10 noviembre, 2005
DESCARGA EMOCIONAL
Yo fui toda mi vida a escuela municipal. Mi mamá, maestra, era y sigue siendo defensora de la escolaridad pública, gratuita y laica, y yo siempre pensé que también mis hijos recibirían esa educación pluralista. Las cosas cambiaron, por supuesto. No voy a extenderme sobre cómo se vino abajo la escuela pública, los paros docentes, etc. Sin embargo hay una escuela a dos cuadras de mi casa (¡dos cuadras!) que tiene muy buena fama. La esc. República Oriental del Uruguay, del barrio de Flores (¿alguien la conoce?). Hasta ahora el problema parece sencillo de solucionar. Tengo una buena escuela gratuita cerca. Pero... mis hijos van a la escuela actual desde sala de 1 año, es toda una vida. Tienen muy buenos amigos, están contenidos, el proyecto educativo es bueno, todo me gusta ahí (bah, casi todo). Tienen además, en la primaria, tres tardes obligatorias, lo cual me ofrece un poco de respiro. Pero sigue aumentando...
Y sobre la escuela pública, no conozco a nadie, no sé cómo es el ambiente social (y digamos la verdad: elegimos la escuela de nuestros hijos en relación al medio social), no puedo pedir que me "vendan" el proyecto como lo hace una escuela privada, que te lleva a conocer cada rincón, es jornada simple... y no sé qué hacer.
Acepto sugerencias, opiniones, y ayuda moral.
El infierno tan temido
Es que debo confesarlo, tengo una pequeñita fobia (diagnosticada por mi) que no me jode para nada, no me hace síntoma, hasta... que se perfilan en el horizonte las vacaciones.
Si, tengo miedo de hacer viajes largos en auto/micro. En realidad lo que tengo es miedo de estrolarme, morirme y dejar huérfanas a mis hijas, o peor aún, que se mueran ellas y me dejen huérfana a mi.
Como nada en este mundo es unívoco ni unicausal, contribuye a mi pequeñita fobia estacional una pequeña obsesión (también diagnosticada por mi) de Gustavo. Es que mi marido, cuando se trata de las nenas, se pone un poco extremista en cuanto a los cuidados (la verdad, es un hincha pelotas!!!).
En caso que yo pudiera superar el miedo a viajar (la farmacología ayuda) fantaseo la "escenita" de la playa (porque todos quieren ir a la playa) y me da un ataque de pánico.
La escenita en cuestión sería más o menos la siguiente:
Vamos a la playa cargados con sombrilla y carpita para proteger a las nenas del sol (cómo si fueran a quedarse quietitas ahí abajo!), bolsito con : gaseosas que nunca tomarán porque -Esa es fea quiero la del cocacolero!, sanguchitos que nunca comerán porque -Marce! cómo les vas a dar eeeeso!!!???, no ves que tienen un granito de arena, aparte fijate, se cortó la cadena de frío, deben estar llenos de escherichias coli, tiralos, haceme el favor; llevaríamos también varios pomos de protector (por las dudas) que nunca se pondrán porque -Mamá, esto es una porquería, se me queda la arena pegada!.
La cosa seguiría con el tema del agua
Nenas -Quiero ir, quiero ir.
Gustavo -No ahora no que hay mucho sol y la capa de ozono está re jodida.
Nenas- Quiero ir, quiero ir.
Gustavo- No que el agua debe estar fría, a ver si les agarra broncoespasmo
Nenas (revolcándose por la arena y llamando la atención con los gritos) -Quiero ir, quiero ir.
Gustavo (incómodo por la mirada de todo el mundo)- Tá bien, vamos.
Marcela-Eh! ya volvieron, tan rápido?
Gustavo -Es que el agua esa es una mugre. No se pueden meter ahí, a ver si se pescan algo.
Nenas (aullando) -Sos malo, malísimo, malísimooooooooooooooooooo.
Ya en el departamento la tragedia griega seguiría con el mismo tinte. -Che, Marce, herviste el agua? Viste que acá la cloaca desemboca cerca .
-Pero si compramos agua mineral.
-Ya sé, pero para lavar los platos te digo. Por qué dejaste la ventana abierta?
