16 marzo, 2008

El aleteo de una mariposa

Soy supersticiosa, fóbica y a mi cotidianeidad la sostengo a fuerza de rituales. Me despierto cada día a la misma hora (sin despertador). Me levanto con el mismo pie (el derecho, obviamente). Voy al baño, me lavo los dientes (cambio el cepillo rigurosamente cada tres meses, misma marca, mismo color) Descorro las cortinas de la cocina, pongo comida en el plato de la gata y preparo el desayuno. Desde hace años –y a lo largo de todo el día- respeto invariablemente una secuencia de pequeños actos aprendidos y de tan repetidos automáticos. Varía con el tiempo para adecuarme a las prioridades esenciales de cada etapa, sólo sustituyo una por otra para ajustar su estructura y funcionalidad a las convivencias. Una fuente de motivaciones que en sus descargas contundentes son capaces de neutralizar el desequilibrio provocado por las pequeñas sorpresas e imprevistos cotidianos; conformando al entrelazarse, un universo cerrado de sabores, sonidos, olores y sensaciones particulares. Ayer, sin ir más lejos, desde el dormitorio y a breves instantes de haberme despertado agendé mentalmente llamar al service de la heladera porque la variación en el sonido del motor había emergido disonante del ronroneo inaudible de la cotidianeidad. En mi orden cuidadosamente ensamblado soy fuerte. Invencible.
Sin embargo, hay veces que la repetición constante fracasa en revertir el auténtico núcleo de mi caos –sin más: la suma de mis errores - y por el contrario se transforma en una prisión asfixiante, en una nueva demanda para hacer frente. En esos momentos, ansío desesperadamente que suceda aquello de lo que suelo huir. Un insignificante gesto del destino que redireccione mi atención hacia otro sitio. Una intromisión mínima. El aleteo de una mariposa en algún remoto lugar de mi universo.
Aquella mañana era uno de esos momentos.
La alarma de la jarra eléctrica se superpuso con el teléfono, una coincidencia doméstica que aunque nimia interpreté como el anticipo de un instante mágico. No me equivoqué. Era Lucía. Si bien nos habíamos visto varias veces después del nacimiento de Julieta, era la primera vez que ella llamaba desde nuestra última discusión.
-Hola… soy yo.
-¡Hola Lú! – fue mi saludo esperanzado. No obtuve respuesta. -¡Qué lindo que llamaste! ¿Cómo está July? La extraño mucho ¿sabés? –sobreactué una alegría cierta, verborrágica, como siempre que un silencio se interpone y me incomoda.
Lucía, repentinamente, interrumpió mi monólogo.
-Mamá… estoy muy cansada. Hace seis horas que esta llorando sin parar. No doy más.
Su voz era un murmullo, las palabras se articulaban lentas y caían al vacío en las últimas silabas. En contraste, el enojo. O para ser más precisa: esa furia desatada cuando el enojo es indiferente a las consecuencias. La naturaleza embravecida, desbordante, en el llanto de Julieta que –yo intuía- había roto el hechizo. Lucía ciertamente estaba del otro lado del paraíso, en el pantano brumoso donde la maternidad pierde su brillo y se vuelve oscura, densa, viscosa.
Yo no sabía si Lucía estaba llorando, pero sabía que estaba llorando como lloramos todas alguna vez. Imaginé sus ojos azules cerrados, las cejas levemente arqueadas hacia el centro, y dos lágrimas ardiendo en sus mejillas: las pruebas ineludibles del rito de iniciación a una femeneidad nueva y tan vieja como el origen y la vida.
- Hija: no llores. Voy para allá. Poné a Julieta en su catre, y si llora dejala que no le va a pasar nada.
Hice un par de llamadas para cancelar las reuniones del día y salí a la calle –sin maquillaje, sin peinarme siquiera- caminé unas cuadras, paré un taxi y fue mirándome al espejo retrovisor que me di cuenta que en el apuro había olvidado a la gata en el balcón. “Que se joda”, pensé. “Tiene la suerte de ser animal”. Y por un largo rato, dejé de pensar en mi.
Cuando llegué, Lucía tenía a Julieta en brazos y caminaba de un lado a otro, mientras “El Reino del Revés” sonaba de fondo. Julieta lloraba a los gritos. El estado de Lucía era francamente lamentable. Las ojeras oscurecían sus ojos, y en su remera oscura dos lamparones blancos olían a leche rancia.
-No pude- fue lo primero que me dijo como quien pide perdón. Su tono era infantil. Era fácil imaginar el puchero que faltaba.
-¿Qué no pudiste?
-No pude dejarla llorar, no aguanto que llore de esa forma sin hacer nada.
Me sonreí y la abracé como cuando era chica. Ella se dejo abrazar y me dio a Julieta que se retorcía, irritada.
-Bañate y salí a tomar aire, yo me quedo con July hasta que vuelva Pablo.
-¿En serio? Mira que faltan dos horas ¿eh? ¿de verdad podés?
- Si, en serio. Quedate tranquila. Yo me ocupo.
En cuanto Lucía se fue, acosté a Julieta en esa alfombra mullida, llena de espejos y juguetitos de colores que sus padres insisten en llamar gimnasio, y la desnudé. Apagué la música y susurré las mismas canciones que escucharon mis hijas a su edad. Me sorprendió recordar cada palabra, cada melodía. Julieta interrumpía por momentos su furia para fijar con dificultad sus ojos en alguna parte de mi cara, que rendida, supongo que le daba más curiosidad. Invariablemente, durante un tiempo que pareció eterno, volvió de mi frente a sus ojos cerrados y acuosos para retomar el llanto desaforado. Sus piernitas rollizas subían y bajaban, la panza se contraía, sus puños cerrados temblaban con odio. Ensayé palabras suaves, caricias tibias que abarcaban con dos palmas todo su cuerpo. Entonces opté por levantarla. La acuné y apoyé sobre mi antebrazo con la espalda hacia el techo moviéndola despacio hacia arriba y abajo, presionando por su propio peso la barriguita hinchada. Finalmente di en el blanco: un estruendoso y gigantesco pedo fue el inesperado punto de inflexión de aquella tarde. Al trueno inicial le continuaron algunos ecos menores que liberaron a la princesa de su dolor. Y no lloró más ¡No lloró más! Es indudable que por momentos la felicidad toma formas ridículas sin por eso perder intensidad.
Cuando Lucía volvió de su paseo –dos horas después- Julieta descansaba –no por casualidad precisamente- en su babysit rosa bebé: el primer regalo de la dichosa abuela que soy.
-Gracias- dijo Lucía con admiración y los ojos iluminados de gratitud. Si ella supiera lo mucho que ansié que en un instante como aquel, tan vulnerable, su fragilidad provocara un gesto desprevenido -una grieta imperceptible- donde ganarme el indulto que necesito, sabría -seguramente- que su agradecimiento es mucho más de lo que merezco.

