más o menos dolor o felicidad pero que ya estaba todo vivido al menos una vez y era acervo de experiencia.
NO, NO, NO.
Estoy devastada y sorprendida ingratamente por mi propia vulnerabilidad. Me pongo mal apenas intento pensar qué mierda me pasa con ésto que vivo ahora, cómo es que me duele tanto, cómo me creí tan canchera, cómo me agarró mal parada...Estoy tan triste que el relato de Daisy me hace llorar a mares. Hay jardines en los que se entra para quedarse, para no volver más, para no querer el regreso a casa por nada del mundo. Juan entró al jardín de las delicias, mordió la manzana, jugosa, roja, fresca.
Juan a los 16 años está estrenando el amor, está entregado al encantamiento de un cuerpo de mujercita, al sopor de ensueño permanente, al arrullo de su voz de sirena. Es conmovedor saber que el que fue mi bebé, está descubriéndose hombre pequeño con un porvenir delicioso y extenso. Es feliz, está enamorado por primera vez y correspondido con una intensidad fervorosa, afiebrada y festiva. No hay cómo decir lo bien que me hace saberlo crecido, capaz de hacer feliz a alguien, que ella sea un encanto -o lo sea para él-, no puedo no ser feliz.
Sí. No.
Todo bien, porque ante todo me muestro y quiero sentirme políticamente contenta. Qué más pedir para un hijo que sea amado? eh??. No sé, pero estoy como si me hubiera pasado un tren por arriba, como si un aluvión me emparara el alma. Triste, tristísima, se que lo que había entre nosotros dos (ese amor único de la madre con su hijo varón) no vamos a tenerlo más. Haber probado el fruto de ese árbol hizo que Adán se descubriera desnudo, tuviera verguenza y se cubriera sus genitales.
Algo así; ese niño con quien tuve el amor más intenso, sólido e íntimo durante tantos años. Ese con quien compartí el trío que fuimos durante mucho tiempo. Ese a quien consolé y por quien temí más que por ninguno de los otros de la familia, cuando su gemelo murió. Mi otro hijo. El rubio peludo de 1,90 que me hacía upa para molestarme cuando lo retaba. Ese ya descubrió la intimidad del amor, y el pudor. Levantó entre nuestros cuerpos una pared emocional que nos preserva a la vez que nos distancia. Que nos cuida, que nos hace madurar a la vez que nos niega satisfacciones tan elementales.
Juan está en el jardín de las delicias y ese sitio es para siempre sin mí. Estoy haciendo un duelo distinto a todos los anteriores que hice frente a cada destete, inicio de clase, ir solos al cole, mudarse o incluso morirse. Este duelo del fin del amor pueril con un grandote que superó el edipo hace rato pero con quien nos permitíamos algunos escarseos, es definitivamente un punto final.
Los otros días recordaba que sería más o menos a los 9 años cuando ya no vi más a mi hijo desnudo, recordé que no sabía cómo era su cuerpo de púber, que nunca lo había visto desnudo desde entonces. Recordé cuando era bebé, cuando era chico, cuando nos atamos a la vida y la risa, para no dejarnos ir tras la tristeza de la ausencia de Martín. Recordé cuando ya no hablábamos de él como de un gemelo, cuando pasó a ser MI HIJO VARON. el único.
A cada rato me topo con papeles declarándome su amor, dibujitos de corazones hechos por sus manitos cuando, inocentes, ni pensaban en las curvas de Irina.
Este es un momento difícil y mágico, único creo. Cuando lucía descubrió el amor lo hizo con eso que tenemos las mujeres: más confesiones arrebatadas, emociones encontradas, preguntas y respuestas, complicidades y recaudos de género. El paso de niña a mujer es temprano pero también nos dio más tiempo para compartir y charlar, para verlo venir. El amor que Lucía como mujer tiene por su chico no modificó ni un poquito su contacto conmigo, lo intensificó en todo caso, buscó mi palabra, mi abrazo ...Juan no. Juan un día dejó de ser un niño, incluso un púber adolescente erotizado al divino botón onanista y secreto, para ser un chico enamorado de una chica real.
- Má, estoy saliendo con Irina
- ah!, congrats! Juan ...qué bueno
- sí, nos re amamos.
- qué bueno, bombón, qué bueno!!.
Y no me animé a abrazarlo, no me animé a llorar delante de él, no le diría nunca que lo extraño como no extrañé nunca a otro. Cuando tenía 10 años el hombre que entonces amaba -mi papá- se mató por amor a otra -mi madre-, estuve enojada un tiempo pero se me pasó. Cuando nacieron mis hijos varones supe que ese sí sería un amor para siempre, de por vida. Y lo es. No se trata de ya no me quiere. Es otra cosa. La primera infancia tuvo para nosotros una intensidad densa y secreta; íntima y poderosa que raramente se pueda racionalizar. Leí a Freud, a otros y llevo muchos años de análisis, pero sobre todo sé de todo lo que puede el amor por los hijos. La carga erótica de ese amor es innegable, y eso cuando las chicas aman a su padre con descaro frente a mí, es celos .
Al crecer; el amor entre juan y yo fue tomando diversos modos de expresión, quizá uno de los más intensos fue el de saber los dos cúantas cosas amamos juntos: a los otros amores de nuestros días, la música, la vida, la comida rica, el recuerdo de lo que tuvimos cuando estaba Martín.
Ahora empieza otra etapa, otro momento. Juan está correteando en el jardín de las delicias con Irina -y serán otras-, pero no lo espero en la puerta. De ese jardín no se sale de la mano de la mamá.