- Porque están haciendo 39ºC.
-Pero no tienen protección, mirá si se caen. Y si entra un murciélago rabioso y las muerde?
Llegado a este punto de mi fantasía (no exagero, se los aseguro) lo que me agarra es miedo de dejar a mis hijas sin padre, ya que caería por esa ventana abierta, y sin madre, porque me meterían en cana.
Y la verdad, que entre mi fobia y su obsesión, prefiero quedarme a sudar la gota gorda en Bs.As.
Pero, siempre en mi vida hay un pero, veo a las nenas que juegan a que van a la playa, que la bañadera es el mar y me da un no sé que difícil de explicar.
Por ahí este año me animo, me apropicuo una dosis quincenal de pastillitas "todomechupaunhue" y me largo a la aventura. Total, tengo todo un año en el trabajo para reponerme.
08 noviembre, 2005
obvio!!
Charlábamos, las chicas, sobre alguna amiga que estaba conociendo a alguien y los detalles más sabrosos los contábamos en cierta clave para evitar shockear a los niños...
- Y?? cómo les fue? te contó?
- sí, parece que el muchacho tiene un problemita de conducta pero bueno...
- es al principio, después va a andar todo mejor, necesitan conocerse, además semejante minón, pobre pibe...
- pero le gustó igual, dice que el estuvo muy trabajador, para compensar
De golpe, de atrás se escuchan silencio y risitas.
- hey, qué pasa muchachos? algún problema?
- no, pero ¿de qué hablan?
- de cosas de grandes...sigan en lo suyo
Y ellos siguieron jugando mientras se escucha que uno le dice a los otros "debe ser algo de eso del pene y la vagina".
Casi chocamos.
07 noviembre, 2005
Cosquillitas
El cónyuge en cuestión, Fer, resultó ser hombre golpeador, y en sus días malos reparte a diestra y siniestra a cuanto compañerito de jardín se le cruza. Si se cruza Sol, también recibe (y también da).
La relación viene con altibajos, justamente por estos problemas de violencia conyugal, desde hace más o menos un año. Pero el niño, que es todo un galán, la re conquista una y otra vez con palitos de la selva y palabras dulces (muñequita, amorcito, qué linda estás!).
Se comenta en el jardín que Fer se hizo zurdo, porque como están todo el día de la mano en los tiempos de bonanza, tiene que utilizar su mano izquierda para dibujar. Se sientan juntos en la salita y en el comedor, a la hora de la siesta usan colchonetas contiguas y hacen planes para encontrarse en la plaza.
En las épocas de distanciamiento, Sol, que ya es una pequeña arpía, le da celos con Franquito o con Darío, pero cuando están de buenas nos vuelve locos con Fer de acá y Fer de allá.
Un día, charlando con ella, obviamente sobre Fer, contó que jugaban y que él la corría y le hacía cosquillitas.
-Ah! te hace cosquillitas? dónde te hace, en la pancita?
-No, en la chuchi.
Una vez más, mi cabeza comenzó a funcionar a mil. Trato que tanto ella como la hermana tomen al sexo de forma no culposa, sino como una parte más de la vida, algo natural y para disfrutar. ¿Cómo decirle algo al respecto sin que se sintiera culpable? ¿Cómo explicarle la diferencia entre este jueguito de exploración infantil y un degenerado que se quiera abusar? Y como siempre, le contesté más con las tripas que con la cabeza.
-Todavía son chiquitos para tocarse la chuchi o el pito. Ahora, mientras sos chica, los únicos que pueden tocarte la chuchi son papá y mamá cuando te lavan o te limpian, o Luis (el pediatra) cuando te revisa, si alguien más quiere tocarte vos le decís que no y nos contás a nosotros. Cuando sean grandes van a poder tocarse si quieren, pero ahora no, así que decile a Fer que mejor espere y que no te haga más cosquillitas en la chuchi.
Enojada- Pero... si a mi me GUSTA!!!
Yo traté de contener la carcajada.
