10 marzo, 2008

Desterrada

Ayer Julieta cumplió un mes. Hubo un breve festejo que se interrumpió repentinamente cuando su llanto se hizo inmanejable y todos renunciamos a calmarla. Su madre con voz firme nos invitó a retirarnos sin dejar espacio para dubitaciones: tomé mi cartera del sillón, y con la mueca estúpida y ya vaciada de sentido con la que hacía instantes había intentado infructuosamente hacer sonreír a mi nieta saludé a su padre que me devolvió una mirada llena de compasión y cansancio. A Lucía, en cambio, la abracé con fuerza buscando una empatía que no pareció necesitar, y me fui. Creo que fue entonces, del peor modo, con ternura y firmeza –haciendo uso de un derecho irreprochable- que se inició un nuevo tiempo para mí. Ayer me echaron. Todavía estoy averiguando de dónde, pero lo cierto es que ayer fui desterrada.
Sergio y Marisa, mis consuegros, con la corrección que los caracteriza se ofrecieron a llevarme en su auto, y yo, haciendo alarde de mi absoluta carencia de habilidades sociales insistí en caminar, al tiempo que, sin darme cuenta -pero esto ellos no podían saberlo- sacaba sin disimulo el dinero para un taxi.
Nunca me sentí cómoda con ellos. Permanentemente sobreactúan con gestos pequeños y certeros una diferencia moral que me irritaba. Esta vez, me sentí incapaz de anteponer mi libertad al sarcasmo de Marisa; demasiado exigida estaba intentando disimular la envidia. Porque ayer, es verdad, hubiera necesitado ser escoltada por un hombre, sino el padre de Lucía al menos uno de espaldas anchas y voz decidida, que le diera fuerza con su presencia a las palabras que buscaban sonar de abuela que tan frágiles y ajenas me salían. Un alguien que después me abrazase con fuerza para disipar mis sombras y me diera el indecodificable consuelo de una sopa caliente antes de hacerme el amor.
Quizás así no me hubiera sentido tan vieja como me siento. Tan seca por haber acelerado el tiempo pariendo una hija antes de los veinte. Sólo de ese modo encuentro explicación a esta tremenda injusticia. No cumplí aún los cincuenta, pero los años que tengo por delante parecen estar todos atados a mi cuello, al borde del abismo de la tercera edad. Estoy desconcertadamente triste, indiscutiblemente sola. Tomada por un anacronismo. Ser abuela me pegó mal.

13 comentarios:

Lina dijo...

Que lindo que escribís!! Me encantó tu relato.

Maria Lopez dijo...

Tengo mis contradicciones respecto al uso de la literatura para transmitir este tipo de cosas... pero la alegria que me produjo tu primer comentario fue contundente: ¡escribo para que guste! ¡gracias Lina!

Lore b dijo...

Hermoso el escrito....Las contradicciones de las madres y de los abuelos, pedidos de protección y autosuficiencia a la vez....ya te van a querer dejar la nieta para salir de parranda y van a tardar en írla a buscar...los padres primerizos fuimos así...seguramente vos también...yo he disfrutado de mis abuelos jóvenes, como nieta te digo que tener tú edad es una bendición!!!

Moki Mom dijo...

que bonito, me encantó la manera y el lenguaje utilzado en tu post, incluso, puedo decirte que sentí un escalofrío recorrer mi piel, no lo sé, tal vez necesiten...tiempo¿?saludos

Maria Lopez dijo...

Gracias Lore y Moki Mom... tensión entre protección y autosuficiencia; tiempo para dejar que las cosas se acomoden... me sorprende la velocidad y precisión de sus palabras... ¡a mi me llva tanto esfuerzo descubrirlas! Justamente sobre esos ejes estoy armando un nuevo post... gracias de nuevo, sus mensajes me hacen sentir que voy pensando por buen camino...

Verte dijo...