13 comentarios:

Ivana Carina dijo...

Vengo del Blog de Verónica "La Vida con subtítulos" (soy su fan! jejeje!)
Me dió curiosidad tu nombre (esas cosas que a uno le pasan, por ahí, viste?) y me mandé a chusmear tu perfil...
Cual fue mi sorpresa de ver que eras integrante de este magnífico blog!
Paso de vez en cuando a leer las peripecias de otras madres, y ver que no soy la única a la que le pasan cosas con su retoño! Bueh, no tan retoño, ya que tiene 11 años, mide 1,60 y calza 42, jajaja!;)
Me encantó este post!!!
Escribís muy bien, María!!!
Se ve que sos una gran mamá y una excelente abuela!! :)
Mis felicitaciones por tu post!!
Saluditos desde la Patagonia Argentina!

Irene dijo...

Hace mucho que leo este blog pero es la primera vez que comento, María, me encantó tu post, especialmente tu ternura cuando hablás de tu hija y tu nieta.

Gabriela dijo...

Tu paciente espera y tu prudencia fueron recompensadas. No hay cosa más dificil que esperar, es un deporte extremo porque en él se te van las energías y la voluntad, y María, yo te doy la medalla de oro.

Maria Lopez dijo...

¡Muchas gracias por dejar sus comentarios!
Ivana: Yo también soy una fan de la Verónica... ¡que bien que escribe esa muchacha, che!
Irene: Es muy estimulante saber que logré transmitir la inmensa ternura que me provocan mis dos bellezas.
Gabriela: ¡Si! La paciencia creo que es la cualidad que más desarrollé durante estos últimos años, y la que más satisfacciones me ha dado. ¡Gracias por la medalla! ¿Para cuándo novedades de Angela, eh? Extraño leerte.

Anónimo dijo...

María: ¡QUÉ MARAVILLOSAMENTE BIEN QUE ESCRIBÍS! Tus textos son hermosos. Me encantó ese "que se joda" cortando el clima. Realmente es un placer que estés en el blog. ¡¡¡Y cuando quieras podés venir a cuidar a mis chicos que yo no te voy a echar!!!
Ah, y gracias por la parte que me toca arriba. Me hicieron poner colorada.
Verónica

Maria Lopez dijo...