Gustavo todavía no se recupera.
cine o educación emocional

Con la edición en video de Melody pasa lo que con la repatriación de los restos de Evita: después de años de despojo, una vasta pero todavía silenciosa legión de fanáticos recuperamos, a la vez, un cuerpo y una memoria. El cuerpo es un film en color hecho a principios de los '70, en Inglaterra, escrito por Alan Parker (un guionista que la historia, inexplicablemente, consagró como director), filmado por Waris Hussein (un cineasta que la historia hizo bien en olvidar) y musicalizado por los Bee Gees (una banda de ¿rock? ¿shampoo? ¿castratti? que cada tanto se levanta y anda, como los zombis). La memoria es todo eso más el momento en el que vi la peli por primera vez, con quien lo vi (en mi caso, una amiga y dos amigos que eran, trémula víspera de novios), la amiga con que la comentamos (la mejor amiga: la que más se burlaba de ella), la mañana robada y la plaza en la que, soñolienta y con ropa de colegio, repetimos una por una sus escenas de amor, sus rituales melancólicos, su ética de rebelión y de resfríos. La memoria es el cuerpo más este pequeño ataúd (el VHS en el que el film yace por fin, después de treinta increíbles años de latencia) más la experiencia que tuve de él cuando era una película, es decir: cuando estaba vivo. Nadie que haya visto Melody siendo entonces más o menos contemporáneo de sus héroes —11, 12 años— podrá tener con la película una relación simple, del tipo “objeto-largamente-buscado-y-finalmente-encontrado”, como una llave o como los documentos.
Si nunca había compartido con nadie la devoción por Melody, es por una razón muy simple: no sabía que la tenía. Pero tampoco sabía que sabía los diálogos, las letras de las canciones, los pormenores de la trama o los signos más ínfimos de la película (el hilito de sangre en la comisura izquierda de Daniel, único flash rojo en una película llena de vírgenes; el plano en que las manos de Daniel y de Melody se entrelazan). Descubrí que esa devoción existía —y que tal vez fuera menos personal de lo que creía— cuando, por alguna razón, comenté con alguien —una amiga nueva, no una sobreviviente de aquellos años— el misterio de que Melody no estuviera en video, y cuando mi amiga, hace diez días, me anunció por correo electrónico que acababa de ver un aviso del video en una revista extranjera. Descubrí la falta de droga al mismo tiempo que la adicción.
¿Por qué Melody es para mí una película de culto? Porque para los que hoy rondamos los 40, funciona como un espejo perfecto, sincronizado al milímetro con los avatares de esa epopeya de la intensidad y la profundidad que es la preadolescencia. No recuerdo otra película con la que me haya sentido existencial y eróticamente tan contemporánea. (Habría que decir también: políticamente. Melody, que impuso el género college naïf, es la versión pre-teen de If, de Lindsay Anderson, así como Jack Wild, el problemático Ornshaw, es un Malcom McDowell liliputiense.) Era un espejo y un manual de instrucciones: ví Melody para verme y para saber qué y cómo tenía que hacer para enamorarme, para dar a entender que estaba enamorada (un ítem importante de ese breviario de semiología preadolescente: ¿qué significa darse la mano con una chico?), para poner en práctica el enamoramiento, para avanzar en el amor (y también, por supuesto, para rebelarme, huir de las convenciones, formar alianzas, burlar instituciones, etc.). Y lo que hoy resulta extraordinario —la gran nostalgia que me inocula la película— es hasta qué punto esa fenomenología hace del amor una experiencia involuntaria, no intencional, cuyos acontecimientos y signos son tan naturales —tan indiferentes al trabajo, tan ajenos a la seducción— como el rubor de la piel o la lluvia. Melody es una porción embotellada de mi pasado. No cualquier porción, sino una en la que, como en una película de cera, quedaron grabadas las primeras crisis narrativas de la vida (¿Le gusto? ¿Lo llamo o dejo que me llame él? ¿Me equivoco o me miró?) y también el modo en que entonces decidí apropiármela —que es el modo en que, con mayor o menor conciencia, treinta años más tarde, sigo narrándolas. De todas esas encrucijadas vitales, sin embargo, la que hoy, treinta años después, ante el televisor y bajo la mirada un poco perpleja de mi hija, me parece más crucial, no es exactamente la del amor, sino la de ese extraordinario punto crítico en el que “el amor”, así, en su polimorfa generalidad, se divide como una célula en dos destinos amorosos: uno heterosexual, otro homosexual. Confieso en silencio, que mi deseo no vacila entre los dos héroes sino entre uno de ellos, Daniel, y la irresistible Melody Perkins. Y al ver el film otra vez, lo que hace 30 años tal vez fuera una duda subliminal, deliciosamente perturbadora, ahora tiene la claridad de un pregunta retórica: ¿por qué Daniel se enamora de Melody y no de Ornshaw? En ese sentido, Melody es menos una remake pasteurizada de If que una variante escolar de Jules et Jim: una ficción sobre ese umbral donde la sexualidad, que es pura potencia, se actualiza. El film parece arriesgar una respuesta burguesa: Daniel se va con Melody pero ama a Ornshaw. ¿Pero no es acaso una manera bastante civilizada de resolver el desconcierto que nos asolaba a los 10, 11 años, cuando nuestra vida amorosa se debatía entre dos opciones igualmente irresistibles: un novio sublime (pero de otra especie) y una mejor amiga irremediablemente rival (pero terriblemente encantadora)?