Qué lindo María, y que bueno conocer los sentimientos de una abuela reciente. Fui madre primeriza hace relativamente poco, y a veces por stress o deseos de intimidad las mamás somos injustas con las abuelas.
Te mando un beso

Verónica Sukaczer dijo...

Hola María, ¡bienvenida al blog!
Repito lo que te dije cuando me escribiste: que me encantó tu post. Pero desde aquí voy a apoyar la voz de tu hija. A veces, para aprender a ser padres, no nos queda otra que desterrar a los propios. Yo lo hice y me siento muy orgullosa de haberlo hecho. Y a veces me gustaría, sobre todo, tener mucho pero mucho más lejos a mi suegra (aunque tengo que admitir que como abuela es muy buena).
Creo también que en cuento empieces a disfrutar la abuelitud sin las obligaciones de la maternidad, vas a encontrarle el lado lindo, aunque seas tan joven y ya te digan abu.

Gabriela dijo...

Hola María, yo era la nueva en el blog antes de ti, ahora como "seminueva" te doy la bienvenida.
Mi caso fue extremo; yo tuve a mi madre, suegra y para colmo tías, alrededor de mi. La ayuda se necesita, sí, pero a mí por poco me da una sobredosis de ayuda: todas me decían a la vez qué hacer, si la niña lloraba me la quitaban por no creerme capaz de tranquilizarla, tomaban decisiones en mi lugar acerca de comida, doctores, medicina, paseos, todo.
A diferencia de tu hija, yo no tuve el valor de desterrar a ninguna de las mujeres quienes con buenas intenciones pero con malos resultados me brindaban su ayuda. Lo hice hasta que Angela estaba por cumplir dos años, y no con la tranquilidad y buena educación de tu hija.
Aún me resulta difícil encontrar el equilibrio entre el "déjame hacerlo sola" y el "necesito tu ayuda madre".
Pienso que eres afortunada porque tu hija toma su lugar como madre desde ahora. Y pienso que así la relación madre - abuela resultará más armoniosa por que tu hija tiene algo que a mí me faltó en su momento: sensatez.

Maria Lopez dijo...

¡Gracias Gabriela, Verónica y Verte! No creo que Lucía este siendo injusta conmigo. Coincido con Verónica y Gabriela en que es necesario y saludable poner límites, lo que quise transmitir fue sencillamente que lo justo no deja de ser, por justo, desolador.

Yamandú Cuevas dijo...

Uf!, que fuerte!, como escribís María. Quise (aún quisiera) ser el señor que necesitabas en ese momento. Las sopas, si las pinto, me pueden llegar a quedar más o menos bien, pero la espalda te la debo. Me llegó mucho el cuento, mucho. Quiero más.

Te mando un beso grande y te agradezco el tan bonito comentario que dejaste en mi blog.

Maria Lopez dijo...

¡Guau! Mira tú las sorpresas que depara el mundo del blog... muchas gracias por tu mensaje Yamandú, muchas, pero muchas gracias. Mi domingo se tiñió de repente con tus hermosos colores.

Mari dijo...

YO DESTERRE.
Hola María hermoso tu relato, pero no te sientas mal por el destierro, yo desterré también a mi propia madre y padre y hermanos y suegra y cuanto se me acercara cuando tuve a mi recién nacida...es que el cansancio, la inexperiencia, el llanto del bebé te desbordam querés estar sola, que se vayan los ajenos y hacer lo que el instinto de madre te diga, sin miradas o palabras que te indiquen que hagas esto o aquello...obviamente de los míos nadie se sintió desterrado, lo tomaron como proceso normal, luego todo se acomoda, pero te digo que no se que haría ni hubiese hecho sin la ayuda de mi mamá , sobre todo, y de mi flia.!

mari.
www.cuentapartos.blogspot.com

laura dijo...

yo tengo 45 y dos nietos, y el abuelazgo me pega depende del día.

no soy de ir mucho a la casa de ellos, más bien vienen ellos a cas, y como yo me sentí toda la vida TAN obligada con mi vieja, a ellos no les exijo nada, y me siento bien así.

lindo leerte!