¡Si vos te pusiste colorada que puedo decir yo! Que una escritora toda publicada y premiada me halague asi... ¡ay! las acepto agradecida porque si una vez más digo que no lo merezco vas a sospechar... jeje. Gracias, muchas, muchas gracias. Sabés lo mucho que se necesitan esas "palmaditas en la espalda" para seguir escribiendo.

Veroka dijo...

Maria: Chapeau! Me gusta tu manera de expresar algo tan comun que nos sucede a las mamás. Lo describis con ternura, humor, me encantó. Me hizo acordar cuando yo estudiaba y mi mamá se quedaba con mi hijito (era bebe entonces) y a las 19 hs , la hora de las brujas, lloraba sin parar... Mi vieja no me decia nada. Como estuvo Martin? Todo bien, todo bien. Años mas tarde me entere que lloraba como loco a esa hora fatidica...
saludos!

Yamandú Cuevas dijo...

María, con estos relatos tan exquisitos estás logrando que me vuelvan las ganas de escribir (lo que es todo un acontecimiento). Es más, tengo un texto casi pronto para colgar en este blog colectivo pero no recuerdo como hacer para ser parte de él, para publicar allí nuevamente ¿Te animás a recordármelo?.

Muchas gracias por la ayuda. Te mando un beso grande.

Maria Lopez dijo...

VEROKA: Justamente eso es lo que intento… revivir recuerdos, reconocimiento, identificación. Fue exactamente por lo que me contas que te sucedió con este post que me animé a escribir. Este blog esta lleno de esos momentos “comunes”, que escritos adquieren cierto efecto mágico que disfruto y no intento descifrar. ¡Muchisimas gracias por dejar tu comentario!.

YAMANDU: ¡Gracias por el comentario! ¡Tengo muchas ganas de leerte! Gracias por lo que me toca del nuevo post… ahí va el paso a paso…

1. Haces clic en “Acceder” (margen superior derecho)
2. Ingresas el e-mail completo en “Nombre de usuario” y contraseña de la cuenta (margen superior derecho – tu blog está en blogspot por lo cual sospecho que la cuenta que usas para ingresar a tu blog es la misma que usaste para ingresar a este)
3. Accediste al PANEL. Tenes que hacer clic en la cruz verde que está a la altura de los ojos, al ladito de “Nueva Entrada”
4. Accediste a la pantalla para cargar el texto. Copy- paste desde el Word. Tipeas / copias el título y abajo, donde dice etiquetas, haces clic en “Opciones de entrada” para cargar tu nombre (esto no es importante, sólo sirve para actualizar la cantidad de post en el blog)
5. Haces clic en PUBLICAR ENTRADA… ¡y ya está! Haces clic en Volver al blog para ver como quedó.

Si no sale… supongo que tendrás que pedirle socorro a Verónica que es la creadora y una suerte de “San Pedro” del blog, que nos da la “llave” a los colaboradores para poder ingresar.

Beso grande y ¡nos leemos pronto! (el domingo / lunes estimo que subo el próximo post)

Yamandú Cuevas dijo...

Gracias María, los pasos están claros y así los sigo cuando subo un post a mi blog, lo que no sé es como subir uno a "Hijos...", creo que necesito recibir una invitación o algo así. Ojalá me llegue. Porque podría postearlo en mi blog, pero lo escribí pensando en ése. Gracias por todo de nuevo.
Otro beso.

Anónimo dijo...

María: me encanta leerte. Me ayuda muchisimo porque tengo un bebe de 4 meses y una madre deseosa de cuidarlo, mimarlo, etc... Pero por alguna extraña razón no paro de desconfiar en ella. Va... no es tan extraña, mi mama trabajaba mucho cdo yo era chica y me terminaron criando la empleada y una tia abuela. Cuando la veo alsar Baltazar tiemblo. Me asusta su pucho, sus pastillas para dormir, su egoismo. Pobre la adoro, lo adora y somos como un triangulo de culebron venezolano.
De todos modos, nos adoramos... y ya vas aver como se acomodara todo para nosotros y para ustedes. Suerte, Cande.

Lore b dijo...

Tú relato es de una ternura y una "realidad abrumadora"...quienes somos madres y nos hemos desbordado...entendemos el lenguaje de "socorro, no mato a mi hijo porque soy un ser ¿racional?" y el volver a pedir ayuda a quien nos cobijó, nos calmó y es en ese preciso momento "la única posible en nuestra mente que nos ayude con la situación"!!!
Da gusto leerte

Uchi dijo...

Maria Lopez: GRACIAS!