04 noviembre, 2005
De parto
Hace cuatro años, más o menos para esta época, todo en el país se estaba yendo al carajo, por obra y gracia de los políticos de turno.
En el trabajo me estaban pagando en cómodas cuotas y corría el rumor de la quiebra. Teníamos un departamentito alquilado y el inquilino se fue, con lo cual se incrementaban los gastos de mantener un depto vacío. Imposible volver a alquilarlo con las condiciones económicas que imperaban en el país.
Mal momento para que aparecieran las dos rayitas en el test de embarazo. Pero aparecieron con un fucsia violento antes del tiempo que decía el prospecto que tardaban en aparecer.
Sí, estaba embarazada por segunda vez. Y lloré, no de emoción ni de alegría, sino de angustia. ¿Cómo íbamos a mantener otro bebé si a duras penas podíamos hacerlo con Sol, de un año? ¿De dónde íbamos a sacar plata para los pañales? ¿Y la leche? ¿Y la guardería?¿Y la Obra Social?
- No te preocupés, ya nos vamos arreglar- me dijo Gustavo, no sé si de inconciente o para consolarme.
Tardé como dos semanas en caer, y me inundó una alegría enorme.
Después vino el 20 de diciembre, incontables presidentes de un día, aparecieron los patacones y los lecops. Encima la Obra Social me comunicó que había reducido la cantidad de leche en polvo que daban a los recién nacidos a la mitad.
Fue una época muy dura por la incertidumbre, el no saber que iba a ser de mi familia, el no tener un mango partido al medio. Fue una época en que lloraba abajo de la ducha abrazada a mi panza, cada vez más protuberante, para que nadie me viera y se preocupara (maldita costumbre de masticármela sola). Solamente Abril, nadando adentro mío, sabía lo que me pasaba.
Hubieron momentos de gloria, como el día que me quedaban $2 en el bolsillo y encontré $20 en la calle, o cuando en el Supermercado y en el Jardín empezaron a aceptar patacones.
Me volví creyente y rogaba a Dios que pudiera tener mucha leche durante mucho tiempo para mi nuevo bebé.
A medida que los meses pasaban las cosas se fueron acomodando un poco.
-Viste que vienen con un pan abajo del brazo!- me dijo Gustavo un día, nuevamente no sé si de inconciente o para consolarme. Pero a los pocos días apareció una Sra. que alquiló el departamentito.
Una mañana muy fría de julio, faltando tres semanas para la fecha de parto, fui a control acompañada por mi papá.
-Qué buena dilatación que tenés- dijo el obstetra
-Por qué no sacás la mano- pensé yo
-Estoy esperando a que tengas una contracción (como si me hubiera leído el pensamiento) Estás más o menos con seis, va a nacer en cualquier momento.
-A la mierda !!- pensé yo
Salimos corriendo con mi viejo a buscar los bolsos y a avisarle a Gustavo que me tenía que internar, que fuera rápido para el sanatorio.
Me interné sin sentir absolutamente nada de dolor, tenía contracciones de esas que te ponen dura la panza, nada más. Como que Abril, que sabía cuanto había sufrido durante el embarazo me ahorraba el sufrimiento del parto.
Me pusieron goteo y ahí sí, tres contracciones me retorcieron cuerpo y alma, camilla a lo fórmula uno, sala de partos.
- No pujés, no pujés que falta el médico!! - imploraban las enfermeras
-Cómo se ve que vos no estás pariendo, la que te reparió - pensaba yo mientras hacía fuerza con el primer pujo.
-Pará un poquito que ya viene!!- seguía el ruego del personal no médico
-Las pelotas!! que llegue para cortar el cordón, sino que lo corte Gustavo que es casi veterinario- pensé yo, con el segundo pujo.
-Dale que ya salió la cabeza- Gritó Gustavo
Abrí un ojo y lo ví parado al costado de un tipo con gorrito verde (el médico).
-Menos mal que llegaste hijo e una gran- pensé mientras hacía fuerza como si fuera la última vez.
Y escuché ese glorioso chillido como de gatito, y sentí el calorcito del cuerpito pegajoso, y sentí por afuera de mi panza las pataditas que había estado sintiendo adentro durante tanto tiempo.
Y lloré toda la alegría y la emoción contenida durante casi nueve meses mientras abrazaba con todo mi amor a mi gordita cachetona.
03 noviembre, 2005
¿qué diría Eladia Blazquez?
Tomando la posta
Qué difícil es este tema, que hasta hago un juego de palabras para empezar a escribir!
Todo empezó el día que se murió Flipper, nuestro pececito.
Gustavo, que es medio nabo para enfrentar ciertas situaciones, salió de raje al acuario para comprar otro igual y que no se notara la ausencia. Trajo al falso Flipper, que se parecía bastante al verdadero.
Toda la escena estaba montada cuando llegaron las nenas del jardín.
Solcito se puso a jugar y en el medio de su juego, como si nada, preguntó adonde estaba su pez.
-Ahí, en la pecera, como siempre- le contestó Gustavo. Ella se paró, miró un rato largo a través del vidrio, se dió vuelta y dijo -Ese nos es Flipper, es más chiquito y tiene más rojo arriba, adónde está Flipper mami? (si, siempre mami)
Cabeza de madre funcionando como computadora de la NASA en busca de respuesta adecuada: si le digo que dejó de respirar la confundo, si le digo que se durmió para siempre va a tener miedo de dormirse, si le digo que dejó de exisitir no me entiende, si le digo que lo tiramos por el inodoro la traumo ¿qué carajo le digo?
-Eeeeh, se murió (así, de sopetón, para acelerar las cosas)
- Qué es morirse? ( será posible! esta nena nunca queda conforme con la primer respuesta)
Cómo explicarle algo de lo que no tengo registro? Sí tengo toda la explicación intelectual de lo que es morir, sí sé del cese de la funciones biológicas, sí sé lo que se siente cuando alguien se muere, pero la esencia misma de lo qué es el morirse no lo sé. De todos modos intenté una respuesta.
- Morirse es dejar de ser, Flipper se murió y dejó de ser un pececito, estaba muy viejito y muy enfermo y se fue a vivir con dios, a lo mejor ahora es un angelito.
-Y todos se van a morir? (síguele!! con esta nena no se termina nunca!)
- Sí, en algún momento todos nos vamos a morir (fiel a mi consigna de decirle siempre la verdad)
-Todos todos? (y dale!!)
- Si mi amor, todos todos, pero falta mucho para eso.
Llorando re angustiada - Vos y papá también?
Y ahí no pude más, mandé a cagar a mi consigna y a todas las teorías que la avalan.
- No hijita, mamá y papá van a estar siempre al lado tuyo.
01 noviembre, 2005
¿y yo donde estaba?
Sin comentarios
-Má, vos sabés por qué no se ven las estrellas de día?
Respuesta estúpida-Porque se fueron a dormir
-No mamá, las estrellas siempre están, lo que pasa que de día el sol brilla tanto que no las podemos ver.
Evidentemente, respuesta súper estúpida.
Punto menos para la madre, gana Solcito por goleada.
La gran pregunta
"¿CÓMO APARECÍ YO EN TU PANZA?"
Es mi segunda vez y será la última. Así que me dediqué a saborear ese momento de madurez y crecimiento, y le ofrecí mi versión científica: "las mamás tienen una semillita en la panza. Los papás las tienen en los huevos. Cuando una mamá y un papá se quieren mucho mucho, y se casaron (y hay papeles de por medio, alguna inversión en común, o se pasaron de copas, o se pinchó el forro, o se equivocaron de fecha), el papá le pone el pito en la vagina a la mamá y las dos semillitas se encuentran en la panza de la mamá, y así te hicieron a vos". A él le gustó la explicación, y se puso a saltar en la cama gritando "¡sí, sí!". Luego preguntó si habíamos realizado el mismo precedimiento para tener a su hermano mayor. No fuera cosa que con él hubiéramos probado otra cosa. Le aseguré que a los dos los había engendrado de la misma entretenida manera.
Entonces apoyó su carita en mi panza y se asombró al escuchar mi corazón.
"¡TE PUEDO ESCUCHAR EL CORAZÓN! ¿SABÉS QUÉ ME DIJO?"
Mi niño dulce. ¿Qué puede decirle mi corazón? Que lo amo más que a nada en el mundo. Que daría la vida por él. Que él completó mi mundo. Que su sonrisa me ensancha el corazón y lleva aire extra a mis pulmones. Que son lo mejor que he hecho en la vida. Que incluso cuando no lo soporto, le grito, me enojo, lo castigo, nunca dejo de amarlo.
Pero mi corazón, según él, le dijo:
"QUE SOY UN POWER DE VERDAD. QUE PUEDO HACER CUALQUIER COSA."
Mi corazón habla su lenguaje.
Luego el Edipo se le disparó, y dijo:
"¿TE PUEDO TOCAR UNA TETA?"
31 octubre, 2005
"Sábado" de Ian McEwan
La bestia
Yo, que había seguido de cerca el abultamiento de la panza de mi mamá...
Yo, que había ido a comprar el moisés con mis tías...
Yo, que había elegido el nombre...
Yo, que había contado los días ansiosa para conocer a mi hermanita...
Yo... me quedé con las ganas.
En lugar de la nena que había soñado apareció la bestia, una cosita (con "cosita"), peluda y fea (mejoró cuando lo pelaron) con la que compartí mi infancia y adolescencia.
Como buenos animales salvajes, luchamos diariamente a muerte delimitando territorios en un todo vale, desde tirones de pelo hasta patadas, pasando por cuanto intermedio se les ocurra.
La cosa es que la bestia creció, por lo tanto, para preservar mi integridad física, la cuestión territorial pasó a jugarse en el terreno coloquial. (Yo no fuí, fue él!! Yo no fuí, fue ella!! La rep... que te rep..!!!) La lucha era a todo o nada, así que saqué mi arma secreta más temida, la imaginación, y lo asusté tarde tras tarde con relatos horripilantes de vampiros y demonios. Algunas veces actuaba y le hacía creer que estaba poseída, cambiando la cara y la voz terminaba las frases con un escalofriante Je, je, je, je!!
Cuando ya los relatos no surtieron efecto no me importó, estaba en plena adolescencia y totalmente en otra, la bestia era solamente algo que importunaba, entonces directamente lo ignoraba.
Pero también la bestia se hizo adolescente, por lo que paulatinamente adquirió estatuto de persona y nombre, "Rafa".
Ya estábamos en condiciones de compartir territorios.
Compartimos complicidad cuando se rateaba y yo falsificaba la firma de su boletín de faltas, compartimos noches en vela, estudiando él y explicándole yo matemáticas o filosofía antes de un examen, compartimos un par de lágrimas cuando le rompieron el corazón por primera vez, compartimos también las primeras borracheras.
Ya éramos iguales, éramos hermanos.
Y nos fuimos haciendo más hermanos a medida que la vida se nos volvía como más importante en algún punto; cuando se casó y nos fuimos caminando hasta la iglesia, nerviosos, fumando un cigarrillo, él disfrazado de novio y yo, disfrazada de madrina; cuando hicimos trabajo de parto el día que nació su primer hijo; cuando lloramos juntos en mi casamiento; cuando nació mi primera hija y entró todo emocionado estrenando su título de tío; cuando... fue y es un día a día.
Hoy hacen exactamente treinta y cuatro años que empecé a compartir la vida con "Rafa", la bestia, el otro animal salvaje que parieron mis padres.
28 octubre, 2005
Plaga demoníaca
Será que son tan asquerososo que ni dios los tuvo en cuenta?
La cuestión es que, bíblicos o no, esos inmundos bichitos osaron refugiarse en las cabezas de mis niñas para crecer, reproducirse y quien sabe que otra porquería más.
Como todas las desgracias, llegaron en el momento más inoportuno.
La mañana en que nos mudábamos, yo estaba vomitando cada cinco minutos (porque a mi se me da por somatizar el quilombo de esa manera), los gatos saltaban entre las cajas, mi marido mi papá mis suegros y los peones acarreaban muebles por las escaleras, y mi mamá esperaba a que, entre vómito y vómito, pudiera terminar de vestir a las nenas para llevárselas a pasear hasta que terminara toda la movida.
Ya vestidas, quedaba solamente la sección peinado.
ASCO TOTAL!!!! cuando estaba haciendo la raya al medio en la cabeza de Solcito divisé entre los rulos unas cositas blancas. ¿Estas dos se habrán aplastado galletitas en los pelos? pensé. Ilusa de mí. Miré mejor para sacudir lo que yo creía que eran miguitas y ahí nomás los ví, montones de bichitos inmundos que trataban de esconderse entre los pelos. Inmediatamente me puse a revisar a Abril, que paradita al lado nuestro se rascaba a cuatro manos. Idéntico resultado. Las dos cabecitas estaban minadas de piojos.
Hice una pausa para vomitar, aunque creo que esta vez fue por el asquito que me causaron los bichos, improvisé unas trenzas de emergencia (ni hablar de encontrar el Nopucid en medio del despelote) y las despaché con mi mamá hacia la calesita.
Lo primero que busqué cuando llegué a la casa nueva fue el mata piojos, pero cuando llegó mi vieja con las nenas no tenía agua. Me las arreglé con unas botellas de agua mineral y creí, nuevamente ilusa de mí, que ya estaba todo bajo control.
De nada valió la fortuna invertida en Nopucid (no es bárbaro, como dice la propaganda).
Resultado: Tres generaciones de mujeres (abuela, madre e hijas) empiojadas durante más de un mes.
Consejito: Si las visitan los piojitos, compren un buen peine fino, ese que tiene los dientes acanalados y pásenlo cuantas veces sus hijos se dejen. Los productos químicos para exterminarlos (a los piojos, no a los chicos) no dan buen resultado.
Cuestión de lógica
“SEXA”
–Papá...
–¿Hummm?
–¿Cómo es el femenino de sexo?
–¿Qué?
–Que cómo es el femenino de sexo.
–No tiene.
–¿Sexo no tiene femenino?
–No.
–¿Sólo hay sexo masculino?
–Sí. Es decir: no. Existen dos sexos: masculino y femenino.
–¿Y cómo es el femenino de sexo?
–No tiene femenino. Sexo es siempre masculino.
–Pero vos mismo dijiste que hay sexo masculino y femenino.
–El sexo puede ser masculino o femenino. La palabra "sexo" es masculina. El "sexo masculino", el "sexo femenino".
–¿No debería ser "la sexa"?
–No.
–¿Por qué no?
–¡Porque no! Disculpá. Porque no. "Sexo" es siempre masculino.
–¿El sexo de la mujer es masculino?
–Sí... ¡No! El sexo de la mujer es femenino.
–Y ¿cómo es el femenino?
–Sexo también. Igual al del hombre.
–¿El sexo de la mujer es igual al del hombre?
–Sí. Es decir... Mirá: hay sexo masculino y sexo femenino ¿no es cierto?
–Sí.
–Son dos cosas diferentes.
–Entonces ¿cómo es el femenino de sexo?
–Es igual al masculino.
–Pero, ¿no son diferentes?
–No. O... ¡sí! Pero la palabra es la misma. Cambia el sexo, pero no cambia la palabra.
–Pero entonces no cambia el sexo. Es siempre masculino.
–La palabra es masculina.
–No. "La palabra" es femenino. Si fuese masculino sería "el pal..."
–¡Basta! Andá a jugar.
El muchacho sale y entra la madre. El padre comenta:
–Vamos a tener que vigilar a este pendejo...
–¿Por qué?
–Sólo piensa en gramática.
Luis Fernando Verissimo.
Escritor y periodista brasileño.
27 octubre, 2005
sin desperdicio!
- "con la mano!!!, con la mano, dije!! en esta casa se pegan pero con la mano!"
una experiencia que no volveré a repetir!

Esta foto cómica fue tomada por uno de mis hermanos (que vive en inglaterra). Su hija Ana duerme sobre el puf rojo y mis gemelos Juan y Martin sobre los otros dos. Ana nació dos días antes de los muchachos por lo cúal cada año que nos juntamos con los niños sacábamos fotos de lo que graciosamente llamábamos los "tri".
Las botellas, son obviamente un agregado, pero se lo hubieran merecido porque en esa semana en que vino Pablo solito con Ana bebé para que se conozca con los primos (tienen 5 meses en la foto), ¿adivinen quién bebía para poder soportar el griterío, los llantos y toda la angustia de los triplets, mientras el pibe se fue a jugar al futbol cada día de esa semana? eh??????.
Sí, yo. Y eso que ahora que lo pienso seguía amamantando. Ah, una noche dormida como un tronco, escuché llorar a uno y lo alcé y lo puse en la teta, ME LA ESCUPIO!. Era Anita.
26 octubre, 2005
Yo también fui un animal salvaje
No sé que fantasías tendría mi madre sobre mí cuando yo todavía no era yo, seguramente algunas cumplí y seguramente muchas no.
Lo que sí sé es qué fantasías y expectativas tenía yo con respecto a ella cuando tuve edad para fantasear. Yo quería una mamá como la de Adriana, mi mejor amiga de la primaria.
Quería una mamá con pollera, que me esperara con la leche servida cuando volvía del colegio, ese tipo de madre abnegada que limpiaba y cocinaba, que dejaba de lado su carrera para dedicarse a su familia, que iba a misa los domingos y nunca puteaba.
Y mi vieja...Mostraba (y muestra) las piernas solamente en verano cuando se ponía (y se pone) la bikini (la mamá de Adriana siempre malla enteriza), cuando yo llegaba del colegio estaba trabajando y lo más elaborado que salía de su cocina era una milanesa con ensalada.
Mi madre, dentista ella, ejerció su profesión desde que se recibió a los veintiseis años y sigue ejerciendo hasta el día de hoy que cuenta con sesenta y ocho. Obviamente no iba a misa (ni va), salvo cuando necesitaba algún milagro en su vida. Puteaba (y putea) como un camionero (la mamá de Adriana lo más duro que dijo en su vida fue miércoles!) y chupaba (y chupa) como un marinero (la mamá de Adriana se tomaba un Ocho Hermanos alguna noche de invierno).
Tanto desencuentro entre realidad y fantasía produjo más de un desencuentro entre ella y yo, por lo que mi adolescencia, que de por si es trance jodido, fue bastante difícil.
Con la llegada de mis hijas, no sólo sigo siendo hija sino que además, obviamente, soy madre. Y este ser madre me reconcilió con la mía.
Recién ahora entiendo que gracias a que no fue como la mamá de Adriana, yo soy quién soy(tan parecida a ella). Que sin querer, casi por ósmosis, fui incorporando recursos que me permiten plantarme ante el mundo (y no me van a voltear así nomás).
Recién ahora entiendo que cada uno es como es, más allá del deseo del otro y que cada uno hace lo que puede.
Recién ahora, cuando veo la ternura que derrama sobre mis hijas, me acuerdo que también lo hizo conmigo.
Recién ahora puedo decir que estoy orgullosa de esta dentista medio loca, feminista acérrima, bocasucia y medio curda que me tocó como madre.
Recién ahora me doy cuenta que yo también fui y sigo siendo un animal salvaje.

